"¿Pero dónde está el trofeo de la victoria?
.- ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo?-
.- ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...)
. Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada".
Elena
Entre los judíos estaba prohibido sepultar a los condenados en el cementerio común, y ése fue uno de los motivos por los que llevaron el cuerpo de Jesús a un sepulcro particular, donado por José de Arimatea. También los instrumentos de tortura usados para las ejecuciones se consideraban impuros, y por eso se enterraban o eran arrojados en alguna hendidura del terreno, fuera del alcance de la gente.
Elena
No menos ignominiosa que esos instrumentos debía de resultar la colina del Gólgota para los habitantes de Jerusalén, como revelan las connotaciones siniestras de su nombre latino: locus calvariae, lugar de la calavera. Después de la Resurrección del Señor, sin duda produjo gran sorpresa en la ciudad el hecho de que los cristianos se acercasen con frecuencia a aquel desolador paraje, para arrodillarse en la tierra que había sido bañada por la sangre de Cristo y rezar junto al agujero donde había sido plantada la Cruz; también acudían a besar la roca en que había reposado su cuerpo muerto.
Muy posiblemente esa costumbre tuvo que ser interrumpida en algunas épocas, a causa de las persecuciones y de otros avatares, como la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. No obstante, aún debía de conservarse en el siglo II, pues el emperador Adriano (117-138) mandó rellenar con tierra la depresión que separaba el Gólgota del Santo Sepulcro y en esa nueva plataforma hizo edificar dos templos: uno dedicado ajuno, sobre el Sepulcro; y otro dedicado a Venus, en la cima del Gólgota. Se sabe que Adriano sintió gran animadversión hacia el cristianismo al final de su vida, y es casi seguro que la construcción de estos templos tenía como fin borrar para siempre las huellas terrenas de la Redención.
Los primeros historiadores eclesiásticos comentaban no sin cierta ironía el paradójico resultado que, con el correr del tiempo, tuvieron estos esfuerzos de los paganos. ¡Pobres hombres! -les apostrofaba Eusebio de Cesarea- ¡Creían que era posible esconder al género humano el esplendor del sol que se había levantado sobre el mundo! Aún no comprendían que es imposible mantener oculto bajo tierra a Quien ha obtenido ya la victoria sobre la muerte. En efecto, en el siglo IV, cuando la Iglesia gozó al fin de libertad, los dos templos paganos permitieron localizar sin margen de error la situación de los Santos Lugares: bastó derruirlos y excavar debajo para encontrar el Santo Sepulcro y la cima del Calvario.
La invención de la Santa Cruz
Relicario de la Basílica
La gran impulsora del redescubrimiento de los Lugares de la Pasión fue la Emperatriz Santa Elena, que en el año 326 viajó a Tierra Santa. La madre de Constantino era ya de avanzada edad -debía de frisar los ochenta años-, pero no quería morir sin antes haber rezado en la tierra donde el Señor había vivido, muerto y resucitado.
Tenemos pocos datos sobre la juventud de Elena. Probablemente nació en Bitinia y tuvo origen humilde. Según San Ambrosio era stabularia -esto es, camarera o sirvienta en una posada- antes de casarse con Constancio Cloro en el 273, unión de la que nació Constantino al año siguiente. Constancio era un ambicioso oficial del ejército romano, que en el 293 alcanzó la dignidad de César.
Ese mismo año repudió a su esposa, que no tenía sangre noble, y Elena quedó en la sombra hasta que en el 306 su hijo Constantino le dio el título de Emperatriz. En ese momento Elena ya era cristiana, y se sirvió de la privilegiada posición que ocupaba para hacer el bien, ejercitando la caridad entre los necesitados e impulsando la extensión y dignidad del culto. Tanto brillaba por su fe y su piedad, que San Ambrosio no dudaba en tejer su alabanza diciendo: Mujer grande, que ofreció al emperador mucho más que lo que recibió de él.
Lignum Crucis
A su paso por Tierra Santa se debe la construcción de las primitivas basílicas de la Natividad, en Belén, y de la Ascensión, en el Monte de los Olivos. En cuanto al Gólgota, cuando Elena llegó a Jerusalén acababan de ser demolidos los templos paganos, de modo que la Emperatriz pudo cumplir su sueño de arrodillarse en la tierra sobre la que Nuestro Salvador había sido levantado en la Cruz y de rezar en la roca del Santo Sepulcro. Sin embargo, allí mismo reparó en que no se había hallado todavía la más importante de las reliquias.
