jueves, 24 de enero de 2008

IDENTIFICACION CIENTIFICA DE LA TUMBA Y DE LOS RESTOS DE PEDRO EN EL VATICANO


La identificación científica de la tumba de san Pe ­dro es obra de los padres jesuitas Kirschbaum y Ferrúa, y de los señores Ghetti y Josi. Todo empe ­zó en 1939, con Pío XII, cuando se estaban lle­ vando a cabo unas excavaciones para preparar la tumba de Pío XI. Mientras se estaban haciendo las excavaciones se descubrió un mosaico.
Existía una tradición que decía que debajo del altar papal, debajo del baldaquino de Bernini, de -bajo de la cúpula de Miguel Angel, había una ne­crópolis, un cementerio, donde había sido ente­rrado san Pedro.
Cuando al hacer la excavación para enterrar a Pío XI apareció un mosaico, Pío XII mandó que siguieran excavando, y apareció la necrópolis. Un cementerio importantísimo. En él aparecen mau­soleos de familias importantes de Roma, como los Flavios, los Valerios, etcétera.
Se sacaron cincuenta mil metros cúbicos de tierra de debajo de la basílica de San Pedro.
En la excavación aparece una tumba cavada en la tierra abierta y vacía.
Sabemos por la historia que Nerón persiguió a los cristianos. Nerón era un maniático que incendió Roma y echó la culpa a los cristianos. Perseguir a los cristianos era una justificación del incendio de Roma. Tuvo lugar una matanza de cristianos, entre ellos san Pedro, al que martirizó en el circo de Calígula. Este circo lo había empezado a construir Calígula y lo terminó Nerón. El circo, que se llamó de Nerón, está al lado del monte Vaticano.
Dice la tradición que a san Pedro lo crucificaron cabeza abajo. Flavio Josefo, historiador dé aquel tiempo, que conocía cómo eran las crucifixiones de los romanos, refiere las distintas maneras de cruci­ficar que solían usar, y una de ellas era cabeza abajo. Dice la tradición que a san Pedro lo crucificaron cabeza abajo, en el circo de Calígula y Nerón, al lado del monte Vaticano. Y en el monte Vaticano había una necrópolis, un cementerio. A san Pedro lo enterraron en esa necrópolis en la ladera del Monte Vaticano, y en una tumba pobre. San Pedro era pobre. Aquellos cristianos eran pobres. Lo enterraron en la tierra, en una tumba pobre.

El lugar de la tumba de san Pedro
Cuando Constantino venció a Majencio en la ba­talla de Puente Milvio, el 28 de octubre del año 312, afirmó que había visto el signo de Cristo en el cielo, y que le había dado la victoria sobre Majencio, a pesar de que éste tenía tropas muy superiores. Esto lo cuenta el historiador Eusebio de Ce­sarea, y dice que lo oyó de viva voz del mismo Constantino.
Constantino, en agradecimiento a Cristo que, según él, le había dado la victoria, se convierte al cristianismo. Junto a la basílica Lateranense, en Roma, hay un obelisco en el que pone: «Aquí fue bautizado Constantino por el papa Silvestre.»
Constantino da paz a la Iglesia en el año 313 y edifica una serie de templos cristianos. Uno de ellos fue la basílica en honor de san Pedro, sobre la tumba de san Pedro.

¿Y cómo sabía Constantino dónde estaba enterrado san Pedro?
Hacía muy pocos años que había muerto san Pedro. Todavía vivían los nietos de los que habían conocido a san Pedro. Todo el mundo sabía dón­de estaba enterrado, sobre todo san Silvestre, su sucesor. Además, las tumbas eran lugares sagra­dos y muy venerados.
Pero además hay una razón clarísima para sa­ber que Constantino levanta su basílica sobre la tumba de san Pedro, porque la edifica en la lade­ ra de un monte, con un desnivel de once metros. Hubo que hacer un enorme corrimiento de tierras para hacer una gran explanada en la ladera del monte, y entonces no existían las excavadoras y las máquinas que tenemos hoy. A los pocos me­tros tenía la gran explanada del circo de Nerón, que tenía trescientos metros de largo por cien de ancho, que le habría evitado mucho trabajo.
Además de las dificultades técnicas que tuvo que resolver para levantar la basílica en la ladera de un monte, están las dificultades morales y jurídicas, puesto que tuvo que sepultar bajo la basílica una necrópolis que había llegado a ser una de las más importantes de Roma, y donde estaban enterradas muchas familias ilustres. Surgirían problemas con las familias que allí tenían a sus seres queridos.

Por lo tanto, la única razón por la que Constantino levantó su basílica en la ladera de un monte, sepultando una necrópolis con todas las dificultades que suponía, era porque allí estaba la tumba de san Pedro. En caso contrario no tiene explicación que levantara su basílica en un sitio tan complicado.
En la tumba abierta y vacía que aparece en la necrópolis, debajo del baldaquino de Bernini y la cúpula de Miguel Ángel, se descubren dos cosas muy importantes:
Primera: esa tumba esta protegida por unos muros para defenderla de las filtraciones de agua, muy frecuentes en esa ladera del monte Vaticano. Las otras tumbas adyacentes no tienen esa pro­tección de muros. Luego la persona que estaba enterrada en esta tumba de tierra era muy impor­tante.
Segunda: debió de ser una persona muy vene­rada, porque en esa tumba abierta y vacía apare­cen centenares de monedas. Monedas romano-imperiales y monedas medievales de casi toda Europa; por lo tanto, esa tumba fue venerada por toda Europa.

Por varias razones los investigadores llegan a la conclusión de que es la tumba de san Pedro. Pío XII lo anunció en el radiomensaje de Navidad de 1950: «Hemos encontrado la tumba de san Pe­dro.»
Las investigaciones en la tumba de san Pedro
Terminada esta investigación, en 1952, la profesora Margarita Guarducci, primera autoridad mundial en epigrafía griega, empieza a descifrar los grafitos que hay en uno de los muros adyacen­tes a esa tumba.
Los grafitos son unas inscripciones hechas con punzón en el enlucido de los muros. Lo que se ve allí es una maraña, porque están escritos unos encima de otros. Ha publicado tres gruesos tomos en folio descifrando esos grafitos. Descubre unos muy interesantes. Por ejemplo: «Pedro, ruega por los cristianos que estamos sepultados junto a tu cuerpo.» Otra inscripción es el logotipo de Pedro, que era como una P y en el palo vertical tres rayas horizontales en forma de llave. Significa: «Pedro el de las llaves.» Alude al pasaje evangélico de san Mateo, en el que Cristo entrega a Pedro las llaves del reino de los cielos.
La profesora llega a la conclusión de que por allí está la tumba de san Pedro. Estos grafitos es­tán en el muro G, que es un muro blanco; pero en el adyacente, que es un muro rojo, descifra un grafito que significa: «Pedro está aquí.» Excavan y descubren un nicho forrado de mármol blanco, y allí unos huesos.

Se encarga al profesor Venerando Correnti, catedrático de Antropología de la Universidad de Palermo, que estudie esos huesos. El profesor Correnti llega a esta conclusión: «Aquí hay huesos humanos y huesos de ratón.» Un ratón que se coló por una rendija, no pudo salir y murió allí. Y los huesos humanos, una vez estudiados, pro­porcionan los siguientes datos:
Primero: tienen adherida tierra. En cambio, los huesos de ratón estaban limpios. Se analiza la tierra adherida a los huesos humanos y es la misma tierra de la tumba abierta y vacía, identificada como la de san Pedro, mientras que las tumbas colindantes tenían otra clase de tierra.
Segundo: esos huesos están coloreados de rojo por haber estado envueltos en un paño de púrpu­ra y oro. Hay hilos de oro y de la tela. Debían de ser huesos de una persona muy venerada, pues los envolvieron en un rico paño de púrpura y oro, para guardarlos en ese nicho. Parece que estos huesos fueron retirados de la tumba de tierra y guardados en ese nicho para protegerlos de la humedad del terreno. Este nicho ha permanecido intacto desde Constantino hasta hoy.
Tercero: los huesos humanos son de la misma persona, de sexo varón, de complexión robusta, que murió a una edad avanzada y vivió en el siglo I.
Como afirma la profesora Guarducci, si nosotros a priori buscáramos los huesos de san Pedro, ¿qué buscaríamos? Huesos de varón. De complexión robusta: Pedro era pescador. Muerto a una edad avanzada: parece que Pedro murió a los setenta y tantos años. Que vivió en el siglo I.
Precisamente eso hemos encontrado. La profesora Guarducci ha publicado la identificación de estos huesos en un libro titulado Las reliquias de san Pedro, publicado por la editorial Vaticana en 1965.
Por eso, Pablo VI dijo el 28 de junio de 1978: «Hemos llegado al final. Hemos encontrado los huesos de san Pedro, identificados científicamen­te por especialistas en el tema.»

El recuerdo de Pedro en Roma
El recuerdo que ha quedado de san Pedro en Roma, desde su tumba hasta la cúpula de Miguel Ángel, es incomparablemente superior al de todos los emperadores romanos, de los que en su mayoría sólo quedan ruinas.
Los emperadores tuvieron todo el poder terrenal en sus manos. San Pedro fue un pobre pesca d or ignorante; pero murió por una verdad: la gran verdad de Cristo-Dios.
Cristo, el hombre que más ha influido en la historia de la Humanidad. Y el hombre más ama-do de la Historia. Cristo, el hombre que con su doctrina de amor al prójimo hizo posible en la Historia la abolición de la esclavitud, la igualdad de derechos de la mujer ante la ley y, hoy, el derecho a vivir del no nacido, en contra de los que de­fienden el aborto, que quieren legitimar la conde­ na a muerte de un inocente. La doctrina de Cristo defiende siempre los derechos del tratado injusta-mente.
Cristo hace dos mil años que murió, y hoy se le ama como a nadie en el mundo. Miles y miles de hombres y mujeres lo han amado hasta la muerte. Unos dando la vida de golpe, como los mártires. Otros dándosela gota a gota, consagrándosela por entero. Millones y millones de hombres y mujeres lo han amado hasta la muerte. Millones y millones de cristianos que lo aman con locura y están dispuestos a morir por El antes que traicionarle.

La muerte y la victoria de Pedro es prenda de nuestra esperanza. Pues ese Pedro, a quien Cristo hizo piedra fundamental de su Iglesia, está aquí. Su tumba está aquí. Sus restos están aquí. Y encima, su único y legítimo sucesor en la tierra. Una cadena de doscientos sesenta y cinco papas, legítimos sucesores de san Pedro, le transmiten su autoridad. El que quiera estar en la Iglesia que Cristo fundó en Pedro, tiene que estar en la Iglesia del papa de Roma, que es el único en la tierra le­gítimo sucesor de san Pedro. Estamos en la Igle­sia de Juan Pablo II de Roma, el único legítimo sucesor de san Pedro, en quien Cristo fundó su única Iglesia.

