jueves, 6 de noviembre de 2008

¿LA INSCRIPCION MAS ANTIGUA'?'

Hallan entre las ruinas de Alejandría un tarro con una inscripción que podría ser la referencia más antigua a Jesús
La vasija de "Cristo, el mago"

Un equipo de arqueólogos y egiptólogos acaba de descubrir, entre las ruinas sumergidas de la mítica ciudad de Alejandría, una vasija de cerámica con una enigmática inscripción en griego que podría ser la referencia más antigua que existe de Jesucristo.
Según noticia del 15 de septiembre, en el alemán Der Spiegel Online, el arqueólogo submarino Franck Goddio habría encontrado en mayo pasado, en sus famosas excavaciones en el puerto de Alejandría, y a 5 metros de profundidad, una tacita de cerámica de 9 cm de diámetro, con un grafito en el que se mencionaría al Mesías.
Su posición estratigráfica garantizaría una fecha en la primera mitad del siglo I d.C. (nada menos, antes que san Pablo...), con lo que concuerda la clase y tipología de la pieza. Su texto dice: "DIA CHRESTOU OGOISTAIS", algo como “Magos a través de Cristo” (¿?) (aunque la otra cara permitiría, al parecer, alguna opción alternativa). Habrá quien pueda verla. La taza ha llegado hoy a Madrid, para ser exhibida de forma paralela al congreso sobre “Maritime Archaeology and Ancient Trade in the Mediterranean”, que empieza mañana día 18 en la Universidad Carlos III .
Se puede suponer que será presentada en él, durante la ponencia del propio Goddio sobre “The harbours of the Alexandrian coast (Heracleion-Thonis and Alexandria)”. Se ignora si luego será llevada al "Matadero de Legazpi" (a pesar de su antiguo nombre, hoy un espacio cultural), para sumarla a la exposición “Tesoros Sumergidos de Egipto”, que justamente exhibe otros importantes hallazgos de Goddio y se ha prorrogado hasta el 15 de noviembre.
Durante estos meses, los mejores egiptólogos del mundo han trabajado en esta pieza y han propuesto varias teorías sobre ella. Se cree que la vasija se utilizaba en ritos adivinatorios. Se vertía en él una fina capa de aceite cuyas huellas se interpretaban por un mago en forma de predicciones futuras. En la inscripción en griego Dia Chrstou o goistais, la palabra goistais significaría «mago», mientras que Chrstou designaría el nombre del celebrante, aunque también podría significar el Mesías. En este caso, la vasija habría sido utilizada por un mago que, para legitimar sus poderes sobrenaturales, habría invocado a Cristo. «No es descabellado pensar esto, ya que hay que tener en cuenta que en la época de la que estamos hablando, en el primer siglo de nuestra era, la comunicación del Portus Magnus de Alejandría con la región de Palestina era muy fluida, con barcos que llegaban de allí a diario. Es muy probable que en Alejandría estuvieran al corriente de la existencia de Jesús y de los milagros que estaba obrando no muy lejos de allí y que los magos realizaran ritos en su nombre», explicó Goddio. Hay otras dos hipótesis sobre la inscripción, como que fuese una dedicatoria o un regalo hecho por un hombre llamado Chrestos, miembro de una asociación, quizá religiosa, denominada ogoistais, que hace referencia a un dios llamado Ogo, según indicó el arqueólogo a este periódico. A pesar de que, desde ayer, la vasija está expuesta en Madrid, un gran equipo de expertos investigadores continúa investigando sobre la pieza y su origen y, es probable que en los próximos meses, las teorías sobre el significado de la inscripción se simplifiquen.
Pero tamibén hay ya quien piensa que se trata de un montaje y de que la inscripción es falsa."Por desgracia, me parece que por ahora ésta sería la opción con más probabilidades, ya que el grafito es (y también está) demasiado "limpio", además de presentar alguna que otra letra rara. Aunque, como siempre, hay que esperar más detalles, pues está por medio la profesionalidad y buen hacer de F. Goddio",

martes, 4 de noviembre de 2008

PEDRO Y JUAN DETENIDOS: EN LIBERTAD CON AMENAZAS DE NO HABLAR MAS DE JESUCRISTO

Por Dr Lucas, Corresponsal

Puerta Hermosa, Jerusalén, Año 33

Ayer y después de varios días de vigilancia sobre ellos, fueron detenido en la Puerta Hermosa dos individuos de la secta de los seguidores de Jesús (ajusticiado hace unas semanas y no aparecido), llamados Pedro y Juan, que Vivian en una extraña comunidad de bienes entre los que se encontraba José (alias Bernabé), natural de Chipre y de la distinguida familia de los Levitas.