San Ambrosio nos la describe con gran viveza, caminando entre las ruinas de los templos romanos acompañada de soldados y obreros. Y preguntándose: He aquí el lugar de la batalla: ¿pero dónde está el trofeo de la victoria? ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo? ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...). Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada.
Las nuevas excavaciones que la Emperatriz mandó hacer tuvieron fruto cuando, al remover un terreno cercano al Gólgota, se encontraron tres cruces, y la tabla sobre la que se había escrito en hebreo, griego y latín: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Así se produjo la invención -el descubrimiento: inventio en latín significa venir hasta algo, encontrar- de la Santa Cruz del Señor, que había permanecido oculta durante tres siglos. La Santa Emperatriz dejó la mayor parte de las reliquias en Jerusalén, pero llevó consigo a Roma tres fragmentos de la Vera Crux, el título de la condena, uno de los clavos y algunas espinas de la corona que sus verdugos impusieron a Jesús. También hizo trasladar una gran cantidad de tierra del Gólgota y las gradas de piedra de la escalera que el Señor recorrió cuatro veces el día de su pasión, para comparecer ante Pilatos en el Pretorio.
La Basílica Sessoriana, o Sancta Hierusalem
INRI
Existen numerosos documentos de los siglos IV y V que describen cómo a partir de la visita de Santa Elena los cristianos veneraban las reliquias de la Pasión que habían quedado en Jesuralén. Así lo atestiguan Eusebio, Rufino, Teodoreto y San Cirilo de Jerusalén. Egeria, una mujer que peregrinó a los Santos Lugares en el siglo IV, habla de multitudes de fieles que ya por entonces acudían de todo el Oriente cristiano para tomar parte en las solemnidades en honor de la Cruz.
Otro historiador, Sócrates el Escolástico, recogió a mediados del siglo V una piadosa tradición según la cual, durante la travesía marítima que realizó la emperatriz para volver a Roma desde Jerusalén, habría sobrevenido una fuerte tempestad. La nave se debatía entre las olas apunto de naufragar, hasta que Santa Elena -después de atarlo con una cuerda para echarlo por la borda- hizo que tocara las aguas el Santo Clavo que llevaba consigo, y el mar se calmó al instante.
Ese Clavo, los tres fragmentos de la Cruz y el INRI fueron piadosamente custodiados por Santa Elena en su residencia imperial: el palacio Sessoriano. Al cabo de algunos años, posiblemente después de la muerte de su madre, Constantino quiso que se construyera allí una basílica que tomó el nombre del palacio, Basílica Sessoriana, aunque también era llamada Sancta Hierusalem. Como cimiento simbólico de esta construcción se puso la tierra del Gólgota que la Emperatriz había traído desde Palestina, y los preciosos fragmentos de la Santa Cruz se ofrecían a la vista de los fíeles en un relicario de oro adornado con gemas.
De la primitiva basílica constantiniana sólo se conservan algunos restos pertenecientes a los muros exteriores. A esa edificación siguió otra del siglo XII, a su vez sustituida por el templo de estilo barroco tardío, terminado en 1744, que puede contemplarse actualmente. A pesar de estos cambios arquitectónicos y de otras vicisitudes históricas, como las invasiones padecidas por Roma, toda una colección de documentos atestigua que las reliquias que se veneran en esta basílica son las mismas que trajo Santa Elena desde Tierra Santa.
Es del todo natural que este lugar se convirtiese enseguida en meta de la piedad del pueblo cristiano. Muy pronto se empezó a celebrar allí la liturgia del Viernes Santo. Hasta el siglo XIV, el Papa en persona, con los pies descalzos, encabezaba la procesión que iba desde la Basílica del Laterano hasta la Basflica de la Santa Cruz, para adorar la vexilla crucis, la bandera de la Cruz, el estandarte de la salvación.
http://www.primeroscristianos.com/tesoros_roma/santa_croce.html#CRUZ
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Fiesta de la Invención de la Cruz
Fray Artemio Vítores , Vicario de la Custodia de Tierra Santa, Jerusalem,
presidió el Oficio y la Misa de la Invención de la Santa Cruz
el domingo 7 y el lunes 8 de mayo en el Santo Sepulcro.
Esta fiesta del mes de mayo no se incluye en el calendario romano, excepto en el de Jerusalén donde, para la Diócesis es una fiesta mientras que para la Basílica de la Resurrección es una solemnidad.
En realidad, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de San José Obrero el 1º de mayo y la fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago se trasladó al día 3. Para no duplicarse, la fiesta de la Invención de la Cruz desapareció en 1969; sólo se conservó la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre.