STAT VERITAS

La Ciencia Medica en el centro del dolor y la muerte de Cristo

La ciencia médica en el centro del dolor y muerte de Cristo

A los 33 años Jesús, el hijo de María y José fue condenado a muerte sin tener culpa alguna. El hombre que llegó un día despojándose de su Realeza y Divinidad para compartir su humanidad entre nosotros, que había sembrado amor y las más altas aspiraciones morales y éticas de una convivencia superior, se enfrentó a las huestes del mal en su hora cumbre. El averno celebró su muerte por poco tiempo y ante la estupefacción del mundo de entonces, el de hoy y con toda seguridad del mañana; fue capaz de vencer a la muerte, y al vencerla sustentó nuestra fe resucitando al tercer día tal y conforme lo había anunciado ante sus discípulos. La "peor" muerte de la época, aplicada solo a los más feroces criminales de entonces, no pudo con Cristo y él, hoy como ayer, está glorioso entre nosotros, por lo siglos de siglos.Jesús transpira sangre: Hablan los evangelios que Jesús comenzó a sudar sangre cuando oraba, en el monte de los Olivos, específicamente en el jardín del Getsemaní. Esta situación en una condición médica llamada "hematidrosis", que no es común pero se suele dar cuando hay un alto porcentaje de sufrimiento psicológico.Parece ser que la ansiedad severa, hace provocar una secreción de químicos que rompen los vasos capilares en las glándulas sudoríparas.
Por tal condición, se presenta una cantidad de sangrado en las glándulas y el sudor sale mezclado con sangre. Esto provoca que la piel quede frágil de modo que cuando Jesús fue flagelado, su piel ya estaba muy sensible.El acto de la flagelación: Las flagelaciones romanas eran conocidas por ser terriblemente brutales, ya que de una manera general consistían en treinta y nueve latigazos. El verdugo usaba un látigo con tiras de cuero trenzado en cuyos extremos tenías adosadas bolas de metal entretejidas. Cada vez que el látigo golpeaba la carne, las bolas generaban mayúsculos moretones y contusiones, las mismas que se abrían con los demás golpes. En relación con el látigo, este tenía pedazos de hueso afilados, los que tenían como misión el cortar la carne.La espina dorsal quedaba expuesta, ya que la espalda terminaba desgarrada debido a cortes profundos Los hombros recibían los latigazos, que pasaban por el nivel de la espalda, las nalgas, y las piernas.
Durante el lapso que duraba la flagelación, las laceraciones alcanzaban hasta los músculos y generaban temblores de carne sangrante. En esta condición, las partes internas quedaban al aire, conjuntamente con los músculos, tendones y las entrañas.El cuerpo de la víctima, podía experimentar un dolor tan grande, que terminaría con una conmoción hipovulémica. Es decir que la persona sufre efectos de la pérdida de una gran cantidad de sangre que trae consigo que el corazón se acelere para tratar de bombear sangre que no existe. La baja de presión sanguínea provoca en estas circunstancias un desmayo o colapso, con la consabida afección de los riñones, que dejan de producir orina para mantener el volumen restante y la persona comienza a sentirse sedienta porque el cuerpo ansía fluidos para reponer el volumen de sangre perdido.En la ruta del Calvario: Sabemos que a estas alturas Jesús se hallaba en una situación y/o condición hipovólemica conforme ascendía por la pendiente hacia el Calvario con la cruz a cuestas. Tambaleante, Jesús se desplomó y un soldado romano le ordeno a Simón que llevara la cruz por él. Mas tarde, Jesús dice "Tengo sed" y en ese momento se le ofrece un trago de vinagre.El Instante de la Crucifixión: El final de Jesús fue todavía peor que la crucifixión común. En aquella época, no a todos los criminales condenados se los clavaba en la cruz. Muchos más bien eran amarrados. Jesús fue acostado y clavaron sus manos en posición abierta en el madero horizontal, que era conocida con el nombre de patibulum. El madero vertical estaba clavado al suelo de forma permanente.Los romanos usaban clavos que eran de entre trece a dieciocho centímetros de largo, afilados en una punta aguda y se clavaban por las muñecas. El nervio mediano, era atravesado. Este nervio, es el nervio mayor que sale de la mano y quedaba triturado por el clavo que lo martillaba. Este dolor es similar al que uno siente cuando se golpea accidentalmente el codo y se da en ese huesito (en el nervio llamado cúbito), pero ahora imagine tomar un par de pinzas y presionar hasta triturar ese nervio, ese dolor es similar al que Jesús experimentó. Al romper ese tendón y por tener sus muñecas clavadas, Jesús fue obligando a forzar todos los músculos de su espalda para poder respirar.
El dolor era tan insoportable que literalmente no existían palabras para describirlo. Se tuvo que inventar una nueva palabra llamada "excruciante" (que significa "de la cruz") para describir semejante dolor.Jesús Cuelga de la Cruz: Cuando Jesús fue alzado para unir el madero con el poste vertical se procedió a clavarle los pies. Nuevamente los nervios de los pies fueron triturados y eso debe haber causado un dolor similar al de las muñecas. En el instante de estar en posición vertical, sus brazos se estiraron brusca e intensamente, quizás unos 15 centímetros de largo y ambos hombros deben de haberse dislocado (tome en cuenta sólo “la gravedad”, para sacar su conclusión), con lo que se confirmaba lo descrito en el Salmo 22 "dislocados están todos mis huesos".Cuando la persona está colgada en posición vertical, la muerte es lenta, muy dolorosa y terriblemente agonizante por asfixia, debido a que la presión ejercida en los músculos pone el pecho en la posición de inhalación. Para poder exhalar, en principio, el individuo debía apoyarse en sus pies -que para este instante estaban fijos con clavos al madero- para que los músculos tensionados, se alivien por un instante al menos. Cuando esto se hacía, el clavo desgarraba el pie hasta que quedaba fijado -incrustado- en los huesos tarsianos.Después de este enorme esfuerzo para exhalar, la persona podría relajarse en cierta forma y descender para intentar inhalar otro bocado de aire. Este drama lo repetiría mientras tuviera vida para exhalar, magullando su lacerada espalda en forma reiterada contra el áspero madero de la cruz, hasta que ya no pudiese y entonces moría. Jesús soportó este “sobrevivir” por más de tres horas.Jesús Muere: Una persona, a medida que reduce el ritmo respiratorio, pasa a una etapa que se conoce con el nombre de acidosis respiratoria: el dióxido de carbono de la sangre se diluye como ácido carbónico lo que causa un aumento de acidez de la sangre. Esta situación conlleva en cuestión de un corto período a un pulso irregular. Es claro mencionar que al sentir que su corazón latía en forma errática, Jesús hubo de darse cuenta de que estaba a punto de morir y es entonces que pudo decir: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y murió luego de un paro cardíaco.Incluso antes de morir la conmoción hipovolémica debe haber causado un ritmo cardíaco acelerado sostenido que debe haber contribuido al paro cardíaco, lo cual dio por resultado la acumulación de fluido en la membrana que rodea al corazón llamada efusión pericárdica, al igual que alrededor de los pulmones, llamada efusión pleural.
El Corazón de Jesús es Traspasado: Por aquellos tiempos, los soldados quebraban las piernas de los crucificados para acelerar la muerte. Usaban para ello una especie de lanza romana para descolgar los huesos de la parte inferior de las piernas. Esta acción, impedía que la persona empujara hacia arriba con las piernas para poder respirar. Sin este movimiento la muerte llegaba en poco tiempo.Leemos en el Nuevo Testamento que los huesos de Jesús no fueron quebrados o rotos como sí ocurrió con los otros crucificados. Esto sucedió porque los soldados confirmaron que Jesús había muerto. Así se cumplió la escritura de Antiguo Testamento acerca del Mesías, donde se lee que ninguno de sus huesos sería quebrado. Para confirmar esta muerte, un soldado romano le clavó la lanza en su costado derecho, atravesando el pulmón derecho y penetrando su corazón. Por ello, cuando se retiró la lanza, salió un fluido claro como el agua seguido de un gran volumen de sangre, conforme lo describe Juan, uno de los testigos presentes, en su Evangelio.También hay que mencionar las terribles humillaciones que sufrió por el desprecio y las miles de burlas, cargando su propia cruz por casi dos kilómetros, mientras el gentío le escupía el rostro y le lanzaba piedras. Hay que señalar que la cruz pesaba cerca de 30 kilos, sólo en su parte horizontal, región en la que clavaron sus manos.Conclusiones de la Autopsia de Jesús: Conociendo la lenta agonía y el mantenimiento de la conciencia casi hasta el último instante, en base a todas las consideraciones anteriormente expuestas, obtenemos las siguientes conclusiones médico-legales como las más probables:Causa inmediata de la muerte: hipoxia-anoxia cerebral(hipoxia es disminución de la concentración de oxígeno en la sangre, y anoxia es la ausencia total de oxígeno en la misma) consecuencia de hipovolemia (disminución del volumen de sangre) post-hemorrágica, de insuficiencia respiratoria mecánica (incapacidad para respirar adecuadamente por falta de movilidad) por graves lesiones en músculos intercostales, y de insuficiencia cardiaca.Causa fundamental de la muerte: múltiples heridas inciso-contusas, equimosis, erosiones, excoriaciones y hematomas en la parte anterior y posterior del tronco.Origen de la muerte: “Criminal”. Así termina de manera concluyente esta "autopsia" al cuerpo de Jesús, basado estrictamente en los evangelios, las citas históricas y toda la documentación compartida para el rodaje de la película "La Pasión de Cristo" de Mel Gibson.
*El autor de esta nota es el doctor José Antonio Lorente, Director del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, España

martes, 15 de enero de 2008

Crucifixion (Lc 23,33-49)

La crucifixión
Lc 23,33-49.

109. Y puesto que ya hemos contemplado el trofeo, vea­mos ahora cómo el triunfador sube a su carro y no cuelga el botín conquistado del mortal enemigo sobre troncos de árboles o sobre las cuadrigas, sino que los despojos arrebatados al mundo los coloca sobre su patíbulo triunfal. No vemos aquí a los pueblos vencidos con las manos atadas a la espalda, ni el espectáculo de ciudades arrasadas o las estatuas de los lugares ocupados; tam­poco observamos las cabezas humilladas de los reyes cautivos, como suele ocurrir entre los triunfadores humanos, ni tampoco contemplamos que se lleva esa victoria hasta los límites de otro país; por el contrario, lo que vemos es precisamente que los pueblos y las naciones, llenos de alegría, son atraídos no por el castigo, sino por la recompensa, los reyes rinden adoración por propia decisión, las ciudades se entregan a un culto voluntario, las estatuas de las poblaciones reciben una especial mejora, no realizada ésta por el arte del colorido, sino hermoseadas por una fe entregada, las armas y los derechos de los vencedores se extienden por todo el orbe; contemplamos asimismo cómo el príncipe de este mundo es cogido preso y cómo los espíritus del mal que vagan por los cielos (Eph 6,12) obedecen a las ór­denes de una palabra humana, y cómo están las potestades sumisas y las diversas clases de virtudes resplandecen, no gracias a su seda, sino gracias a sus costumbres. Brilla la castidad, res­plandece la fe, y la valiente entrega se levanta ya airosa una vez que se ha vestido con los despojos de la muerte. El solo triunfo de Dios, la Cruz del Señor, ya hizo triunfar a todos los hombres.