Después de hablar con un paralítico que llevaba cuarenta años inmóvil en la Puerta, este comenzó a andar perfectamente. Interrogados acerca de en nombre de quien hacían esas cosas buenas, informaron que era en la memoria de Jesús, el Galileo ajusticiado y desaparecido que "vivía" en su comunidad de bienes. Fueron detenidos por el sumo Sacerdote y puesto en libertad bajo amenazas de no hablar más del tal Jesús.
Una vez en libertad se fueron de nuevo a su "comunidad de bienes", con ese tal Jesús que aunque muerto dicen que esta entre ellos y le llaman "El Viviente". Son vecinos muy cotizados por su comportamiento con todos y a la vez por su critica al Templo a quien pagan impuestos, aun con las dificultades, -como hace tiempo sucedió en Cafarnaoum- , de tener que "obtener los Tiberios uno a uno de la boca de los peces capturados". Es importante informar que "El Viviente" expulso con gran alboroto antes de ser ajusticiado a todos los cambistas, vendedores de palomas y transportistas de objetos para el culto y el altar del sumo sacerdote de Jerusalen

domingo, 17 de agosto de 2008

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YouTube - Beholding the Face of God, part 2

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YouTube - The faces of Christ

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YouTube - Golgota, Golgota

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YouTube - Face of Jesus - forensic science

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The feast of the Encaenia in the fourth century and in the ancient liturgical sources of Jerusalem

The feast of the Encaenia in the fourth century and in the ancient liturgical sources of Jerusalem

domingo, 20 de abril de 2008

TITULUS CRUCIS (1)






En la “Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén”, en Roma, están expuestas para la veneración de los fieles reliquias de la Pasión de Cristo: tres fragmentos de la Cruz, uno de los clavos, dos espinas de la corona de Jesús, piedras de Jerusalén, una parte de la cruz del buen ladrón, un dedo del apóstol Tomás, y el Titulus crucis (es decir la inscripción puesta sobre la cruz de Cristo, el “INRI”).

En mayo de 1997 visitó la basílica el periodista Michael Hesemann, quien se interesó vivamente por las reliquias. Conocía bien que el fragmento de la Cruz, el titulus crucis y el clavo eran citados por fuentes antiquísimas (1600 años) por lo que las posibilidades de falsificación se reducían muchísimo. Para comprobarlo era necesario datarlas. Para esto el clavo no era apropiado por ser de metal. Su forma nos podía decir si era usado por los romanos para las crucifixiones, pero ¿cómo probar que realmente había sido utilizado para la crucifixión de Cristo? Los fragmentos de la cruz pueden ser datados, y se puede probar incluso su procedencia geográfica pero subyace el mismo problema: ¿cómo demostrar que haya pertenecido realmente a la cruz de Cristo? ¿Cómo lograr una certeza histórica científica?

El Titulus en cambio presentaba para el estudioso un atractivo especial. Una investigación seria podría verificar su autenticidad y “confirmaría no solo los informes del descubrimiento de la cruz sino que subrayaría también la exactitud histórica de los evangelios y su descripción de la vida y la pasión de Jesús”[2].

Siguiendo a nuestro autor vamos a hacer una presentación sumaria de los principales argumentos históricos, arqueológicos, paleográficos, etc., y las conclusiones a las que ha llegado.

Historia del redescubrimiento del Gólgota y del Santo Sepulcro

Después de la derrota de la revuelta judía del año 132 d.C. liderada por Simón Bar Kochba por parte de los romanos, la provincia de Judea fue colonizada con paganos y rebautizada como Palestina. A los judíos les fue prohibida la entrada en Jerusalén reconstruida con el nombre de Aelia Capitolina. Sobre la explanada del antiguo templo hebreo fue levantada una imagen de Adriano, y sobre el Calvario y el Santo Sepulcro un templo a Afrodita.