Pero en Jerusalén, en el 326, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encontró la reliquia de la Santa Cruz cerca del Calvario, y se ha conservado el recuerdo de esta “invención” (encuentro).
La fecha de esta conmemoración era el 7 de mayo.
Efectivamente, el 7 de mayo del año 351 “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el santo monte del Gólgota, y se extendía hasta el Monte de los Olivos” (Carta de San Cirilo de Jerusalén al emperador Constancio, 351).
Esta fecha coincidía dentro del tiempo pascual, uniendo el misterio de la Cruz al de la Resurrección.
Además, por otro lado, conjugaba la antigua tradición de la Iglesia Oriental que desde entonces no ha dejado de venerar la memoria de esta aparición en el cielo de Jerusalén.
Como ese mismo año, el 7 mayo coincidía con una fiesta armenia, la memoria se trasladó al día 8.
La celebración se inicia la tarde del domingo con la procesión cotidiana de los franciscanos en la Basílica, pero se detiene en la gruta de Santa Elena, que en esta ocasión se encuentra cerrada para que la comunidad reunida pueda cantar las primeras vísperas delante de la reliquia de la Santa Cruz, expuesta en la gruta.
La gruta se reviste para la ocasión con los más bellos ornamentos, en contraste con el resto de la Basílica de la Resurrección.
Al día siguiente, la Misa se celebró también en la cripta de Santa Elena, y concluyó con una procesión solemne en torno a la Edícula del Santo Sepulcro, durante la cual el vicario custodial, Fr. Artemio Vítores, portaba la reliquia de la Santa Cruz.
La celebración estaba inmersa en una atmósfera pascual, lejana de la efervescencia que reinaba en la Basílica duranta la Pascua y la octava.
Resumiendo, una fiesta íntima, de oración y mucha alegría para todos los fieles.
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LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ DÍA 3 DE MAYO
Esta fiesta es en memoria de aquel descubrimiento que hizo en Jerusalén la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, del sagrado trofeo de nuestra Redención el año 326, poco tiempo después que el mismo emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la Cruz.
Iba Constantino á presentar la batalla á este tirano, que le esperaba con un ejército de casi doscientos mil combatientes; y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarle todo el tiempo que duró la marcha...
Era la mitad del día, que había amanecido muy despejado y sereno, cuando vio en medio del aire una resplandeciente cruz más brillante que el mismo Sol, orlada de una inscripción con caracteres de luz que decía así:
In hoc signo vinces
“vencerás en virtud de esta señal.”
Aquella misma noche se apareció Cristo á Constantino con el mismo sagrado símbolo que se le había descubierto en el cielo, y le mandó que, haciendo copiarle, se sirviese de él en los combates.
Obedeció el Emperador; y dando orden para que viniesen á su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les explicó la figura de la insignia que quería fabricasen, ordenándoles que la hiciesen de oro y la esmaltasen con las más preciosas piedras.
Diéronse prisa á la obra, y la concluyeron pronto. Era una cruz de oro de la altura de una pica, enriquecida de preciosísimas piedras, cuya parte superior terminaba en una cifra ó monograma que explicaba el nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas.
Pendía de lo más ancho de la Cruz un pequeño cuadrado de riquísima tela color rojo de la púrpura más fina, bordado de oro y cargado de piedras inestimables, en cuya parte superior é inferior estaban bordados con hilo de oro los bustos del Emperador y de sus hijos.
A este nuevo estandarte se le dio el nombre de Lábaro, y le llevaban delante del mismo Emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.
Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno á cada legión de sus tropas; y, haciendo esculpir en su morrión el monograma del nombre del Salvador del mundo, ordenó que se esculpiese también en los broqueles de todos sus soldados.
Después hizo venir á su presencia á algunos Obispos, y, habiéndose instruido en los principios de nuestra religión, resolvió no consentir otra en toda la extensión de su imperio.
.Mientras tanto, salió Majencio de Roma con su formidable ejército, compuesto de más de ciento ochenta mil combatientes. Derrótale Constantino, lleno desconfianza en la Cruz de Jesucristo; anegóse el tirano en las olas del Tíber, sin que hasta entonces hubiese visto el mundo victoria más completa. Abrió Roma sus puertas al vencedor; y, para eternizar este testimonio de que había debido la victoria á la virtud de la Santa Cruz, mandó hacer una estatua suya en la misma Roma con el trofeo de nuestra Redención en su imperial mano y con una inscripción, que acreditaba su fe y su reconocimiento.
Después que derrotó también á Licinio, emperador del Oriente, viéndose Constantino único y absoluto señor de los dos imperios, aplicó todos sus desvelos á que floreciese en ellos la religión verdadera y á desterrar, si pudiese, hasta las miserables reliquias del paganismo.