110. Parece conveniente considerar el modo de subir (1). Yo lo veo desnudo; así tiene que subir el que se dispone a vencer al mundo, de modo que no se debe preocupar en buscar los auxilios del siglo. Adán, que fue a buscar el vestido (Gen 3,7), fue vencido, mientras que el vencedor es Aquel que se despojó de sus vestidos. El subió con la misma realidad con la que la naturaleza nos había formado bajo la acción de Dios. Así había vivido el primer hombre en el paraíso, y así también entró el segundo hombre al paraíso. Y con el fin de que el triunfo no fuera para El solo, sino para todos, extendió sus manos para atraer todas las cosas hacia sí (Io 12,32), con propósito de rom­per las ligaduras de la muerte, atarnos con el yugo de la fe y unir al cielo todo aquello que antes estaba ligado a la tierra.
111. También se coloca una inscripción. De ordinario, a los vencedores les precede un cortejo; y así el carro triunfal del Señor estaba precedido por el acompañamiento de los muertos resucitados. También es costumbre indicar con un escrito el nú­mero de naciones dominadas. En esa clase de triunfos que se dan dentro de un orden preestablecido, existen los pobres cautivos de las naciones vencidas, cosa que es vergonzosa cuando son ellas las desoladas; sin embargo, aquí resplandece le belleza de los pueblos redimidos. Los que llevan el carro son dignos de un triunfo semejante, y así, el cielo, la tierra, el mar y los infiernos pasan de la corrupción a la gracia.
112. Se coloca una inscripción y se pone sobre la cruz, y en la parte inferior de ella, puesto que el principado está sobre sus hombros (Is 9,6). Y ¿qué otra cosa es este principado, sino su eterno poder y su divinidad? Por eso, cuando le preguntaron:
Tú quién eres, El respondió: El principio que os habla (Io 8,25). Pero, leamos esta inscripción: Jesús Nazareno —dice— Rey de los judíos.
113. Con toda razón la inscripción está puesta en la parte superior de la cruz, ya que el reino que posee Cristo no es propio del cuerpo humano, sino del poder de Dios. Y con toda justicia está puesto arriba, porque, aunque en la cruz estaba el Señor Je­sús, sin embargo, resplandecía por encima de la cruz gracias a su majestad real. Era un gusano sobre la cruz (Ps 21,7), un escarabajo sobre la cruz. Pero un buen gusano que no se va del árbol, un buen escarabajo que clamó desde la cruz (2). Y ¿qué dijo? Señor, no les imputes este pecado. También le dijo al la­drón: Hoy estarás conmigo en el paraíso, y gritó como un esca­rabajo: ¡Dios mío, Dios mío, mírame!, ¿por qué me has abandonado? Y, en verdad, era un buen escarabajo quien, por medio de los pasos de sus virtudes, dignificaba el barro de nuestro cuerpo, que antes era algo informe y torpe (3) y buen escarabajo también el que levantó al pobre de entre el estiércol (Ps 122,7); levantó a Pablo que se consideró como basura (Phil 3,8), le­vantó a Job que yacía sentado sobre el muladar (Iob 2,8).
114. No se trata, pues, de una inscripción cualquiera. Y aún más, el mismo lugar de la cruz, bien puesta en medio para que fuera vista por todos, o levantada, como discuten los hebreos, sobre la sepultura de Adán (4), tiene gran importancia, ya que convenía que la primicia de nuestra vida se colocara en el mismo sitio donde tuvo lugar el comienzo de nuestra muerte.
115. Se reparten los vestidos, y a todos les favorece la suerte con algo, pues el Espíritu de Dios no está prisionero de la inteligencia del hombre, sino que actúa sobre ella de una ma­nera imprevista. Quizás se pueda ver también en esos cuatro soldados una figura de los cuatro evangelistas, que fueron aque­llos por quienes nos consta esa inscripción que todos podemos leer. Cuando leo:
Mi reino no es de este mundo (lo 18,36), me parece leer la inscripción de "Rey de los judíos"; igualmente, cuando leo : y el Verbo era Dios (Io 1,1), me parece ver claro que el proceso de Cristo estaba escrito sobre su ca­beza, pues, la cabeza de Cristo es Dios (1 Cor 11,3).
116. Esos soldados eran los que guardaron a Cristo y los que actualmente lo guardan, para que no haga sentir su pre­sencia en nadie ni descienda sobre alguno, bajando de la cruz, como pedían los judíos (Mt 27,40). Sin embargo, yo anhelo que Cristo muera por mí en su pasión, para que pueda resucitar después de ella. No quiso bajar, haciéndose un beneficio, con el fin de morir por mí. A Cristo se le guarda para nosotros y por nosotros son divididas sus vestiduras. Todo no lo puede poseer cada uno, y por eso echan a suertes la túnica, y es que la dis­tribución de los dones del Espíritu Santo no se lleva a cabo a gusto del hombre, pues, hay una diversidad de operaciones, pero todo lo obra el mismo Espíritu, el cual distribuye a cada uno según quiere (1 Cor 12,6.11).
117. Contempla ahora los vestidos divinos de Cristo. ¿Dónde los buscaré? Búscalos en el Evangelio de Mateo; en él encon­trarás el manto de escarlata (27,28); en el de Juan hallarás el vestido de púrpura (19,2); en el de Marcos, la púrpura solamente (15,17), y en el de Lucas, la vestidura blanca (23,11); por su parte, El estaba contento con cualquiera de esos vestidos. ¡A cuántos ha vestido Cristo con sus vestiduras! Pienso que no ha vestido sólo a cuatro, sino a todos los soldados y, además, en un modo sobreabundante.
118. Pero volvamos a los evangelistas. En verdad, estas cua­tro fracciones no me parecen tanto partes de un vestido cuanto cuatro clases de talentos. Pues, en efecto, uno escribió de un modo más admirable sobre el reino; y otro sobre la formación del hombre, de una manera más extensa. Lucas eligió para sí escribir sobre el fulgor de la vestidura sacerdotal; Marcos apenas si buscó una trabazón en su exposición; y Juan, por así decir, elaboró un hermoso tejido de sentencias, con las cuales revistió nuestra fe. ¿No te parece que este pasaje :
En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios. El estaba desde el principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por El (Io 1,1.3), goza de un encadenado perfecto? Por el contrario, Marcos, como contentándose sólo con el resplandor de la púrpura, afirmó, sin ninguna concatenación verbal: Comienza el evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios (1,1).
119. Por tanto, los vestidos repartidos representan a la ac­ción de Cristo, o también a su gracia, pues la túnica no podía ser partida, viendo en ella una figura de la fe, puesto que ésta no se consigue en atención a la herencia de cada uno, sino que pertenece a todos por derecho común; pues aquello que no puede ser dividido en partes, permanece entero para cada uno.
120. Con un profundo sentido dice que era de una pieza tejida toda desde arriba (lo 19,23), porque es así como está tejida la fe de Cristo, con objeto de que baje desde lo divino a lo humano, puesto que, habiendo nacido El de Dios antes de todos los siglos, tomó, en los últimos tiempos, sobre sí la carne. Con lo que se nos quiere enseñar que no debe romperse nuestra fe, sino que ha de permanecer entera.
121. En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. Preciosísimo ejemplo el que aquí se narra de un trabajo de conversión, puesto que se le concede al ladrón tan pronto el perdón, resultando el premio mucho más grande que la petición; en realidad, el Señor siempre da más de lo que se le pide. Aquél pedía que el Señor se acordara de él cuando estuviera en su reino, y el Señor le contestó: En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso; y es que la vida verdadera consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el reino.

122. El Señor perdona prontamente, porque con esa mis­ma prontitud se convirtió el que se lo pedía. De aquí se puede deducir por qué los otros evangelistas muestran a los dos la­drones lanzando injurias, y Lucas, por el contrario, pone a uno blasfemando y al otro rogándole. Pudiera ser que uno de ellos antes estuviera injuriándole y de repente se convirtiera. Y no es de admirar que, si se convirtió, le perdonara la culpa Aquel que concedía el perdón a los mismos que le insultaban. Aunque también cabe la posibilidad de que hablara de uno en plural, como lo hizo en otro texto: Los reyes de la tierra se reunieron y a una se confabularon los príncipes (Ps 2,2); ya que Herodes es el único rey y Pilato el único príncipe que, según el sentir de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, conspiraron contra Cristo. Y por esa misma razón puedes leer en la epístola a los Hebreos: Anduvieron cubiertos con pieles de cabra, fueron aserrados y obstruyeron las bocas de los leones (11,33.37), cuando en realidad sabemos que solamente Elías era quien llevaba la piel de cabra (2 Reg 1,8), sólo Isaías fue aserrado (5) y únicamente Daniel fue quien permaneció indemne entre los leones (Dan 6,23).
123. Con todo, ¡qué execrable esta iniquidad de los judíos, que crucificaron al Redentor de todos, como si fuera un ladrón! Aunque no hay duda de que, en sentido místico, El es verda­deramente un buen ladrón, que ha logrado dominar al demonio con el fin de arrebatarle sus instrumentos (cf Mt 12,29). También en ese sentido místico, los dos ladrones son una figura de los pueblos pecadores, que fueron crucificados con Cristo por el bautismo, enseñándonos igualmente su desacuerdo que los creyen­tes serían de diversas condiciones. A continuación dice que uno estaba a la izquierda y otro a la derecha. Y los reproches nos re-velan que el escándalo de la cruz (Gal 5,11) seguirá existiendo aun entre los creyentes.

124. Y los judíos le ofrecieron vinagre. Y con el fin de dar cumplimiento a todo, toma esta corrupción de la verdad para clavar en la cruz todo lo que era vicioso. Así bebe el vinagre, pero no el vino mezclado con la hiel, aunque no lo hizo por la hiel, sino para rehusar las amarguras mezcladas con el vino. Pues, en verdad, aceptando la condición de su cuerpo, tomó las amarguras de nuestra vida. Por eso El mismo dijo: Me dieron como comida hiel y como bebida para mi sed, vinagre (Ps 68,22). Sin embargo, no se debía haber mezclado el amargor a la verdad, para que se pudiera ver cómo la inmortalidad futura de los resuci­tados no tendrá amargura, puesto que esa inmortalidad, que cierta-mente se avinagró en el vaso de la humanidad, debía ser repa­rada en Cristo. Así, pues, El bebe vinagre, que es lo mismo que decir que el vicio de esa mortalidad, corrompida por Adán, es en ese momento arrojada lejos de la caña (6), para ser eliminado dicho vicio del cuerpo humano. Por lo cual, arrojemos también nosotros en Cristo todos esos vicios nuestros que hemos acumulado por una incuria negligente de nuestro cuerpo o de nuestra alma; arrojémoslos en El por medio del bautismo, para que nos crucifiquemos en Cristo; echémoslos sobre El por la penitencia; a cambio, El nos comunicará la realidad incorruptible del vino, que es su sangre celestial.
125. Y al fin, tan pronto como bebió el vinagre, dijo: Todo está consumado, pues todo el misterio de esa carne mortal que había tomado, estaba cumplido, y, una vez eliminados todos los vicios, sólo quedaba la gloria de la inmortalidad.
126. Por lo cual dijo: Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Expresándose con toda perfección, El encomienda su espíritu, puesto que lo conserva, pues, aunque lo encomienda, no lo pierde. El espíritu es, en verdad, algo valioso y cuyo precio hay que guardar; por eso dijo aquél:
¡Oh Timoteo, guarda el buen depósito! (2 Tim 1,14). Y después encomienda el espíritu a su Padre; por eso dijo: Tú no dejarás mi alma en . el infierno (Ps 15,10). Contempla, pues, el gran misterio. Mientras encomienda su espíritu en las manos del Padre, permanece dentro del seno del Padre, ya que nadie distinto del Padre es capaz de conte­ner al Cristo total. Y así dijo: Yo estoy en el Padre y el Padre en Mí (Io 14,10). Encomienda, pues, su espíritu al Padre. Pero co­mo El está presente en los cielos, ilumina los infiernos para rescatar todas las cosas, pues Cristo lo es todo en todas las cosas (Col 3,11), aunque El obre en cada uno. La carne muere para resucitar y el espíritu se lo encomienda a su Padre para que los mismos cielos se vean libres de las cadenas de la iniquidad y se lleve a cabo una paz que la misma tierra podrá imitar.
127. Y, dicho esto, entregó su espíritu. Muy bien está dicho ese entregó, ya que no lo perdió contra su voluntad. Y así Mateo dice: Entregó su espíritu, porque lo que se entrega es algo voluntario, pero lo que se pierde se realiza por necesidad. Y por eso añadió: con una gran voz. En este hecho podemos ver, o bien un glorioso testimonio de que se abajó hasta la muerte por nuestros pecados —y, en verdad, no seré yo quien se avergüence de confesar lo que Cristo no se avergonzó de pro-clamar con gran voz—, o una evidente manifestación de Dios, sellando la unión entre la divinidad y la carne. Por eso lees: Jesús, dando un grito, exclamó diciendo: Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado? Es el hombre el que clamó, puesto que la separación de la divinidad le hacía morir. Y como la divinidad está libre de toda muerte, ésta no se podría producir a no ser retirándose la vida, ya que la divinidad es la vida
(7).
128. Lo que sigue nos muestra claramente que el fin del mundo tendrá lugar a causa de la impiedad de los malos. Por eso la pasión del Señor nos quiere enseñar que acabarán las co­sas presentes para que surjan las futuras. Y las tinieblas han ofus­cado los ojos de los incrédulos para que pueda resucitar la luz de la fe. El sol se ha ocultado o ha huido de los sacrílegos con el fin de tapar el espectáculo deprimente de su crimen. Las piedras se han hecho añicos para mostrarnos, por medio de las grietas abiertas en esas rocas, el futuro, ya que en él la fuerza de la palabra penetrará hasta en lo más duro de los corazones, con objeto de que, como predijo Jeremías (16,16), sea el Señor quien cace más fácilmente en las cavernas de las rocas a los mis­mos cazadores. Y los monumentos abiertos, ¿qué otra cosa sig­nifican, sino la resurreción de los muertos, una vez rotas las ligaduras de la muerte, en cuyo semblante se ve la fe y cuya apariencia es todo un símbolo, ya que, al salir a la ciudad santa, anunciaban, ante la vista de los presentes, que la Jerusalén celes­tial será la morada eterna de los resucitados? También el velo se rasga, hecho que nos declara, o bien la separación de los dos pueblos, o bien la profanación de los misterios de la Sinagoga. El velo viejo se rasga para que la nueva Iglesia pueda colocar sus colgaduras. Ha desaparecido el velo de la Sinagoga para que podamos contemplar al descubierto (2 Cor 3,14), con la mirada de nuestra alma, los misterios secretos de la religión. Y, por fin, he aquí que hasta el mismo centurión confiesa que Aquel a quien han crucificado es el Hijo de Dios. ¡Oh, qué corazones de los judíos, más duros que las rocas! Las piedras se parten, mientras que sus espíritus se endurecen. El juez les acusa, el que le mar­tiriza cree, el traidor paga su crimen con la muerte, los elementos se esconden, la tierra tiembla, los sepulcros se abren, y, sin em­bargo, la dureza de los judíos permanece inconmovible ante estas sacudidas de todo el universo.