La elección de Afrodita para desterrar el culto cristiano en el Calvario y el Santo Sepulcro no parece casualidad. Adriano, que era estoico, consideraba la multiplicidad de dioses como manifestación del único Dios creador. Según el mito, Afrodita descendió al Hades para sacar de entre los muertos al joven Adón. Que el emperador relacionase a Jesús con Adón lo demuestra el hecho que transformó la gruta de la Natividad en un lugar sacro dedicado al héroe griego. Monedas del siglo II nos muestran a Afrodita como protectora de Jerusalén, apoyando un pie en la colina del Gólgota, y sosteniendo con la mano derecha una estatua que representa a Adón. Así el culto a Afrodita en la colina del Gólgota era una reinterpretación pagana de la resurrección de Cristo. Los mismos cristianos entendieron claramente la sacrílega comparación entre Afrodita/María y Adón/Jesús, como lo atestigua Teodoreto de Ciro en su “Historia de la Iglesia” escrita cerca del 440[3].

Este hecho nos habla en primer lugar de la existencia de culto cristiano en el Calvario/Santo Sepulcro y también en Belén. Pero además refuerza la certificación histórica del lugar de la muerte y resurrección de Cristo pues Adriano al construir allí un templo no hizo más que fijar el lugar.

Los primeros sucesores de Santiago como obispo de Jerusalén fueron judeo-cristianos (Eusebio cita 14 obispos), pero con la posterior prohibición de Adriano de entrar en la ciudad santa a los circuncisos, una comunidad cristiana proveniente de la gentilidad tomó el puesto de los judeo-cristianos con el obispo Marcos a la cabeza. Por lo cual la continuidad de conocedores del lugar del Calvario continua ininterrumpida. El historiador Eusebio nos cuenta: “Algunas personas impías y malvadas (los romanos) decidieron velar a los ojos de los hombres esta gruta salvífica… Con un grande esfuerzo transportaron desde otra localidad una gran cantidad de tierra y con ella ocultaron todo aquel lugar; después elevaron el nivel del suelo y lo cubrieron de piedras, ocultando así la santa gruta… y consagraron un templo a la disoluta divinidad Afrodita”[4]. Los testimonios de San Jerónimo (385) y Sozomeno[5] (370-380), confirman estos datos.

Otros datos importantes que atestiguan esta tradición son:

En el año 160 el obispo Melitón de Sardes visitó Palestina y le mostraron “los lugares en donde estas cosas fueron enseñadas y se verificaron”[6].
En el 212 Alejandro de Capadocia, discípulo de Clemente alejandrino vino a Jerusalén a “rezar y visitar los lugares santos”[7], lo que produjo tanta alegría en la comunidad cristiana local que no lo dejó marchar y fue consagrado obispo.
Orígenes estuvo en Tierra Santa en el 215 y en el 230 y deja testimoniado: “Hemos visitado los lugares (santos) para reconstruir las huellas de Jesús, de sus discípulos y de los profetas”[8]. De la gruta de la Natividad dice que vienen a verla “visitantes de todo el mundo”.





Una inscripción en las afueras del Santo Sepulcro donde se ve un barco con el asta mayor quebrada y las siguientes palabras: “Domine ivimus” (Señor, llegamos). No es difícil entender el mensaje: peregrinos occidentales (en oriente se hablaba griego) que en marcha hacia Jerusalén estuvieron a punto de perecer en una tormenta pero que finalmente llegaron a su meta de peregrinaje, el Calvario. Si bien no se conoce bien la datación de esta inscripción es cierto que fue en una época en que no había acceso al Santo Sepulcro pues se encuentra en un muro externo que sostenía el templo de Afrodita. Por lo tanto nos habla del conocimiento del lugar de la muerte de Cristo aún durante la época del templo de Afrodita (135-325).





Otro dato interesante es una predicación de Melitón de Sardes en la que acusaba a los judíos de haber crucificado a Cristo “en medio de la ciudad, en una plaza principal”[9]. En efecto, era tan segura la tradición de la ubicación del Calvario, que con los cambios topográficos había quedado dentro de la ciudad y no fuera como en tiempo de Cristo, que hizo creer a los cristianos que Cristo había muerto dentro de los límites de la Ciudad Santa.
Por eso afirma el A. que “cuando los mensajeros imperiales de Constantino llegaron a Jerusalén, sabían exactamente donde buscar y donde cavar”[10].