Habían hecho todo lo posible los gentiles para profanar los santos lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante resurrección de nuestro Salvador. Con este fin habían terraplenado la gruta del Santo Sepulcro y enlosado con grandes piedras el pavimento; habían levantado en el mismo sitio un templo en honor de la diosa Venus, donde ofrecían á esta sucia deidad los más abominables sacrificios; medio eficacísimo para que jamás se dejasen ver en aquel lugar los cristianos.
Dio orden Constantino para que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad y para que allí mismo se edificase un templo tan magnífico, que hizo grande exceso á los más soberbios edificios que se admiraban en otras ciudades; y escribiendo de este asunto á Macario, obispo de Jerusalén, le decía estas palabras:
“He dado orden á Daciliano, vicario de los prefectos y gobernador de la provincia, para que, arreglándose á tus órdenes, emplee los obreros necesarios para levantar las paredes. Avísame qué mármoles preciosos, cuántas y qué especie de columnas te parece que se coloquen, para dar providencia de que se te envíen. También me alegraré saber si tienes por conveniente que la bóveda se adorne con algún artesonado, ó qué adorno te parece que se ponga; y, en caso de elegir él artesonado, se pudiera cubrir de oro”
Santa Elena, madre del Emperador, quiso tomar de su cargo el cuidado de esta grande obra.
Era á la sazón de ochenta años, y había muchos que sólo se empleaba en obras de caridad, en ejercicios de devoción y en todo lo que podía contribuir á la mayor gloria de la religión y de la Iglesia.
El Emperador la había hecho declarar Augusta, queriendo que fuese reconocida por Emperatriz, y dándola facultad para que dispusiese á su arbitrio de sus rentas y tesoro imperial.
Era esta princesa enemiga de todo fausto; modestísima en su vestido, que era llano y humilde; pero, al mismo tiempo, tan magnífica y tan bizarra en todo lo que tocaba al culto divino, que no perdonaba á los mayores gastos para enriquecer y para adornar hasta los más pequeños oratorios de los lugares más humildes.
En medio de su grande ancianidad, pasó á Jerusalén la piadosa Emperatriz. Subió al monte Gólgota, y, abrasada en ardentísimos deseos de encontrar el sagrado madero donde se obró nuestra redención, venció todas las dificultades que podían acobardarla, y aun hacerla desesperar de la empresa.
Eran verdaderamente grandes; porque, como ya llevamos dicho, siguiendo á Soso meno, los gentiles, en odio del nombre cristiano, habían hecho todo lo posible para borrar hasta el nombre del Santo Sepulcro. Sobre haberle colmado de tierra y de piedras, tanto, que se había elevado considerablemente el terreno antiguo, habían edificado en él un templo á la diosa Venus, y en el mismo sitio donde estaba el sepulcro habían colocado la estatua de Júpiter.
Dio principio á la obra mandando demoler el templo y el ídolo; hizo sacar toda la tierra, y, guiándose por la tradición antigua, mandó cavar tan adelante, que al fin se descubrió el Santo Sepulcro, y junto á él tres cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilatos había mandado poner sobre ella,
“Jesús Nazareno, rey de los Judíos”,
Estaba separado y en medio de las tres cruces; y aunque ésta parecía bastante prueba de que una de las tres era la que se buscaba,
Parecía imposible saber á punto fijo cuál de las tres era.
Viéndose la santa Emperatriz con este embarazo, consultó con San Macario lo que se debía hacer; y el santo Obispo fue de parecer que se aplicasen todas tres cruces á algún enfermo, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera cruz del Salvador.
Aprobóse este plan, y, habiéndose aplicado las dos á una señora de distinción que estaba agonizando, no se vio efecto alguno; pero, apenas se le aplicó la tercera, cuando quedó repentinamente sana, á vista de innumerable gentío que fue testigo de esta maravilla.
Aun se hizo después otra prueba. Tendiéronse sobre las tres cruces tres cadáveres, y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había sanado á la enferma agonizante; y con esta experiencia se comenzó desde luego á rendir al trofeo de nuestra redención el culto que se le debía.
Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz; y dejando en ella la mitad del sagrado madero engastado en preciosísimas piedras, llevó la otra mitad á su hijo Constantino, que la recibió con singular veneración.