129. Allí estaban contemplando el espectáculo algunas mujeres, y allí estaba también su Madre, anteponiendo el celo de su ternura a los peligros que corría. Y el Señor, que permanecía suspendido en la Cruz, despreciando sus padecimientos, encomen­daba a su Madre haciendo un supremo alarde de piedad. No sin razón es Juan quien lo cuenta con toda profusión de detalles; los otros, en efecto, describieron la conmoción del mundo, la acción de las tinieblas oscureciendo el cielo, la huida del sol. Mateo y Marcos, que dieron más importancia al aspecto humano y moral, añadieron: ¡Dios mío, Dios mío, mírame! ¿Por qué me has abandonado?, para que creyésemos que la naturaleza humana asumida por Cristo es la que había subido a la cruz. Y Lucas es quien ha afirmado con más claridad cómo el ladrón, gracias a la intercesión sacerdotal (8), obtuvo el perdón, y cómo, con el mismo beneficio, pidió misericordia para los mismos judíos que lo perseguían.
130. Y Juan, que fue quien penetró con más profundidad en los misterios divinos, trabajó sin cesar para declarar que aquella que había engendrado a Dios, había permanecido virgen (9). El es el único que enseña lo que no consignaron los otros, es decir, cómo, mientras estaba en la cruz, se dirigió a su Madre, Aquel que, vencedor de los suplicios y de los tormentos y triun­fador sobre el diablo, creía más importante cumplir sus deberes de piedad que entregar el reino de los cielos. Pues, si el hecho de que el Señor perdone al ladrón es algo verdaderamente sa­grado, mucho más lo es que el Hijo honre a su Madre (10).
131. Que no se vaya a pensar que he cambiado el orden por haber puesto la absolución del ladrón antes que esas pala­bras dirigidas a su Madre, ya que, como
venía a salvar a los pecadores (1 Tim 1,15), no creo que sea absurdo el que yo, en mis escritos, le imite a llevar a cabo la misión que se propuso de buscar y salvar a un pecador. Y por ese motivo El mismo preguntó: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?, y es que no había venido precisamente a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 12,48; 9,13). Pero allí habló en metá­fora, y, en cambio, aquí no se pudo olvidar de su Madre y la llamó desde la cruz, diciéndole: He ahí a tu hijo, y a Juan: He ahí a tu madre. Cristo hacía su testamento desde la cruz, tes­tamento que recogía Juan en su libro, como un testigo digno de tan gran testador. Un testamento que es de gran valor, aunque no ciertamente pecuniario, sino vital, escrito no con tinta, sino por el Espíritu de Dios vivo (cf. 2 Cor 3,3). Mi lengua es la pluma de un amanuense que escribe con rapidez (Ps 44,3).
132. Por su parte, María no aparecía indigna de ser Madre de Cristo, ya que, cuando los apóstoles huyeron, Ella perma­neció al pie de la cruz, contemplando con sus piadosos ojos las heridas de su Hijo, aunque no atendía tanto a la muerte de su Hijo cuanto a la salvación del mundo. Tal vez, porque sabía que de la muerte de su Hijo brotaba la redención del mundo, Ella, que era “la morada del Rey” (11), pensaba que con su propia muerte podría ayudar en algo a la gracia que se derramaba sobre todos. Pero Jesús no necesitaba ayuda para redimir a todo el universo, pues El mismo dijo: Me he constituido como un hom­bre que no tiene ayuda y libre entre los muertos (Ps 87,6). El recibió ciertamente el cariño de su Madre, pero no buscó su ayuda humana. En El, pues, tenemos un maestro de piedad. Este texto nos enseña qué es lo que debe imitar todo afecto materno y cómo regular el respeto de los hijos, para que las madres se ofrezcan a defender a los hijos cuando éstos peligran, y ellos, a su vez, tengan en más valor la solicitud materna que la tristeza de la propia muerte.

133. En este pasaje se nos presenta un testimonio sobreabundante de la virginidad de María. Pero no se trata aquí de que la esposa rechace a su marido, ya que está escrito : Lo que Dios unió, no lo separe el hombre (Mt 19,6), sino que aquel que tuvo durante todo su matrimonio el velo del misterio, no tenía ya necesidad de esa unión, una vez que esos misterios se cumplieron (12). Tal vez pudiéramos ver en esto, siguiendo un sentido moral, que la castidad sólo se guarda con el sacrificio.
134. En verdad, a Juan, el más joven de todos, le ha encomendado un misterio que no nos es lícito escuchar con oídos indiferentes. No hay duda de que el trato frecuente con un joven, así como la belleza de su juventud, son peligrosos para las mu­jeres, porque, tal vez, alguna, mirando la cosa externa, sin preo­cuparse del misterio, queriendo gozar de Cristo, pretenda imitar las apariencias de María, sin imitar su voluntad; así lo entien­den, por desgracia, esas mujeres del montón que, abandonando a su marido ya viejo, se unen a otro más joven. Que esa tal se dé cuenta de que aquí se trata del misterio de la Iglesia, la cual antes estaba unida al pueblo antiguo, aunque en apariencia, no en realidad, después dio a luz al Verbo y lo sembró en los cuerpos y en las almas de los hombres por medio de la fe en la cruz y en la sepultura del cuerpo del Señor, eligiendo, por precepto divino, la unión con otro pueblo más joven.
135. Yo me pregunto por qué no leemos que fuera traspasado antes de su muerte y sí después de ella, y no veo otra razón que la de que, tal vez, nos quiera enseñar que su muerte ha sido voluntaria y no obligada, y también que conociéramos el orden de los misterios, puesto que los sacramentos del altar no preceden al bautismo, sino que éste está antes, al que sigue la bebida. Con ello también se nos avisa que nos demos cuenta que, aunque la naturaleza de su cuerpo era mortal y su condición semejante a la nuestra, con todo, era, por gracia, del todo diferente. Pues no cabe duda que, después de la muerte, la sangre se solidifica en nuestro cuerpo; y, no obstante, de ese cuerpo incorrupto, aunque muerto, manaba la vida para todos; en efec­to, salió agua y sangre, la primera para lavar, y para redimir la segunda. Bebamos, pues, este nuestro remedio, para que, bebién­dolo, nos veamos libres.

Notas:
(1) Recuérdese el n.108, con el que se une esta exposición, después del paréntesis del n.109.
(2) San Ambrosio ha seguido en el texto de Habacuc o la versión de los LXX u otra semejante, que traen la palabra «escarabajo». El texto hebreo y la Vulgata no traen esa palabra. San Jerónimo reprueba a los que comparan al Señor a un escarabajo (In Habacuc: PL 25,1296-1298).
(3) Alusión a la vida de los escarabajos y al lugar donde se suelen encontrar, al menos una especie de ellos.
(4) Cf. ORÍGENES, ln Mt. 126 (PG 13,1777), donde menciona esta opinión sin indicar el origen. En otros lugares se habla de su fuente judía. Esto ha tenido mucha reper­cusión casi hasta nuestros días; pero carece de fundamento y de toda verosimilitud. Es de suponer que los judíos no hubieran escogido tal lugar para la ejecución de los condenados a muerte.
(5) Cf. 1.9.° n.25 y la nota
(6) El vinagre fue presentado al Crucificado en una esponja colocada en el extremo de una caña: ya conocemos que para Ambrosio la caña es figura de la debilidad humana,
(7) A primera vista, este texto sería violento en la doctrina de San Ambrosio, pa­reciendo que la muerte de Cristo se debe a que la divinidad se retira de El. No es imposible dar una interpretación ortodoxa: la divinidad retira la acción preservativa que mantenía la vida humana de Cristo y permite a la muerte hacer su obra, San Am­brosio se inspira en San Hilario, cf, PL 9,79-80.
(8) El calificativo sacerdotal se debe, tal vez, al carácter general del evangelio de San Lucas, como se dijo al principio del mismo.
(9) Cf. más abajo el n.133 y más aún el De institutione virginis, c.7, que ofrece un gran parecido con este pasaje. La constancia de la Virgen al pie de la cruz, un argumento para la virginidad de la Madre de Dios.
(10) Sería muy conveniente que se tuviera presente este pensamiento de San Ambrosio en la pastoral y en los escritos sobre la Virgen, algunos de los cuales, ciertamente, no están en la línea tradicional del pensamiento cristiano. Más todo hay que examinarlo dentro del plan general del pensamiento teológico de San Ambrosio. No hay oposición ninguna en la entrega del reino ni en la veneración a su Madre benditísima, que tam­bién entraba en su obra redentora como Socia suya.
(11) Expresión delicada en San Ambrosio, al que la mariología tanto debe. Tal vez sorprenda a algunos esta expresión aplicada a la Virgen. Sin embargo, la tradición patrística y litúrgica es constante en afirmarla. Ella es la corte, el palacio, la morada por excelencia del gran Rey. En la cruz, cuando es de todos abandonado, Ella sigue siendo su corte, su morada, como en la encarnación. El misterio de Cristo es muy profundo, y no podemos contentarnos con una somera y superficial exposición, como hoy tantas veces sucede. Por eso se han dejado oír unas voces extrañas en lo tocante a la doctrina mariológica de la Iglesia.
(12) San Ambrosio sigue fiel a su pensamiento expresado en el libro 2 ° n.4, y supone que San José vivía en el momento de la pasión del Señor. No es ésta la opinión común.

Jerusalen (71-1099 d.c)

Jerusalén (71 - 1099 d.C)