Comenzados los trabajos fue derribado el templo de Afrodita y se hicieron excavaciones para encontrar el Santo Sepulcro. “Cuando, estrato tras estrato, aparece el nivel más bajo del terreno, entonces, contra cualquier expectativa, se ofreció a la vista el venerable santísimo santuario de la resurrección del Señor, y la caverna, que es el lugar más sagrado que exista en el mundo, recobró el mismo aspecto que tenía cuando resucitó el Señor”[11], nos cuenta un testigo ocular del acontecimiento, el obispo Eusebio de Cesarea.




No fue difícil identificar el Sepulcro vacío de Cristo; se trataba de un sepulcro individual a solo 38 metros del Calvario y coincidía con las descripciones que de él se tenían: el ingreso era bajo por lo que había que agacharse para entrar, conducía a una antecámara, desde la cual se pasaba a la cámara sepulcral.




Diversos estudios arqueológicos confirmaron los datos relativos a la topografía del Gólgota:

En 1883 y años subsiguientes en el hospicio ruso de Alejandro.
Entre 1973 y 1978 se confirma la teoría de un templo pagano construido sobre el Santo Sepulcro. En 1977 se encontró un altar pagano para los sacrificios y otro altar para las libaciones.



En 1986 fue hallado un estrato calcáreo que cubría la piedra del Calvario. Al removerlo los investigadores se encontraron con un descubrimiento sorprendente: un anillo, tallado en la roca, de 11,5 centímetros de diámetro. Los expertos calcularon que podría haber sido utilizado para sostener la cruz pues tenía la capacidad de sostener un palo de hasta 2,5 metros de alto. Es importante notar que no puede ser una falsificación cristiana antigua porque ninguna fuente lo cita. Y coincidiría perfectamente con la tradición en cuanto es muy probable su uso para ejecuciones por crucifixión.
Descubrimiento de los instrumentos de la Pasión




La expedición imperial que se dirigió a Jerusalén para venerar los Santos Lugares y encontrar el Sepulcro de Cristo (probablemente en el verano del 325) fue dirigida por la emperatriz misma. Esto lo atestiguan Gelasio de Cesarea en su “Historia de la Iglesia”, citado por Rufino de Aquilea[12], y Alejandro de Chipre ambos del siglo IV[13].




El descubrimiento de la cruz de Cristo: a pesar de que muchas leyendas han adornado el hecho, lo cierto es que es un acontecimiento histórico probado: los contemporáneos del gran descubrimiento lo incluyeron en sus libros de historia, nunca hubo voces discordantes que rechazasen el hecho como mentira (cuando aparecieron los primeros testimonios escritos habían pasado apenas 20 años y vivían muchos testigos oculares), y recién cuando tardíamente aparecen (fines del siglo V) historias legendarias el historiador Sozomeno toma partido rechazando las exageraciones[14].




Nada menos que San Ambrosio, obispo de Milán, predicando la oración fúnebre del emperador Teodosio es uno de los que evoca el evento del descubrimiento de la Vera Cruz. Dice así: “Llegó Elena, y comenzó a visitar los lugares santos. Entonces el Espíritu de Dios le sugirió de buscar el leño de la cruz. Se llegó al Gólgota, hizo excavar…, y aparecieron tres instrumentos de martirio que yacían desordenados, sepultados bajo los escombros, escondidos del enemigo, pero el triunfo de Cristo no podía permanecer sepultado en las tinieblas”[15].




El problema era reconocer entre las tres cruces la Vera Cruz. San Ambrosio[16] dice que se debió al titulus crucis que estaba unido a la cruz de Cristo mientras que las otras dos cruces no tenían inscripciones. Teodoreto de Ciro[17] y Rufino de Aquilea[18] por su parte hablan de un milagro: el obispo Macario para conocer con exactitud cual era la cruz de Cristo habría pedido un signo al cielo y había llevado los tres leños al lecho de una mujer enferma, que en contacto con la Vera Cruz se curó de inmediato.




En el mismo mes de setiembre de 325 la emperatriz dispone su retorno a Roma, porque una vez comenzado el invierno el viaje por el Mediterráneo se tornaba peligroso. Dispuso dividir las sacras reliquias porque tanto Roma como Jerusalén tenían derecho a ellas. Probablemente una mitad del palo vertical quedó en la Ciudad Santa mientras que la otra mitad y el palo horizontal, junto con los clavos y tierra del Gólgota fueron a Roma. En cuanto al titulus fue dividido: a Roma marchó la mitad que decía “I. NAZARINVS R”, mientras que en Jerusalén quedó la parte en la que se leía “EX IVDAEORVM”.