Persuadido este grande Emperador á que no podía enriquecer su nueva ciudad de Constantinopla con joya más estimable, ordenó se embutiese una considerable porción de ella en la misma estatua suya que se dejaba ver en medio de la plaza colocada sobre una magnífica columna de pórfido, con una manzana de oro en la mano derecha y con esta inscripción en el pedestal: Cristo, mi Dios, yo te encomiendo esta ciudad. Lo restante de la sagrada Cruz fue enviado á Roma por el mismo Emperador y colocado en la suntuosa iglesia que hizo edificar expresamente á este fin con el título de Santa Cruz en Jerusalén.
San Cirilo, Obispo de esta ciudad veinte años después de San Macario, testifica que en poco tiempo se llenó el mundo de fragmentos ó reliquias de la parte de la Cruz que quedó en Jerusalén, porque, así él como sus predecesores desde San Macario, regalaban con ellas á los peregrinos de distinción que concurrían á dicha santa ciudad con el piadoso fin de ver y de adorar el instrumento de nuestra redención. Y añade el mismo Padre, como testigo ocular, que no por eso se disminuía el pedazo del sagrado leño que estaba en Jerusalén; antes se repetía en él aquel milagro de los cinco panes, que, repartidos entre la muchedumbre, no sólo decrecían, sino que se multiplicaban. San Paulino, que florecía por los años de 400, dice Que la milagrosa virtud con que aquel leño muerto se reproducía como si estuviera vivo, era efecto del contacto de aquella carne divina que, habiendo padecido muerte en el mismo madero, venció á la muerte con su gloriosa Resurrección.
Esta fiesta es en memoria de aquel descubrimiento que hizo en Jerusalén la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, del sagrado trofeo de nuestra Redención el año 326, poco tiempo después que el mismo emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la Cruz.
Iba Constantino á presentar la batalla á este tirano, que le esperaba con un ejército de casi doscientos mil combatientes; y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarle todo el tiempo que duró la marcha...
Era la mitad del día, que había amanecido muy despejado y sereno, cuando vio en medio del aire una resplandeciente cruz más brillante que el mismo Sol, orlada de una inscripción con caracteres de luz que decía así:
In hoc signo vinces
“vencerás en virtud de esta señal.”
Aquella misma noche se apareció Cristo á Constantino con el mismo sagrado símbolo que se le había descubierto en el cielo, y le mandó que, haciendo copiarle, se sirviese de él en los combates.
Obedeció el Emperador; y dando orden para que viniesen á su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les explicó la figura de la insignia que quería fabricasen, ordenándoles que la hiciesen de oro y la esmaltasen con las más preciosas piedras.
Diéronse prisa á la obra, y la concluyeron pronto. Era una cruz de oro de la altura de una pica, enriquecida de preciosísimas piedras, cuya parte superior terminaba en una cifra ó monograma que explicaba el nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas.
Pendía de lo más ancho de la Cruz un pequeño cuadrado de riquísima tela color rojo de la púrpura más fina, bordado de oro y cargado de piedras inestimables, en cuya parte superior é inferior estaban bordados con hilo de oro los bustos del Emperador y de sus hijos.
A este nuevo estandarte se le dio el nombre de Lábaro, y le llevaban delante del mismo Emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.
Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno á cada legión de sus tropas; y, haciendo esculpir en su morrión el monograma del nombre del Salvador del mundo, ordenó que se esculpiese también en los broqueles de todos sus soldados.
Después hizo venir á su presencia á algunos Obispos, y, habiéndose instruido en los principios de nuestra religión, resolvió no consentir otra en toda la extensión de su imperio.
.Mientras tanto, salió Majencio de Roma con su formidable ejército, compuesto de más de ciento ochenta mil combatientes. Derrótale Constantino, lleno desconfianza en la Cruz de Jesucristo; anegóse el tirano en las olas del Tíber, sin que hasta entonces hubiese visto el mundo victoria más completa. Abrió Roma sus puertas al vencedor; y, para eternizar este testimonio de que había debido la victoria á la virtud de la Santa Cruz, mandó hacer una estatua suya en la misma Roma con el trofeo de nuestra Redención en su imperial mano y con una inscripción, que acreditaba su fe y su reconocimiento.
Después que derrotó también á Licinio, emperador del Oriente, viéndose Constantino único y absoluto señor de los dos imperios, aplicó todos sus desvelos á que floreciese en ellos la religión verdadera y á desterrar, si pudiese, hasta las miserables reliquias del paganismo.
Habían hecho todo lo posible los gentiles para profanar los santos lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante resurrección de nuestro Salvador. Con este fin habían terraplenado la gruta del Santo Sepulcro y enlosado con grandes piedras el pavimento; habían levantado en el mismo sitio un templo en honor de la diosa Venus, donde ofrecían á esta sucia deidad los más abominables sacrificios; medio eficacísimo para que jamás se dejasen ver en aquel lugar los cristianos.