I.
HASTA EL TIEMPO DE CONSTANTINO (71-312 d.C.)

Cuando Tito tomó Jerusalén (abril – septiembre, 70 d.C.) ordenó a sus soldados destruir la ciudad (Josefo, “De bello Jud.”, VI, ix). Sólo salvaron las tres grande torres al norte del palacio de Herodes (Hipicus, Fasael, Mariamne) y la pared occidental. Pocos judíos sobrevivieron. La Décima Legión Romana retuvo la parte superior de la ciudad y el castillo de Herodes como fortaleza; Josefo dice que Tito se apropió de los campos alrededor para sus solados (“Vita”, 76). La presencia de estos paganos repelería naturalmente a los judíos, aunque en este periodo no había leyes en contra de su presencia en Jerusalén. Los rabinos judíos se reunieron en Jabne (o Jamnia, actualmente Jebna) en el valle, al noroeste de la ciudad, a dos horas de Ramla.
Mientras tanto, la comunidad cristiana había huido a Pel-la en Perea, al este del Jordán (sureste de Jenin), antes de que comenzara el sitio. Los cristianos eran casi todos conversos del judaísmo (Eusebio, “Hist. Ecl.”. IV, v). Después de la destrucción regresaron y se congregaron en la casa de Juan Marcos y su madre María, donde se habían encontrado antes (Hch., xii, 12, sg.) Aparentemente fue en esta casa donde estaba el Cuarto Superior, donde se celebró la Última Cena y donde se realizó la asamblea de Pentecostés. Epifanio (m. 403) dice que cuando el Emperador Adriano llegó a Jerusalén en el 130 encontró el Templo y toda la ciudad destruida salvo algunas casas, entre las cuales aquella en donde los Apóstoles habían recibido al Espíritu Santo. Esta casa, dice Epifanio, está “en aquella parte de Sión que se salvó cuando la ciudad fue destruida” – es decir en la “parte superior” (“De mens. Et pond.”, cap. xiv). Desde los tiempos de Cirilo de Jerusalén, quien habla de “la Iglesia superior de los Apóstoles, donde el Espíritu Santo bajó sobre ellos” (Catech., ii, 6; P. G., XXXIII), existen abundantes testigos del lugar. Una gran basílica fue construida sobre el terreno en el siglo cuarto; los cruzados construyeron otra iglesia cuando la antigua fue destruida por Hakim en el 1010. Es el famoso Coenaculum o Cenáculo – actualmente una capilla musulmana – cerca de la Puerta de David, y se supone que es la tumba de David (Nebi Daud). Durante los primeros siglos del cristianismo la iglesia en este lugar fue el centro de la cristiandad en Jerusalén, “Santa y gloriosa Sión, madre de todas las iglesias” (Intercesión en “La Liturgia de Santiago”, ed. Brightman, p. 54). Ciertamente, ningún lugar de la cristiandad puede ser más venerado que el sitio de la Última Cena, el cual se convirtió en la primera iglesia cristiana. El uso constante del nombre Sión para el Cenáculo ha llevado a considerables discusiones en cuanto a la topografía de Jerusalén. Muchos escritores concluyen que está en el Monte Sión, el cual sería por lo tanto la colina suroeste de la ciudad (Meistermann, "Nouveau Guide de Terre Sainte", Paris, 1907, p. 121, plan). Otros (Baedeker, "Palaestina u. Syrien", 6th ed., 1904, p. 27) oponen a esta tradición la fuerza de los pasajes del Antiguo Testamento que claramente distinguen Sión de Jerusalén y afirman que el Señor habita en Sión y que el palacio del rey está allí (Is., x, 12; viii, 18; Joel iii, 21; etc.). De tal manera que Sión sería la colina al occidente, el lugar del Templo y del palacio de David. Fue más tarde que el nombre de Sión comenzó a utilizarse para toda Jerusalén. Josefo nunca lo utiliza; ya en el Antiguo Testamento el camino estaba preparado para su uso extendido. Jerusalén es la “hija de Sión” (Jr., vi, 2, etc.). Todos sus habitantes sin distinción son “Sión” (Za., ii, 7, etc.). En los primeros años de la cristiandad Sión parece haber perdido su significado, en el sentido de una determinada colina, para convertirse simplemente en otro nombre para Jerusalén. Naturalmente ellos llamaron su centro allí por el nombre de la ciudad, aunque no se encontraba en el Monte Sión original. La peregrina Eteria (Silvia), a finales del siglo cuarto, siempre habla del Cenáculo como Sión, de la misma manera que el Santo Sepulcro siempre es Anástasis.
Desde el cenáculo los primeros obispos cristianos regían la Iglesia de Jerusalén. Todos eran conversos del judaísmo, como lo eran también sus compañeros. Eusebio (Hist. Ecl., IV, v) da la lista de estos obispos. De acuerdo con la tradición universal, el primero fue el Apóstol Santiago el Menor, el “hermano del Señor”. Su lugar predominante y de residencia en la ciudad está implícito en Ga., i, 19. Eusebio dice que él fue nombrado obispo por san Pedro, Santiago (el Mayor), y Juan (II, i). Naturalmente los otros Apóstoles cuando estaban en Jerusalén compartían el gobierno con él. (Hch., xv, 6, etc.; Eus., “Hist. Ecl.”, II, xxiii). Fue lanzado por los judíos desde una roca y luego lapidado hasta morir cerca del año 63 (Eus., ib.; Josefo, "Antiq. Jud.", XX, ix, 1; ed. cit., p. 786). Después de su muerte los Apóstoles sobrevivientes y otros discípulos que estaban en Jerusalén escogieron a Simeón, el hijo de Cleofás (también llamado hermano de Nuestro Señor, Mt., xiii, 55), como su sucesor. Él era el obispo en la época de la destrucción (70) y probablemente fue a Pel-la con los otros. Cerca del año 106 o 107 fue crucificado bajo Trajano (Eus., "Hist. Ecl.", III, xxxii). La línea de obispos de Jerusalén continuó como sigue:
Judas (Justo), 107-113;Zaqueo o Zacarías:Tobias; Benjamín; Juan; Matías (m. 120); Felipe (murió c. 124); Séneca; Justo;Leví; Efraín; José; Judas Quiríaco (m. entre 134-148).
Todos ellos eran judíos (Eus., "Hist., Eccl.", IV, v). Fue durante el episcopado de Judas Quiríaco que ocurrió la segunda gran calamidad, la revuelta de Barcokebas y la destrucción final de la ciudad. Incitados por la tiranía de los romanos, por la reconstrucción de Jerusalén como colonia romana y el establecimiento de un altar a Júpiter en el lugar del Templo, los judíos se lanzaron a una desesperanzada rebelión liderados por el famoso falso Mesías Barcokebas cerca del año 132.
Durante esta rebelión él persiguió a los judíos cristianos, quienes naturalmente se negaron a reconocerlo (Eus., "Cron.", por el decimoséptimo año de Adriano). El Emperador Adriano sofocó la rebelión, después de un sitio que duró un año, en 135. Como resultado de esta última guerra todo el vecindario de la ciudad se convirtió en un desierto. Sobre las ruinas de Jerusalén se construyó una nueva ciudad, llamada AElia Capitolina (Aelius era uno de los nombres de Adriano), y un templo a Júpiter Capitolino fue edificado en el Monte Moira. A ningún judío (por lo tanto a ningún judío cristiano) se le permitió la entrada a la ciudad bajo pena de muerte. Esto trajo un cambio completo en las circunstancias de la Iglesia de Jerusalén. La vieja comunidad judeocristiana llegó a su fin. En su lugar se formó una Iglesia de cristianos gentiles, con obispos gentiles, quienes dependían mucho menos de las memorias sagradas de la ciudad. De ahí que la Iglesia de Jerusalén, por algunos siglos, no tomó el lugar entre la jerarquía de las sedes que podríamos esperar. AElia era un pueblo sin importancia en el imperio; el gobernador de la provincia residía en Cesarea, en Palestina. El uso del nombre AElia entre los cristianos de esa época marca la insignificancia de la pequeña iglesia gentil, mientras que la restauración del viejo nombre de Jerusalén, tiempo después, marca el renacimiento de su dignidad.
Tan tarde como el años 325 (Nicea I, can. vii) la ciudad es llamada todavía tan sólo AElia. El nombre permaneció entre los árabes en la forma de Ilia hasta muy entrada la Edad Media. Como el rango de las diferentes sedes era arreglado gradualmente de acuerdo a las divisiones del imperio, Cesarea se convirtió en la sede metropolitana; el Obispo de AElia era simplemente uno de sus sufragantes.
Los obispos desde el sitio bajo Adriano (135) hasta Constantino (312) fueron:
Casiano; Publio; Máximo; Julián; Cayo; Símmaco; Cayo II; Julián II, (ordenado en 168); Cápito (m. 185); Máximo II; Antonio; Valentín; Doliquiano (m. 185); Narciso (Eus., "Hist. Ecl.", V, xii)
Narciso fue un hombre famoso por sus virtudes y milagros, pero odiado por ciertas personas viciosas de la ciudad que temían su severidad. Lo acusaron de diferentes crímenes y él, en nombre de la paz, se retiró a un lugar desconocido (Eus., "Hist. Ecl.", VI, ix). Los obispos vecinos, al no volver a oír nada de él, procedieron a elegir y a consagrar a Dius como su sucesor. Dius fue sucedido por Germanión y Gordius. Luego, repentinamente, Narciso reapareció, un anciano de 110 años. Los otros obispos lo persuadieron para que volviera a ocupar su cargo como obispo. Muy viejo para hacer cualquier cosa diferente de orar por su pueblo, nombró como su coadjutor a un obispo capadocio, Alejandro, quien había llegado en peregrinación a Jerusalén. De esta manera, Alejandro se convirtió prácticamente en obispo diocesano aún antes de la muerte de Narciso en 212. Alejandro fue amigo de Orígenes y fundó una biblioteca que Eusebio utilizó para su “Historia” (VI, x). Murió en prisión durante la persecución de Decio (250). Luego siguieron:
Mazabanes o Megabezes (m. 266); Himeneo (m. 298); Zabdas; Hermón (m. 311); Macario (m. 333)

II. CONSTANTINO Y LOS SANTOS LUGARES (312-337)

Durante el episcopado de Macario un gran cambio llegó a todo el imperio que incidentalmente afectó la Sede de Jerusalén de manera profunda. La Fe cristiana fue reconocida como una religión lícita y la Iglesia se convirtió en una sociedad reconocida (Edicto de Milán, Enero, 313). A la muerte de Constantino (337) el cristianismo se había convertido en la religión de la Corte y el Gobierno. Como resultado natural la Fe se esparció rápidamente por todas partes. La misma generación que había visto la persecución de Diocleciano ahora veía al cristianismo como la religión dominante y al viejo paganismo reducido gradualmente a aldeas del campo y pueblos aislados. Hubo entonces un gran movimiento de organización entre los cristianos; las iglesias se construyeron en todas partes. Un resultado posterior de la libertad y el dominio de la cristiandad fue el resurgimiento del entusiasmo por los santos lugares donde la nueva religión había nacido, donde habían tenido lugar los eventos acerca de los que ahora todos habían leído u oído en sermones. Ya en el siglo cuarto comenzaron aquellas grandes olas de peregrinaciones a Tierra Santa que han continuado desde entonces. Fue en el siglo cuarto cuando el peregrino de Burdeos y Eteria hicieron sus famosos viajes (Peregrinatio Silviae). San Jerónimo (m. 420) dice que en su época los peregrinos llegaban a Tierra Santa de todas partes del mundo, aún de la distante Bretaña (Ep. xliv ad Paulam; lxxxiv, ad Oceanum). También llegó un gran número de monjes de Egipto y Libia y se estableció en el desierto cerca del Jordán. Esto llevó a un incrementado respeto por el obispo que gobernaba sobre los lugares donde Cristo había vivido y muerto. Estos peregrinos, a su llegada, se encontraban bajo su jurisdicción; tomaron parte en los sacrificios de su iglesia y animosamente siguieron los ritos que se realizaban en el Monte de los Olivos, el Cenáculo y el Santo Sepulcro. El cuidadoso relato de Eteria acerca de todo lo que vio en las iglesias de Jerusalén durante la Pascua es típico de ese interés. Cuando los peregrinos regresaron a casa y le contaron a sus amigos acerca de los servicios que habían visto en los lugares más sagrados de la cristiandad y comenzaron a imitarlos en sus propias iglesias. De esta manera un gran número de nuestras bien conocidas ceremonias (el Domingo de Ramos, más tarde el Vía Crucis, etc.) fueron originalmente imitaciones de los ritos locales en Jerusalén. Todo esto no podía fallar en traerle al obispo local un avance en el rango. Desde la liberación de la Iglesia y su desarrollo fue inevitable que cambiara el Obispo de AElia de simple sufragante de Cesarea, a gran “Patriarca de la Ciudad Santa de Jerusalén y de toda la Tierra Prometida”.
A la vez, otro de los descubrimientos de estas peregrinaciones fue el de los Santos Lugares. Naturalmente, cuando los peregrinos llegaron querían ver los verdaderos puntos donde habían ocurrido los eventos acerca de los cuales habían leído en los Evangelios. También, lógicamente, cada uno de estos lugares, cuando se conocían o eran supuestos, se convirtió en un santuario con una iglesia construida sobre él. De estos santuarios los más famosos son aquellos construidos por Constantino y su madre santa Helena. Cuando santa Helena, en su año octavo (326-327) llegó en peregrinación, hizo construir iglesias en Belén y sobre el Monte de los Olivos.