Otros testimonios históricos importantes que acreditan la historicidad del hallazgo de la cruz de Cristo lo dan:

San Cirilo de Jerusalén, solo 23 años después del descubrimiento y 13 de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro dice en una de sus catequesis: “El sagrado leño de la Cruz es testigo, como se puede ver aquí y en otros partes aun hoy, porque todo el globo terrestre está lleno de sus fragmentos, que gente movida por la fe ha llevado consigo y que desde aquí se ha irradiado por el mundo”[19].
Una inscripción en Algeria del año 350 que atestigua la existencia y veneración de reliquias del lignun crucis[20].



Gregorio de Niza atestigua la posesión de una partícula de la Vera Cruz por parte de Macrina, muerta en el 379.



Según San Juan Crisóstomo (350-407) los cristianos llevaban al cuello relicarios de oro con reliquias de la Vera Cruz[21].



“En la partícula más pequeña descansa toda entera la fuerza de la Cruz” decía una inscripción en la basílica que Paulino de Nola hizo erigir al inicio del siglo V, en cuyo altar incluyó una reliquia de la cruz[22].



San Cirilo de Jerusalén escribe al emperador Constanzo, hijo de Constantino que “durante el reinado del hombre pío, tu padre Constantino, predilecto por Dios, fue encontrado en Jerusalén el leño salvífico de la cruz, con el que la gracia divina concedió el reencuentro de los lugares santos a quien buscaba con pureza de corazón”[23].



Del titulus nos dan testimonio tanto Egeria[24] como San Ambrosio[25].



Sigue una larga lista de testimonios que dejamos para no alargar.
Más aún, es cosa casi segura que “el motivo que determinó la edificación de la iglesia en Jerusalén resida en el descubrimiento de la Cruz y no en el del Santo Sepulcro”[26].


Si damos fe al Breviarius, la basílica del Martyrion fue erigida sobre la cripta de Elena, es decir el lugar donde fueron encontradas las cruces. Además la solemne consagración de la Iglesia no fue en ocasión de la fiesta de la Resurrección, es decir la Pascua, sino en el décimo aniversario del descubrimiento de la Cruz. Es algo perfectamente lógico si pensamos en la devoción de Constantino que quiso realzar el signo con el cual había vencido.



La ausencia de este hecho en los escritos de Eusebio de Cesarea que se presentaba como una fuerte objeción cae por la fuerza de tantos y tan valiosos testimonios. El A. busca motivos para tal ausencia y nota como uno de los más fuertes la reticencia del historiador en insistir ante un mundo todavía pagano sobre un signo que se mostraba todavía como ignominia.

A pesar que el A. nos trae una detallada investigación sobre las distintas reliquias de la Pasión (las que permanecieron en Jerusalén, las transportadas a Constantinopla, y las que fueron enviadas a Roma) nos detendremos más extensamente en el titulus crucis.

Las reliquias de la Pasión que quedaron en Jerusalén

En el 614 los persas entraron en la Ciudad Santa, la ciudad fue devastada y el obispo de Jerusalén, Zacarías, fue deportado a Ctesifonte, cerca de la actual Bagdad, junto con el relicario de la Santa Cruz. Tras el asesinato de Cosroes II por mano de su hijo que quedó como emperador comenzaron las negociaciones de paz. El arreglo permitió el retorno del sagrado leño a Jerusalén. A partir de entonces, sin embargo, la mitad del titulus que había quedado en la Ciudad Santa, deja de aparecer en los manuscritos, por lo que se supone que se perdió en el saqueo de la ciudad.




Con la llegada de los musulmanes a Jerusalén la situación se mantuvo más o menos estable al principio, los Lugares Santos fueron respetados así como las sagradas reliquias. Pero en el siglo X las cosas cambiaron: en el 966 indignados los musulmanes por la pérdida de Cilicia y parte de Siria a manos de los bizantinos incendiaron la Basílica del Santo Sepulcro. Con los califas siguientes otros infortunios tuvo que sufrir la iglesia. Finalmente en 1009 el califa al-Hakim Bin Amr-Illah hizo destruir la Basílica intentando incluso partir con hachas la piedra del Santo Sepulcro. Este hecho desencadenó la primera cruzada. Durante casi 100 años el reino cruzado volvió a su antiguo esplendor a Jerusalén y a la iglesia del Santo Sepulcro, que fue reconstruida.