Dio orden Constantino para que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad y para que allí mismo se edificase un templo tan magnífico, que hizo grande exceso á los más soberbios edificios que se admiraban en otras ciudades; y escribiendo de este asunto á Macario, obispo de Jerusalén, le decía estas palabras:
“He dado orden á Daciliano, vicario de los prefectos y gobernador de la provincia, para que, arreglándose á tus órdenes, emplee los obreros necesarios para levantar las paredes. Avísame qué mármoles preciosos, cuántas y qué especie de columnas te parece que se coloquen, para dar providencia de que se te envíen. También me alegraré saber si tienes por conveniente que la bóveda se adorne con algún artesonado, ó qué adorno te parece que se ponga; y, en caso de elegir él artesonado, se pudiera cubrir de oro”
Santa Elena, madre del Emperador, quiso tomar de su cargo el cuidado de esta grande obra.
Era á la sazón de ochenta años, y había muchos que sólo se empleaba en obras de caridad, en ejercicios de devoción y en todo lo que podía contribuir á la mayor gloria de la religión y de la Iglesia.
El Emperador la había hecho declarar Augusta, queriendo que fuese reconocida por Emperatriz, y dándola facultad para que dispusiese á su arbitrio de sus rentas y tesoro imperial.
Era esta princesa enemiga de todo fausto; modestísima en su vestido, que era llano y humilde; pero, al mismo tiempo, tan magnífica y tan bizarra en todo lo que tocaba al culto divino, que no perdonaba á los mayores gastos para enriquecer y para adornar hasta los más pequeños oratorios de los lugares más humildes.
En medio de su grande ancianidad, pasó á Jerusalén la piadosa Emperatriz. Subió al monte Gólgota, y, abrasada en ardentísimos deseos de encontrar el sagrado madero donde se obró nuestra redención, venció todas las dificultades que podían acobardarla, y aun hacerla desesperar de la empresa.
Eran verdaderamente grandes; porque, como ya llevamos dicho, siguiendo á Soso meno, los gentiles, en odio del nombre cristiano, habían hecho todo lo posible para borrar hasta el nombre del Santo Sepulcro. Sobre haberle colmado de tierra y de piedras, tanto, que se había elevado considerablemente el terreno antiguo, habían edificado en él un templo á la diosa Venus, y en el mismo sitio donde estaba el sepulcro habían colocado la estatua de Júpiter.
Dio principio á la obra mandando demoler el templo y el ídolo; hizo sacar toda la tierra, y, guiándose por la tradición antigua, mandó cavar tan adelante, que al fin se descubrió el Santo Sepulcro, y junto á él tres cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilatos había mandado poner sobre ella,
“Jesús Nazareno, rey de los Judíos”,
Estaba separado y en medio de las tres cruces; y aunque ésta parecía bastante prueba de que una de las tres era la que se buscaba,
Parecía imposible saber á punto fijo cuál de las tres era.
Viéndose la santa Emperatriz con este embarazo, consultó con San Macario lo que se debía hacer; y el santo Obispo fue de parecer que se aplicasen todas tres cruces á algún enfermo, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera cruz del Salvador.
Aprobóse este plan, y, habiéndose aplicado las dos á una señora de distinción que estaba agonizando, no se vio efecto alguno; pero, apenas se le aplicó la tercera, cuando quedó repentinamente sana, á vista de innumerable gentío que fue testigo de esta maravilla.
Aun se hizo después otra prueba. Tendiéronse sobre las tres cruces tres cadáveres, y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había sanado á la enferma agonizante; y con esta experiencia se comenzó desde luego á rendir al trofeo de nuestra redención el culto que se le debía.
Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz; y dejando en ella la mitad del sagrado madero engastado en preciosísimas piedras, llevó la otra mitad á su hijo Constantino, que la recibió con singular veneración.
Persuadido este grande Emperador á que no podía enriquecer su nueva ciudad de Constantinopla con joya más estimable, ordenó se embutiese una considerable porción de ella en la misma estatua suya que se dejaba ver en medio de la plaza colocada sobre una magnífica columna de pórfido, con una manzana de oro en la mano derecha y con esta inscripción en el pedestal: Cristo, mi Dios, yo te encomiendo esta ciudad. Lo restante de la sagrada Cruz fue enviado á Roma por el mismo Emperador y colocado en la suntuosa iglesia que hizo edificar expresamente á este fin con el título de Santa Cruz en Jerusalén.