Constantino construyó la famosa iglesia del Santo Sepulcro (Anástasis). Eusebio (Vita Constantine, III, xxvi) dice que el lugar del Calvario, alrededor del año 326, estaba cubierto con polvo y basura; sobre él había un templo a Venus. El Emperador Adriano había construido una gran terraza alrededor del lugar encerrada en un muro, sobre esta había plantado un bosque para Júpiter y Venus (ver san Jerónimo. Ep. 58). Cuando llegó santa Helena y le mostraron el lugar, ella decidió restaurarlo como santuario cristiano. Por orden del emperador todos los soldados de la guarnición fueron empleados en limpiar el templo, el bosque y la terraza. Debajo encontraron el Gólgota y la tumba de nuestro Señor. Constantino le escribió al Obispo Macario diciéndole: “no tengo nada más en mi corazón que adornar con el debido esplendor ese lugar sagrado”, etc. (Vita Const., III, xxx). Dos grandes edificaciones fueron erigidas en este punto una cerca de la otra. Al oeste la roca que contenía la tumba tallada, dejándola como un pequeño altar o capilla colocado sobre el suelo. Sobre ella se construyó una iglesia circular cubierta por un domo. Esta es la Anástasis, la cual todavía tiene la forma de una rotonda con domo y que contiene el Santo Sepulcro en la mitad. Muy cerca, al este, estaba una gran basílica con el ábside hacia la Anástasis, una nave larga y cuatro naves laterales separadas por filas de columnas. Encima de las naves había galerías; todo el conjunto estaba cubierto por un techo de dos agujas. Alrededor del ábside había doce columnas coronadas con plata, al este había un nártex, tres puertas y una columnata enfrente de la entrada. Esta basílica era el Martirium; cubría el suelo ahora ocupado en parte por el Katolikon y la capilla de santa Helena. Eteria habla de ella como “la gran iglesia que es llamada el Martirium” (Per. Silv., ed. Cit., p. 38). Debajo de ella estaba la cripta de la Exaltación de la Cruz. El Monte Calvario no estaba adjunto a la basílica. Estaba justo al sureste del ábside. Eteria siempre distingue tres santuarios, Anástasis, Cruz y Martirium. El lugar de la Cruz (Calvario) estaba en su época abierto al cielo y rodeado por una balaustrada de plata (op. cit., p 43). La gente subía a ella por unas escaleras (Eus., "Vita Const.", III, xxi-xl). Más tarde en el siglo quinto santa Melania la Joven (439), una mujer romana que llegó a Jerusalén con su esposo, Piniano, donde ambos ingresaron a órdenes religiosas, construyó una pequeña capilla en el lugar de la Crucifixión. Estos edificios fueron destruidos por los persas en 614. No es posible entrar allí debido a la interminable discusión que todavía se lleva a cabo acerca de la autenticidad de este santuario. La primera cuestión que surge está relacionada con el lugar del muro de Jerusalén en tiempos de Cristo. Es verdad que Él fue crucificado fuera de la muralla de la ciudad. Ninguna ejecución tenía lugar dentro de la ciudad (Mt., xxvii, 33; Jn., xix, 17; Hb. xiii, 12, etc.). Si entonces se pudiera mostrar que el sitio tradicional estaba dentro del muro (el segundo muro construido por Nehemías) se probaría que es falso. Es, sin embargo, muy cierto que todos los intentos para probar esto han fallado. Por el contrario, Conder encontró otras tumbas contemporáneas cerca del Santo Sepulcro tradicional, las cuales muestran que estaban fuera de la ciudad, ya que los judíos nunca enterraban dentro de sus pueblos. Suponiendo que esto fuera posible, tenemos esta cadena de evidencia: si Adriano realmente construyó su templo de Venus intencionalmente en el lugar, la autenticidad está probada.
La basílica de Constantino se erigió donde estaba ese templo; que la iglesia actual fue construida en el lugar donde estaba la basílica de Constantino no es puesto en duda por nadie. Varios escritores (como Eusebio, op. cit.) del siglo cuarto describen el templo como construido en el lugar del Calvario para detener su veneración por los cristianos, de la misma manera que el templo de Júpiter fue construido donde se encontraba el Templo de los judíos. Hemos visto que una invariable comunidad cristiana vivió en Jerusalén a los largo del tiempo de Adriano (revuelta de Barcokebas) Sería extraño si ellos no hubiesen recordado el lugar de la Crucifixión y no lo hubieran reverenciado. La analogía de la profanación del Templo por Adriano no deja ninguna dificultad con relación a una profanación similar del santuario cristiano. La teoría de Fergusson, quien pensaba que la cueva bajo el Qubbet-es-Sachra, en el lugar del Templo, era el Santo Sepulcro de la época de Constantino, y el sitio de Conder y Gordon afuera de la Puerta de damasco (Conder, "The City of Jerusalem", London, 1909, pp. 151-158) difícilmente merecen mención. Con el hallazgo del Santo Sepulcro y la construcción de la Anástasis y el Martirión está conectada la historia de la Exaltación de la Santa Cruz. Como lo cuentan Rufino (Hist. Eccl. X, viii, P. L. XXI, 477 – cerca del año 402), Paulino de Nola (Ep. xxi, v; P. L. LXI, 329; A.D. 403) y otros. Cuando los soldados estaban removiendo la vieja balaustrada y excavando el Santo Sepulcro encontraron al este de la tumba tres cruces con la inscripción separada de ellas. El Obispo Macario descubrió cuál era la Cruz de nuestro Señor al colocar cada una de ellas en una mujer enferma. La Tercera Cruz la sanó milagrosamente (ver las enseñanzas del segundo nocturno de la fiesta, 3 de mayo). Paulino (op. cit.) añade que un hombre muerto fue vuelto a la vida por la Cruz de Cristo.
La fama de los grandes santuarios, Anástasis y Martirión, comenzó entonces a eclipsar la del Cenáculo. Desde esta época el Obispo de Jerusalén celebraba la mayoría de las funciones solemnes en el Martirión. Pero Constantino tenía una nueva “Iglesia de los Apóstoles” construida sobre el Cenáculo. Otros santuarios que van al menos hasta su época son el lugar de la Ascensión en la cima del Monte de los Olivos, donde construyó una iglesia, y la todavía existente magnífica basílica de Belén.

III. EL PATRIARCADO (325-451)

Desde el tiempo de Constantino comenzó entonces el avance de la Sede de Jerusalén. El primer Concilio General (Nicea I, 325) decidió reconocer la dignidad única de la Ciudad Santa sin inquietar su dependencia canónica de la metrópolis, Cesarea. De esta manera, el séptimo canon declara: “ya que la costumbre y la tradición antigua han hecho que el obispo de AElia sea honrado, que tenga la sucesión de honor (echeto ten akolouthian tes times) salvando, sin embargo, el derecho doméstico de la metrópolis (te metropolei sozomenou tou oikeiou axiomatos)". El canon está en el “Decretum” de Graciano, dist. 65, vii. La “sucesión de honor” significa un lugar especial de honor, una precedencia honorífica inmediatamente después de los Patriarcas (de Roma, Alejandría, Antioquía); pero esto sin interferir con los derechos metropolitanos de Cesarea en Palestina. La situación de un obispo sufragante que tiene precedencia sobre su metropolitano era anómala y obviamente no podía durar. Los sucesores de Macario fueron: Máximo II (333-349); san Cirilo de Jerusalén (350-386); Eutiquio (impuesto 357-359); Ireneo (impuesto 360-361); Hilarión (impuesto 367-378); Juan II (386-417); Prailos (417-421); Juvenal (421-458). Ya en tiempos de san Cirilo surgieron dificultades acerca de su relación con su metropolitano.
Mientras él estaba defendiendo la Fe contra los arianos, Acacio de Cesarea, un ariano extremo, convocó a un Sínodo (358) para tratar a Cirilo por varias ofensas, de las cuales la principal era que había desobedecido o se había insubordinado contra Acacio, su superior. Es difícil tener la certeza de cuál era exactamente la acusación. Sozómeno (IV, xxv) dice que Cirilo había desobedecido y se había rehusado a aceptar a Cesarea como su metrópolis;
}Teodoro dice que era solamente acerca de su reclamo muy legal de precedencia. El caso muestra qué tan difícil era la posición. Cirilo rehusó presentarse al sínodo y fue depuesto en su ausencia. Su rechazó abrió de nuevo la cuestión relacionada con su posición. ¿Se rehusó simplemente porque sabía que Acacio era un ariano determinado y con certeza lo condenaría, o fue porque pensó que su excepcional “sucesión de honor” lo exentaba de la jurisdicción de cualquiera diferente a un sínodo patriarcal? Los tres usurpadores, Eutiquio, Ireneo e Hilarión eran arianos impuestos en su sede por su partido durante sus tres exilios.
Fue Juvenal de Jerusalén (420-458) quien finalmente tuvo éxito en cambiar la posición anómala de su sede en un verdadero patriarcado. Desde el principio de su reino asumió una actitud que era muy incompatible con su posición canónica de sufragante de Cesarea. Cerca del año 425 una determinada tribu de árabes fue convertida al cristianismo. Esta gente fijó su campamento en los vecindarios de Jerusalén. Juvenal procedió entonces a fundar un obispado para ellos. Ordenó a un Pedro como “Obispo del Campamento” (episkopos parembolon). Este Pedro (aparentemente el jeque de la tribu) firmó en Éfeso en 425 con ese título. La acción de Juvenal puede explicarse quizás como la simple ordenación de un coadjutor de habla árabe para esta gente cuya lengua él mismo no conocía; pero el título de Pedro y su presencia en Éfeso ciertamente sugieren que él se consideraba a sí mismo un obispo diocesano. Juvenal no tenía ningún derecho para fundar una nueva diócesis ni para ordenar un sufragante para su propia sede. La “Sede del Parembolai” desapareció de nuevo en el siglo sexto. Por las Actas de Éfeso parece que Juvenal había ordenado otros obispos en Palestina y Arabia. Varios obispos del patriarcado de Antioquía escribieron una carta al Emperador Teodosio II en la cual parece que tuvieran ciertas dudas acerca de la regularidad de su posición ya que, como dicen, habían “sido ordenados anteriormente por el más piadoso Juvenal” (Mansi, IV, 1402), Ahora, el derecho de ordenar a un obispo siempre significaba en Oriente tener jurisdicción sobre él. Vemos un ejemplo de esto en las Actas del Concilio. Saidas, Obispo de Fanio en Palestina, describe a Juvenal como “nuestro obispo” (ho episkopos meon ="nuestro metropolitano", aparentemente). Claramente, aún antes del concilio, Juvenal había hecho esfuerzos tentativos para asumir al menos derechos metropolitanos. En el concilio dio un golpe cuya audacia es asombrosa. Trató de que su sede fuera reconocida no sólo como independiente e igual a Cesarea, sino superior al gran Patriarcado de Antioquía. Antioquía, pretendía él, debía someterse a la sede que canónicamente (a pesar de su posición honorífica) era el sufragante de Antioquía. Su intento falló por completo. Pudo haber conmocionado quizás la autoridad de Cesarea; pero esto era bastante asombroso. A pesar de todo, la oportunidad fue espléndida para él. Vemos la astucia de Juvenal al aprovecharla. En Éfeso él fue el segundo obispo en presentarse. Celestino de Roma fue representado por sus delegados; Cirilo de Alejandría era residente, pero ya tenía problemas con Candidiano, el Comisionado Imperial; Juan de Antioquía llegó tarde y entonces armó un concilio rival a favor de los herejes, Nestorio de Constantinopla era el acusado. El propio metropolitano de Juvenal (de Cesarea) no estaba presente. La actitud cismática de Juan de Antioquía especialmente, le dio la oportunidad a Juvenal. Con seguridad, el concilio de Cirilo no apoyaba a Juan. Juvenal, entonces, bajo la bandera de apoyar a Cirilo y al papa, trato de obtener del concilio su reconocimiento para nada menos que su propia jurisdicción sobre Antioquía. En un discurso explicó a los Padres que Juan de Antioquía debió haber aparecido en el concilio para dar al sínodo ecuménico una explicación de lo que había pasado (su llegada tardía y el anti-concilio que estaba montando) y para mostrar obediencia y reverencia a la Sede Apostólica de Roma y a la Iglesia Santa de Dios en Jerusalén. “Ya que era especialmente la costumbre, de acuerdo a la orden Apostólica y la tradición, que la Sede de Antioquía fuese corregida y juzgada por la de Jerusalén. Contrario a esto, Juan con su habitual insolencia ha despreciado al concilio” (Mansi, IV, 1312). Mezclar su propio reclamo insolente con la justa queja de los otros Padres fue un golpe maestro. Pero Cirilo no obtendría nada de él. La pretensión era ampliamente absurda. León el Grande, escribiendo después a Máximo de Antioquía, dice que Juvenal había tratado de confirmar su insolente intento con documentos falsos; pero Cirilo le había advertido no apresurar tales reclamos poco legales (Ep. 119, ad Max.). Así que este primer intento no tuvo éxito. Durante los siguientes veinte años las cosas permanecieron como habían estado. Juvenal continuó actuando sobre su reclamo y comportándose como la autoridad en jefe de Palestina. Después del Concilio ordenó al Obispo de Jamnia (“Vita S. Euthymii”, P.G., CXIV, c. 57).
Cuando comenzó la herejía monofisita, Juvenal estaba al principio del lado de los herejes. Estaba presente en el sínodo Ladrón de 449, al lado de Dioscuro, y se unió en la destitución de Flaviano de Constantinopla. El hecho debió haber arruinado su oportunidad de obtener alguna ventaja de Calcedonia (451). Sin embargo, fue lo suficientemente astuto para cambiar aún esta posición en su ventaja. Al final, Calcedonia le dio gran parte de lo que él quería. Al comienzo apareció en el concilio con los otros monofisitas como un acusado. Pero de inmediato vio en qué dirección iba la marea, se alejó de sus antiguos amigos, giró completamente y firmó la carta dogmática del Papa León a Flaviano. Los padres ortodoxos estaban asombrados. En un concilio general el rango titular dado a Jerusalén en Nicea naturalmente se habría hecho sentir. La adherencia de una sede tan venerable fue recibida con deleite, el ilustre converso merecía alguna recompensa. Juvenal explicó entonces que él había llegado al principio a un entendimiento amistoso con Máximo de Antioquía, por el cual la larga disputa entre sus sedes debería terminar. Antioquía quería, por supuesto, mantener su precedencia sobre Jerusalén y la gran mayoría del patriarcado. Pero estaba dispuesta a sacrificar un pequeño territorio, Palestina en el sentido estricto (las tres provincias romanas así llamadas), y aparentemente Arabia, para hacer un pequeño patriarcado para Jerusalén. El emperador (Teodosio II) ya había intervenido en la disputa y había pretendido quitarle un territorio más grande a Antioquía para beneficio de Jerusalén. Así que este arreglo parecía una clase de compromiso. El concilio aceptó la propuesta de Juvenal en la séptima y octava sesión (La correspondencia de Máximo con León el Grande muestra que él no estaba del todo satisfecho) y convirtió a Jerusalén en un patriarcado con un pequeño territorio. Desde esta época Jerusalén es una sede patriarcal, la última (la quinta) en orden y la más pequeña. Así fue como se estableció el número, sagrado después de todo, de cinco patriarcados. El Quincuagésimo sexto Concilio (692) admite este orden. Enumera los patriarcados de Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y añade: “después de estos aquel de la ciudad de Jerusalén” (can. xxxvi), Este también es el orden proclamado por el Cuarto Concilio de Constantinopla (869) en el Canon xxi e incorporado en nuestra ley canónica (C.I.C., dis. 22, c. 7). Desde Calcedonia nadie ha disputado el lugar de Jerusalén en la jerarquía de los patriarcados. Pero se notará cuán tarde se le dio este rango, cuán poco constructiva la conducta del obispo que lo obtuvo. Como el otro comparativamente moderno Patriarcado de Constantinopla (hecho finalmente por el mismo concilio, can. xxviii) representa una concesión tardía que molesta el ideal más viejo y más venerable de tres patriarcados solamente – Roma, Alejandría y Antioquía. Jerusalén le debe su lugar no a Santiago, el hermano del Señor, sino al astuto e inescrupuloso Juvenal. Nada, por lo tanto, puede mostrar una mayor ignorancia de toda la situación que la ingenua proposición de los anglicanos en diferentes épocas (por ejemplo, los No-Juramentados en su carta a los patriarcas, 1720) de que todos deberían admitir a Jerusalén “madre de todas la Iglesias” como la primera sede de todas.
Las fronteras de este nuevo patriarcado, establecidas por Calcedonia, son al norte el Líbano, al oeste el Mediterráneo, al sur el Sinaí (el Monte Sinaí estaba originalmente incluido en estos límites), al este Arabia y el desierto. Bajo el patriarcado estaban estos metropolitanos:Cesarea en Palestina (quien ahora tenía que obedecer a su antiguo súbdito), Metrópolis de Palestina I, con 29 sufragantes;
Escitópolis (en la Vulgata Bethsan, Jos. xvii, 11; Juéces i, 27; actualmente Besán, a siete horas al sur de Tiberíades), Metrópolis de Palestina II con catorce sufragantes;
Petra (Sela’ en el hebreo, 2 R., xvi, 7; Is., xvi, 1; en el Wadi Musa, medio camino entre el Mar Muerto y el Mar Rojo), Metrópolis de Palestina III con trece sufragantes.