En el año 1187 Salah ed Din derrota a los cruzados. Según el historiador musulmán Imad ad Din[27] los cristianos lucharon como leones hasta que el ejército árabe logró tomar posesión de la reliquia de la Vera Cruz. Su pérdida fue peor que la captura del rey, y así la batalla se decidió rápidamente a favor de Salah ed Din. A partir de ese día se pierde toda huella de la reliquia de la cruz que había quedado en Jerusalén.

Las reliquias de la Pasión enviadas a Constantinopla

Constantinopla fue fundada por Constantino el 4 de noviembre de 328. Alejado de Roma y de los romanos entre otras cosas por su negativa a practicar ciertos ritos paganos se trasladó a su nueva capital, a la que le dio todos los antiguos privilegios de Roma. Para engrandecer esta nueva “ciudad santa” hizo traer muchas de las reliquias de la Pasión de Cristo: un gran fragmento de la Cruz, dos de los clavos, la corona de espinas, la lanza con la cual le atravesaron el costado y otras menores como la esponja, la caña, las sandalias.

Constantino la adornó con tantos monumentos e iglesias, la enriqueció tanto que pronto la ciudad se convirtió en la más rica y suntuosa del imperio.

Con la coronación de Alexis IV muchos caballeros de occidente pudieron conocer la suntuosidad de la nueva capital. Así escribía Geoffroy de Villehardouin: “Se debe saber que muchos de nuestro ejército circulaban por Constantinopla maravillados y admirando los ricos palacios y las grandes iglesias tan numerosas, y las enormes riquezas, que se encuentran allí como en ninguna otra ciudad. Por no hablar de las reliquias, porque en aquella época en la ciudad había tantas como en el resto de mundo junto”[28].

Esto atrajo la codicia de occidente, de tal modo que cuando se predicó la cuarta cruzada, muchos se sumaron pensando en las riquezas de Constantinopla. Y la ocasión se dio pronto: Ángel Commeno expulsó a su hermano Isaac del trono y se proclamó emperador con el nombre de Alexis III. El hijo de Isaac pidió ayuda a los cruzados, prometiéndoles una gran recompensa. El 17 de julio de 1203 expulsaron a Alexis III y así el joven pretendiente del trono fue coronado emperador con el nombre de Alexis IV. Pero cuando este fue asesinado, su sucesor, Alexis V se negó a dar a los cruzados la recompensa prometida. Fue entonces que los cruzados atacaron la ciudad y la saquearon. La destrucción fue espantosa. En palabras de Niketas Choniates “la ciudad que poseía los tesoros de arte más fastuosos del mundo fue destruida para siempre”[29].

A pesar de la prohibición de llevarse reliquias, de la posterior excomunión por el mismo delito, e incluso a la ejecución pública de un caballero, el que conseguía una de gran valor dejaba secretamente la ciudad para llevarla a su Patria. Así las sagradas reliquias de la Pasión que se encontraban en Constantinopla se esparcieron por Europa, especialmente por Francia e Italia, y la ciudad de Constantino perdió su esplendor.

Las reliquias de la Pasión que Elena llevó a Roma

El 1 de febrero de 1492, en la Basílica de la Santa Cruz, mientras se realizaban tareas de reparación del techo de la capilla de Santa Elena, fue encontrado un azulejo con una inscripción prometedora: Titulus crucis. Removido el azulejo se encontró –amurada -una caja de plomo, con el sello del Cardenal Gerardo, y con la inscripción de la cruz dentro. Veamos la historia de la Basílica de la Santa Cruz.

El emperador Heliogábalo (218-222), un joven sirio, corrupto y disoluto, había hecho construir un palacio imperial: el Sesorium. En tiempos de Constantino fue también su palacio. Allí fueron transportadas las reliquias de la cruz, para lo cual se reestructuró el palacio, y una parte del cual (donde fueron depositadas las reliquias) fue transformado en iglesia. Esta se transformará con el correr del tiempo en la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén.

En la capilla de Santa Elena, se encuentra la siguiente inscripción que atestigua sobre la tierra del Gólgota que Elena llevó a Roma:




“Aquí fue esparcida la tierra santa del Monte Calvario y custodiada por la Beata Elena en el piso inferior, sobre el cual erigió esta capilla que toma el nombre de Jerusalén”.