San Cirilo, Obispo de esta ciudad veinte años después de San Macario, testifica que en poco tiempo se llenó el mundo de fragmentos ó reliquias de la parte de la Cruz que quedó en Jerusalén, porque, así él como sus predecesores desde San Macario, regalaban con ellas á los peregrinos de distinción que concurrían á dicha santa ciudad con el piadoso fin de ver y de adorar el instrumento de nuestra redención. Y añade el mismo Padre, como testigo ocular, que no por eso se disminuía el pedazo del sagrado leño que estaba en Jerusalén; antes se repetía en él aquel milagro de los cinco panes, que, repartidos entre la muchedumbre, no sólo decrecían, sino que se multiplicaban. San Paulino, que florecía por los años de 400, dice Que la milagrosa virtud con que aquel leño muerto se reproducía como si estuviera vivo, era efecto del contacto de aquella carne divina que, habiendo padecido muerte en el mismo madero, venció á la muerte con su gloriosa Resurrección.
Así habla San Paulino de este milagro de la Santa Cruz en su IX Epístola á Severo. Siendo costumbre de los judíos enterrar á los ajusticiados con todos los instrumentos con que lo habían sido fuera del título, se hallaron también los clavos, y, probablemente, la corona de espinas; la cual, en tiempo de Gregorio Turonense, que vivió en el sexto siglo, se conservaba todavía tan verde que parecía reverdecer todos los días. Ignórase qué hizo Santa Elena del título de la Cruz (ahora esta en la iglesia estacional Santa Croce in Gerusaleme en Roma junto con la corona de espinas, los santos clavos y las cruces de los ladrones); pero, de los clavos, hizo toda la estimación que merecía tan preciosa reliquia.
Aseguran San Ambrosio, San Gregorio Nacianceno, Nicéforo y Zonáras, que sólo encontró tres clavos la piadosa Emperatriz; los que fácilmente se distinguieron de los otros porque éstos estaban todos roídos y cubiertos de orín, pero los del Salvador se conservaban milagrosamente enteros, lustrosos y limpios, como si acabaran de salir del yunque.
Uno de ellos mandó la Emperatriz se engastase en el bocado ó tasca freno del caballo que servía á Constantino; otro, dice San Ambrosio, que le hizo engastar en la misma diadema imperial, y el tercero le arrojó en el mar Adriático para sosegar una furiosa tempestad.
Dícese que no por eso se perdió este clavo, antes bien vino nadando sobre el agua, como en otro tiempo la hacha del profeta Elíseo; y que, apreciándole más que á los otros Santa Elena por este milagro, se le regaló á la iglesia de Tréveris, siendo su arzobispo San Agricio, á quien la Emperatriz profesaba singular veneración.
Poco después presentó á la iglesia de San Juan de Letrán el que había colocado en la diadema del Emperador; y, finalmente, regaló á la de Milán con el que había servido de bocado al caballo de este príncipe. Siendo tan gloriosa á toda la Iglesia la invención de este sagrado trofeo, se celebró en ella su fiesta con mucha solemnidad.
Ya se celebraba en Francia en la primera línea de sus reyes, encontrándose su oficio en los antiguos misales de la liturgia galicana. El rey Ervigio, que reinaba en España en el S.VII, expidió un decreto que se halla en el Código de las leyes de los visigodos, por el cual manda á los judíos establecidos en sus dominios que celebren la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, del mismo modo que los obligaban á celebrar la de la Anunciación, Natividad, Epifanía, Circuncisión, Pascua y Ascensión.
El fin de haber señalado el día tercero de Mayo para celebrar esta fiesta, fue por acercarla todo lo posible á la memoria de la Pasión del Salvador, y á la Adoración de la Cruz, que se hace en el Viernes Santo. Por eso se señaló el primer día libre después de la solemnidad de la Pascua, que nunca puede pasar del segundo día de Mayo.
Consérvanse, y se adoran en muchas iglesias, partes muy considerables de la Verdadera Cruz. Fuera de la que se adora en Roma, hay otras en Francia, Italia, Alemania, España y Portugal.
Justino II, emperador de Constantinopla, envió una porción de ellas á Santa Radegundis, mujer de Clotario I, que enriqueció con ella su real monasterio de Santa Cruz de Poitiers; y con esta ocasión Fortunato, que seguía la corte de la santa reina, y fue después Obispo de dicha ciudad, compuso los dos célebres himnos, de que aun usa el día de hoy la Santa Iglesia en el Oficio de la Pasión y de la Cruz. San Gregorio envió una parte de la verdadera cruz á Recaredo, rey de los godos en España, como un riquísimo presente.