IV. DESDE JUVENAL HASTA LA CONQUISTA SARRACENA (458-636)

Los patriarcas de esta época fueron: Teodosio (monofisita usurpador, 452); Anastasio (458-478); Martirio (479-486); Salustio (486-494); Elías (494-513) (ver ELÍAS DE JERUSALÉN) Juan III (513-524); Pedro (524-544) ; Macario (544-574) ; (Eustaquio, Origenista, usurpador -563); Juan IV (574-593); Neamo (593-601); Isaac (601-609); Zacarías (609-631); Moderato (631-634); Sofronio (634-638 o 644). Un importante evento para la ciudad fue la residencia allí de la Emperatriz Eudoxia, esposa de Teodosio II. Llegó primero en 438 y luego se asentó en Jerusalén desde 444 hasta su muerte cerca del año 460 (ver EUDOXIA). Pasó la última parte de su vida en ardiente devoción en los Santos Lugares, embelleciendo la ciudad y construyendo iglesias. Reconstruyó las murallas a lo largo del sur e incluyó al Cenáculo dentro de la ciudad. Al norte construyó la iglesia de san Esteban en el lugar tradicional de su martirio (actualmente el famoso convento dominico y la Ecole Biblique). Justiniano I (527-565) también añadió a la belleza de la ciudad muchos edificios espléndidos. De estos el más famoso era una gran basílica dedicada a al Santísima Virgen con una casa para peregrinos. Se construyó en medio de la ciudad, pero ahora ha desaparecido completamente. También construyó otra gran iglesia de la Santísima Virgen en la punta sur del área del viejo Templo (actualmente la mezquita de Al-aqsa). El famoso mapa mosaico de Jerusalén descubierto en Madeba (Guthe y Palmer, “Die Mosaikkarte von Madeba”, 1906) da una idea del estado de la ciudad en tiempos de Justiniano. Durante este periodo la Sede de Jerusalén, como las de Alejandría y Antioquía, era perturbada constantemente por el cisma monofisita. Bajo Juvenal la gran multitud de monjes que se habían asentado en Palestina irrumpieron en una revolución regular en contra del gobierno y en contra del patriarca, cuyo cambio de frente en Calcedonia resentían amargamente. Eligieron a uno de sus miembros, Teodosio, como anti-patriarca. Por un corto tiempo (en 452) Juvenal tuvo que ceder espacio a esta persona. Por lo tanto, en otras sedes del patriarcado los obispos ortodoxos fueron expulsados y los monofisitas (como Pedro el Ibero en Majuma-Gaza) fueron elegidos en su lugar. La Emperatriz Eudoxia fue al comienzo una declarada monofisita y ayudó a ese partido casi todo el tiempo en que estuvo en la ciudad. Juvenal viajó a Constantinopla e imploró la ayuda del emperador (Marciano, 450-457). Regreso con un cuerpo de soldados que lo reinstalaron, matando un gran número de monjes, y finalmente apresó a Teodosio, quien había huido. Teodosio fue mantenido en prisión en Constantinopla casi hasta su muerte. Los disturbios no fueron sofocados completamente sino hasta finales del 453. Eventualmente, el abad ortodoxo Eutimio convirtió a Eudoxia, quien murió en comunión con la Iglesia (c. 460).
Los disturbios monofisitas posteriores, por supuesto, también afectaron a Jerusalén. Martirio aceptó el Henoticón (ver su carta a Pedro Monogo de Alejandría en Zacharias Scholasticus: "Syriac Chronicle", ed. Ahrens and Krueger, Leipzig, 1899, VI, i, pp. 86, 18-20) con los obispos de su patriarcado. Elías de Jerusalén apoyó a Flaviano de Antioquía en su resistencia a la condena de Calcedonia del Emperador Anastasio (491-518). Fue entonces desterrado y Juan, Obispo de Sebaste, impuesto en su lugar (513) (ver ELÍAS DE JERUSALÉN). Pero Juan se volvió ortodoxo y rompió su compromiso con el emperador monofisita tan pronto como obtuvo posesión de la sede (Theophanes Confessor, "Chronographia", ed. de Boors, Leipzig, 1883-1885, I, 156). Mientras tanto san Sabas (d. 531) desde su monasterio en el Mar Muerto fue un poderoso apoyo de los ortodoxos. Juan III de Jerusalén aceptó los decretos del Sínodo ortodoxo de Constantinopla en 518 y la fórmula del papa Ormisdas (514-523). El sucesor de Juan III, Pedro, realizó un sínodo en septiembre del 536, en el cual proclamó su adherencia a Calcedonia y a la ortodoxia al estar de acuerdo con la destitución del monofisita Antimo de Constantinopla (depuesto ese año; las Actas de este sínodo están en Mansi, VIII, 1163-1176). Desde esta época los patriarcas parecen haber sido todos ortodoxos; aunque los monofisitas tenían un fuerte partido en Palestina y eventualmente nombraron obispos monofisitas en comunión con los patriarcas (jacobitas) de Antioquía de la línea de Sergio de Tella (desde 539) aún en la misma Jerusalén. El primero de estos obispos jacobitas (ellos no tomaron el título de patriarcas) de Jerusalén fue Severo en 597. De él desciende la presente línea jacobita. En el año 614 una gran calamidad cayó sobre la ciudad; fue tomada por los persas. En 602 el Emperador romano Mauricio había sido bárbaramente asesinado por orden de Focas (602-610), quien usurpó su lugar. Cosroes (Khusru) II, Rey de Persia, había encontrado protección de sus enemigos con Mauricio, quien incluso había enviado un ejército para restituirlo (591). El rey persa, furioso con el asesinato de su amigo y benefactor, declaró la guerra contra Focas e invadió Siria (604). La guerra con persa continuó con el sucesor de Focas, Heraclio (610-642). En el 611 los persas tomaron Antioquía, luego Cesarea en Capadocia y Damasco. En 614 asolaron Jerusalén. El yerno de Corroes, Shaharbarz asedió la ciudad; en su campamento había 26 mil judíos dispuestos a acabar con la soberanía cristiana en su ciudad santa. Se dice que no menos de noventa mil cristianos perecieron cuando Jerusalén cayó. El Patriarca Zacario fue llevado cautivo a Persia. La Anástasis, el Martirión y otros santuarios cristianos fueron quemados o arrasados hasta el suelo. La gran reliquia de santa Helena de la Santa Cruz fue llevada a Persia como señal de triunfo. A los judíos, como recompensa por su ayuda, se les permitió hacer lo que quisieran en la ciudad. Pero su triunfo no duró mucho. En 622 Heraclio marchó a través de Asia menor, haciendo retroceder a los persas. En 162 invadió Persia; Cosroes huyó, fue depuesto y asesinado en 628 por su hijo Siroes.
El mismo año los persas tuvieron que firmar la paz que los despojaba de todas sus conquistas. Los soldados persas evacuaron las ciudades de Siria y Egipto que habían conquistado, la reliquia de la Verdadera Cruz fue regresada. En 624 el mismo Heraclio llegó a Jerusalén para venerar la Cruz. Este es el origen de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre: ver las lecciones del segundo nocturno de ese día). El emperador, como castigo por la traición de los judíos, renovó la vieja ley de Adriano prohibiéndoles entrar a la ciudad.
Después del asalto persa al pueblo, aún antes de que los romanos la reconquistaran, Modesto, abad del monasterio de san Teodosio en el desierto del sur, actuando aparentemente como vicario para el patriarca capturado, ya había comenzado a restaurar los santuarios. Fue imposible bajo el gobierno persa restaurar el esplendor del gran Martirión de Constantino. Modesto, por lo tanto, tuvo que contentarse con un grupo de edificios mucho más modestos en el Santo Sepulcro. Restauró la Anástasis, casi como había sido antes, excepto que un techo cónico reemplazaba la vieja cúpula. La costumbre de orientar las iglesias se había vuelto ahora universal; así que se hizo un nuevo ábside al este (donde había estado la entrada) para el altar. Se abrieron puertas en el muro circular al norte y al sur del ábside. La Anástasis, anteriormente una capilla subsidiaria de la gran Basílica, ahora se convertía en el edificio principal. Modesto restauró la pequeña capilla de la Crucifixión, originalmente construida por Melania, pero no trató de reconstruir ninguna parte de la Basílica (Martirión) excepto la cripta de la Exaltación de la Santa Cruz. Toda la explanada alrededor de estos edificios fue encerrada por un muro y de esta manera se hizo un gran atrio. Durante los siguientes siglos un gran número de capillas fueron construidas aquí para contener diferentes reliquias de la Pasión. Heraclio, cuando reconquistó la ciudad, reconstruyó los muros y restauró muchos otros santuarios arruinados. Desde esta época hasta la conquista de los árabes, la Jerusalén cristiana disfrutó un corto periodo de paz y prosperidad. San Sofronio (634-638) o (644), quien vio esa conquista, fue uno de los más famosos patriarcas de Jerusalén. En su época el monotelismo había surgido como uno de los muchos intentos desesperados de conciliar a los monofisitas. Sofronio se distinguió como un oponente de esta nueva herejía. Nació en Damasco y había sido monje del monasterio de san Teodosio. En defensa de la Fe contra los monofisitas había viajado a través de Siria y Egipto y había visitado Constantinopla. Como patriarca en 634 escribió una carta sinodal en defensa de las dos voluntades en Cristo que es uno de los documentos más importantes de esta controversia (Mansi XI, 461 sg.). En 636 había tenido que rendir su ciudad a los musulmanes.

V. DESDE LA CONQUISTA ÁRABE HASTA LA PRIMERA CRUZADA.

Los musulmanes en el primer ardor de su nueva fe procedieron a invadir Siria. El califa Abu-bakr (632-634) le dio el mando del ejército a Abu-‘Ubaidah, uno de los Ashab originales (compañeros de Mahoma en su viaje, 622). Primero tomaron Bosra. En julio de 633, derrotaron al ejército de Heraclio en Ajnadain cerca de Emesa; en 634 arrasaron Damasco y de nuevo derrotaron a los romanos en Yarmuk. Emesa cayó en 636. Los musulmanes consultaron entonces al califa Omar (643-644) acerca de si deberían marchar sobre Jerusalén o Cesarea. Por consejo de ‘Ali recibieron órdenes de tomar la Ciudad Santa, Primero enviaron a Mo'awiya Ibn-Abu-Sufyan con cinco mil árabes para sorprender a la ciudad; poco después fue sitiada por todo el ejército de Abu-‘Ubaidah. Fue defendida por una gran fuerza compuesta de refugiados de todas las partes de Siria, soldados que habían escapado de Yarmuk y una fuerte guarnición. Por cuatro meses continuó el sitio, cada día había fieros asaltos. Al fin, cuando toda resistencia era inútil, el Patriarca Sofronio (quien actuó durante ese tiempo como cabeza de la defensa cristiana) apareció en los muros y demandó una conferencia con Abu-‘Ubaidah. Propuso entonces capitular en términos honorables y justos; los cristianos pudieron mantener sus santuarios y capillas, ninguno fue forzado a aceptar al Islam. Sofronio además insistió en que estos términos fueran ratificados por el califa en persona. Omar, entonces en Medina, estuvo de acuerdo con los términos y llegó en un camello a los muros de Jerusalén. Firmó la rendición, luego entró en la ciudad con Sofronio “y cortésmente discutió con el patriarca respecto a las antigüedades religiosas” (Gibbon, ci, ed. Bury, London, 1898, V, 436). Se dice que cuando llegó la hora para sus oraciones él estaba en la Anástasis, pero rehusó decirlas allí, por temor a que en tiempos futuros los musulmanes tomaran esto como excusa para romper el tratado y confiscar la iglesia. La Mezquita de Omar (Jami ‘Saidna ‘Omar), opuesta a las puertas de la Anástasis, con el alto alminar, es mostrado como el lugar al que él se retiró para sus oraciones. Bajo los musulmanes la población cristiana de Jerusalén durante el primer periodo disfrutó la tolerancia habitual dada a los teístas no musulmanes. Las peregrinaciones siguieron como antes. El nuevo gobierno no hizo de Jerusalén el centro político de Palestina. Este fue arreglado en Lidia hasta el año 716, luego en Ar-Ramla (Ramleh). Pero también desde el punto de vista de los musulmanes, Jerusalén, la ciudad de David y Cristo, a la cual fue llevado Mahoma milagrosamente en una noche (Corán, Sura. XVII), la cual había sido la primera Qibla de su religión, era un lugar muy sagrado, en tercer lugar sólo después de la Meca y Medina. Ellos la llamaron Beit al-makdis (actualmente en general Al-Kuds).
En el reino del Califa ‘Abd-al-malik (684-705, el quinto califa omeya, en damasco) el pueblo de Irak se rebeló y tomó posesión del Hijaz. Para darle a sus seguidores un substituto para el haraman (Meca y Medina), del cual habían sido advertidos de visitar, resolvió hacer de Jerusalén un centro de peregrinaje. Entonces se dispuso a adornar el lugar del Templo con una espléndida mezquita. Parece que los cristianos habían dejado intacto el lugar donde alguna vez había estado el Templo. Omar lo visitó y lo encontró lleno de deshechos. En su época un gran edificio cuadrado sin pretensión arquitectónica fue colocado para refugiar a los Verdaderos Creyentes que iban allí a rezar. En 691 ‘Abd-al-malik lo reemplazo con el exquisito “Domo de la Roca” (Qubbet-es-Sachra), construido por arquitectos bizantinos, que todavía se alza en medio del área del templo. Este es el edificio conocido durante mucho tiempo como la Mezquita de Omar, falsamente atribuido a él. Es un edificio octogonal coronado con un domo, cubierto en el exterior con mármol y los más hermosos azulejos multicolores, ciertamente uno de los monumentos más espléndidos de la arquitectura mundial. Fue construido sobre una gran roca plana, probablemente el lugar del viejo altar de los holocaustos. ‘Abd-allah al- Iman al-Mamun (Califa, 813-833) la restauró.
El domo cayó en un terremoto y fue reconstruido en 1022. Los Cruzados (quienes la convirtieron en una iglesia) pensaron que era originalmente el Templo judío; de ahí la gran cantidad de templos construidos como imitación. Rafael en su “Esponsales de la Santísima Virgen” la ha pintado, tan bien como pudo, a partir de descripciones, en el fondo como el Templo. Toda el área del Templo se convirtió para los musulmanes en el “Santuario ilustre” (Haram-ash-sherif) y fue gradualmente cubierto por columnatas, almimbares (púlpitos) y pequeños domos.
En el extremo sur la basílica de Justiniano se convirtió en la “Mezquita más remota” (Al-Masjid-al-aqsa, Sura XVII, 1). La descripción de Arculf, un obispo franco que viajó en peregrinaje a Tierra Santa en el siglo VII, escrita a partir de su relato por Adamman, monje de Jonia (d. 704): “De locis térrea sanctae” lib. III (P. L., LXXXVIIl, 725 sq.), nos da una descripción nada placentera de la condiciones de los cristianos en Palestina en el primer periodo del gobierno musulmán. Los califas de Damasco (661-750) fueron príncipes iluminados y tolerantes, en muy buenos términos con sus súbditos cristianos. Muchos cristianos (por ejemplo, san Juan Damaceno, 754 d.C.) desempeñaron importante oficios en sus cortes. Los califas abasíes en Bagdad (753-1242), durante el tiempo que gobernaron Siria, también fueron tolerantes con los cristianos. El famoso Harun Abu-Ja-‘afar (Haroun al-rashid, 786-809) envió las llaves del Santo Sepulcro a Carlomagno quien construyó un hospicio para los peregrinos latinos cerca del santuario. Las revoluciones y las dinastías rivales que rompieron la unidad del Islam en pedazos, hicieron de Siria el campo de batalla para el mundo musulmán; los cristianos bajo los nuevos amos comenzaron a sufrir la opresión que eventualmente llevó a las Cruzadas.
En 891 la secta del Karamita (carmatianos) bajo Abu-Said al-jannabi surgió en los alrededores de Kufa. Derrotaron las tropas del Califa Al-Mutazid (Ahmed Abu'l Abbas), entraron a Siria (903-904) y devastaron la provincia. Asediaron la Meca y evitaron que los peregrinos fueran allí desde 929 hasta 950, cuando finalmente fueron destruidos. Durante este tiempo los musulmanes comenzaron de nuevo a ir en peregrinación a Jerusalén en vez de ir al Hijaz. La importancia religiosa que ganó de esta manera la ciudad fue el comienzo de la intolerancia hacia los cristianos. Es el resultado invariable en el Islam; entre más sagrado es un lugar para los musulmanes menos están ellos dispuestos a tolerar a los infieles en él. La dinastía de los Fatimíes surgía ahora en África (908). Cerca del año 967 tomaron posesión de Egipto. Mientras tanto una guerra fronteriza con el imperio continuaba siempre. Los romanos tomaron ventaja de este desmembramiento de los musulmanes para invadir sus antiguas provincias. Ya en 901, en el reino de León VI (886-911), los ejércitos romanos habían avanzado sobre Siria tan lejos como Alepo y habían tomado un gran número de prisioneros. En 962 Nicéforo Focas con cien mil hombres llegó hasta Alepo y devastó el país. En 968 y 969 los romanos reconquistaron Antioquía. Fue inevitable que los cristianos de Jerusalén trataran de ayudar a sus compatriotas a reconquistar la tierra que había sido romana y cristiana; inevitable, también, que los musulmanes castigaran tales intentos de alta traición. En 969 el patriarca, Juan VII, fue sentenciado a muerte por mantener correspondencia traidora con los romanos; muchos otros cristianos sufrieron el mismo destino, y un número de iglesias fueron destruidas. Al mismo tiempo la primera ola de la gran raza turca (los selyúcidas) estaba entrando a raudales sobre el imperio del califa.
En 934 un turco, Ikshid, se rebeló y sus sucesores se apoderaron de Palestina por unos años.
En 969 Mu-‘ezz-li-Din-Allah, el cuarto Califa fatimí en Egipto, conquistó Jerusalén. Un peregrino musulmán, Al-Muqaddasi, escribió una descripción de la ciudad, especialmente del Haram ash-sharig, en esta época (citado por Le Strange, “Palestina bajo los musulmanes”, 1890). El infame Hakim (Al-Hakim bi-amr-Allah, el sexto Califa egipcio, 996-1021, quien se convirtió en el dios de los drusos) decidió destruir el Santo Sepulcro.
Realmente este sólo fue un incidente en su persecución de los cristianos: su excusa fue que el milagro del fuego sagrado (ya practicado en su época) era una escandalosa impostura. En 1010 los edificios erigidos por Modesto fueron quemados por completo. Las noticias de la destrucción, llevadas por peregrinos, ocasionaron una ola de indignación a través de Europa. Fue una de las causas del sentimiento que eventualmente provocó la Primera Cruzada. Mientras tanto se recolectaron fondos para reconstruir el santuario. El Emperador Constantino IX (1042-1054) persuadió al Califa Al-Mustansir-bi-llah (1036-1094) para que permitiera la reconstrucción con la condición de liberar a cinco mil prisioneros musulmanes y permitir la oración a Al-Mustansir en las mezquitas del imperio. Se enviaron arquitectos bizantinos a Jerusalén. La reconstrucción fue terminada en 1048. El trabajo de Modesto fue restaurado con algunas adiciones apresuradas e imperfectas. El Santo Sepulcro permaneció en su estado hasta que los cruzados lo reemplazaron con el actual grupo de edificios (1140-1149).
En 1030 mercaderes de Amalfi pudieron establecerse permanentemente en Jerusalén. Ellos habían dejado de comerciar por completo con la gente de Palestina, construyeron una iglesia (santa María Latina), un monasterio Benedictino y un hospedaje para los peregrinos. En 1077 los turcos selyúcidas se convirtieron en los amos de Palestina. Desde esta época las condiciones de los cristianos se hicieron intolerables. Los turcos prohibieron los servicios cristianos, devastaron iglesias, asesinaron peregrinos. Fueron las noticias de estos abusos las que provocaron el Concilio de Clermont (1095) y trajeron a los cruzados en 1099. La sucesión patriarcal después de Sofronio fue: (La sede estuvo vacante desde la muerte de Sofronio hasta 705. Mientras Esteban de Dora actuó como vicario papal para Palestina); Juan V (705-735); Juan VI (735-760), (posiblemente la misma persona como Juan V); Teodoro (760-c. 770); Eusebio (772); Elías II (expulsado en 784, murió c. 800); (mientras Teodoro ocupó la sede por un tiempo ); Jorge de Sergio (800-807); Tomás (807-821); Basilio (821-842); Sergio (842- c. 859); Salomón (c. 859-c. 864); Teodosio (c. 864- c. 879); Elías III (c. 879-907); Sergio II (907-911 ); León o Leoncio (911-928; Anastasio o Atanasio; Nicolás; Cristóbal de Cristodoro (murió en 937); Ágato; Juan VII (asesinado en 969); Cristóbal II; Tomás II; José II; Alejandro; Agapito (986-?): Jeremías u Orestes (desterrado y asesinado c. 1012); Teofilo; Arsenio (c. 1024); Jordano; Nicéforo; Sofronio II; Marcos II; Eutimio II (murió en 1099).

ADRIAN FORTESCUE
Transcribed by Donald J. Boon
Traducción: Mauricio Acosta Rojas