San Luis consiguió de los venecianos la porción de cruz que había quedado en Constantinopla, y la hizo trasladar á Francia el año de 1241, colocándola en la santa capilla que edificó el de 1242, juntamente con la corona de espinas, que dos años antes le habían regalado los mismos venecianos. En el colegio y noviciado de Villagonda de Campos se veneraba un Lignum Crucis, como de una pulgada de largo y media de grueso, con que San Pío V regaló á D. Juan de Austria después de la famosa batalla de Lepanto, y éste se lo ofreció á Doña Magdalena de Ulloa, insigne fundadora de dicho colegio.
Aseguran San Ambrosio, San Gregorio Nacianceno, Nicéforo y Zonáras, que sólo encontró tres clavos la piadosa Emperatriz; los que fácilmente se distinguieron de los otros porque éstos estaban todos roídos y cubiertos de orín, pero los del Salvador se conservaban milagrosamente enteros, lustrosos y limpios, como si acabaran de salir del yunque.
Uno de ellos mandó la Emperatriz se engastase en el bocado ó tasca freno del caballo que servía á Constantino; otro, dice San Ambrosio, que le hizo engastar en la misma diadema imperial, y el tercero le arrojó en el mar Adriático para sosegar una furiosa tempestad.
Dícese que no por eso se perdió este clavo, antes bien vino nadando sobre el agua, como en otro tiempo la hacha del profeta Elíseo; y que, apreciándole más que á los otros Santa Elena por este milagro, se le regaló á la iglesia de Tréveris, siendo su arzobispo San Agricio, á quien la Emperatriz profesaba singular veneración.
Poco después presentó á la iglesia de San Juan de Letrán el que había colocado en la diadema del Emperador; y, finalmente, regaló á la de Milán con el que había servido de bocado al caballo de este príncipe. Siendo tan gloriosa á toda la Iglesia la invención de este sagrado trofeo, se celebró en ella su fiesta con mucha solemnidad.
Ya se celebraba en Francia en la primera línea de sus reyes, encontrándose su oficio en los antiguos misales de la liturgia galicana. El rey Ervigio, que reinaba en España en el S.VII, expidió un decreto que se halla en el Código de las leyes de los visigodos, por el cual manda á los judíos establecidos en sus dominios que celebren la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, del mismo modo que los obligaban á celebrar la de la Anunciación, Natividad, Epifanía, Circuncisión, Pascua y Ascensión.
El fin de haber señalado el día tercero de Mayo para celebrar esta fiesta, fue por acercarla todo lo posible á la memoria de la Pasión del Salvador, y á la Adoración de la Cruz, que se hace en el Viernes Santo. Por eso se señaló el primer día libre después de la solemnidad de la Pascua, que nunca puede pasar del segundo día de Mayo.
Consérvanse, y se adoran en muchas iglesias, partes muy considerables de la Verdadera Cruz. Fuera de la que se adora en Roma, hay otras en Francia, Italia, Alemania, España y Portugal.
Justino II, emperador de Constantinopla, envió una porción de ellas á Santa Radegundis, mujer de Clotario I, que enriqueció con ella su real monasterio de Santa Cruz de Poitiers; y con esta ocasión Fortunato, que seguía la corte de la santa reina, y fue después Obispo de dicha ciudad, compuso los dos célebres himnos, de que aun usa el día de hoy la Santa Iglesia en el Oficio de la Pasión y de la Cruz. San Gregorio envió una parte de la verdadera cruz á Recaredo, rey de los godos en España, como un riquísimo presente.
San Luis consiguió de los venecianos la porción de cruz que había quedado en Constantinopla, y la hizo trasladar á Francia el año de 1241, colocándola en la santa capilla que edificó el de 1242, juntamente con la corona de espinas, que dos años antes le habían regalado los mismos venecianos. En el colegio y noviciado de Villagonda de Campos se veneraba un Lignum Crucis, como de una pulgada de largo y media de grueso, con que San Pío V regaló á D. Juan de Austria después de la famosa batalla de Lepanto, y éste se lo ofreció á Doña Magdalena de Ulloa, insigne fundadora de dicho colegio.
En la Catedral de Vich se venera otro Lignum Crucis, de un palmo de largo y un dedo de espesor, con su correspondiente travesaño probado con el fuego antes de 1343. Y la parroquia de Santa Cruz de esta corte posee también un pequeño Lignum Crucis, que se da á adorar en los miércoles de Cuaresma y en la fiesta de su titular.
Juan Croisset, S.J.