En las Crónicas[30] del Papa Silvestre I (314-335) se afirma que fue él quien consagró la basílica (año 326 o 327).

La basílica gozó de grande popularidad y grandes privilegios ya desde el comienzo. Y pasó siglos sin grandes cambios estructurales. Pero todo cambió con el Cardenal Gerardo (futuro Lucio II -1144/1145), que ordenó una completa reestructuración del edificio sacro. Así se convirtió en una basílica a tres naves, con un transepto, un nártex, un campanario, y un claustro.

Fue para esa ocasión que el titulus fue descubierto gracias al azulejo con la inscripción Titulus crucis. No sabemos a que época pertenece el azulejo. Podría ser del 410 cuando los godos de Alarico saquearon Roma. Lo que si sabemos es que gracias a él el Cardenal Gerardo pudo identificar el titulus. Después hizo poner la reliquia en una caja de plomo, con su sello y la hizo amurar sobre el arco de la capilla de Santa Elena, con el mismo azulejo a modo de identificación.

Este hecho no es para nada extraño, pues la costumbre de exponer las reliquias para veneración de los fieles se remonta recién al siglo XIV. Antes de eso en occidente lo común era amurar las reliquias ya sea en el altar, ya en las paredes de la iglesia.
En 1797 las tropas napoleónicas entraron en Roma, y arrestaron al Papa (lo llevaron a Francia donde murió en 1799). Muchas iglesias y monasterios fueron saqueados, incluido el de la Santa Croce. Gracias a la previsión de un monje que había escondido las reliquias éstas no cayeron en manos enemigas. Solamente se llevaron los relicarios vacíos.



La inscripción de la Cruz de Cristo

Examen provisorio

Titulus dammationis, de autoría romana: el madero pesa 687 gramos, de 25 centímetros de largo (25,3 en el punto más largo), 14 cm. de alto y 2,6 cm. de espesor. Es de nogal mediterráneo (Juglans regia), un árbol que puede llegar a 25 m. y es originario del área del Mediterráneo oriental y de Medio Oriente. Muy apreciado en la antigüedad por su resistencia. Se usaba como material de construcción.

Los bordes presentan fuertes señales de descomposición. Una parte del borde superior está recortado, por lo que hace casi ilegible la inscripción hebrea, y del lado inferior el desgaste hace casi irreconocible la I de ARIN. En cambio, el lado izquierdo está intacto, que es por donde fue cortado. Esto corresponde con la tradición que dice que el titulus estuvo en una cisterna del Gólgota durante 300 años, expuesto a la humedad, lo que habría causado el deterioro de los bordes. Del mismo modo se ve que la santa reliquia fue tratada con mucho cuidado desde su descubrimiento por lo que el daño de desgaste se debe a antes de que fuese recobrada de la cisterna.

Especialmente en el centro de la tabla son visibles restos de tinta gris calcárea, y restos de coloración negra en alguna de las letras. Coincide esto con los estudios de María Siliato, arqueóloga, que al estudiar las tablas utilizadas para proclamar la culpa de un condenado (titulus dammationis) afirma que para que fueran más legibles (especialmente en las crucifixiones) “sobre la tabla venía primero puesta una base tosca de color blanco, de yeso o cola,… sobre la cual se escribía el motivo de la condena en caracteres negros o rojos”[31]. Esto coincide además con el testimonio del historiador Sozomeno que decía: “Fueron encontradas tres cruces y otro pedazo de leño sobre el cual en color blanco resaltaba escrito en caracteres hebreos, grecos y latinos: Jesús de Nazaret, rey de los judíos”[32]. Todo concuerda con la reliquia de Santa Croce, incluso en el detalle del orden de los idiomas (hebreo, griego, y latín), lo que tiene mayor fuerza porque en el evangelio de San Juan se lee “hebreo, latín y griego”[33]. Sin lugar a dudas una falsificación habría respetado aún en los detalles el testimonio del discípulo que fue testigo ocular de la crucifixión.

Datación


Los posibles métodos para conocer la fecha del titulus son:

1- Datación física: el Carbono 14

Es un método elaborado por el americano Williard F. Lobby después de la Segunda Guerra Mundial. La irradiación cósmica produce neutrones, que junto al isótopo 14 del nitrógeno constituyen el isótopo 14 del carbono. Los isótopos son variaciones atómicas del mismo elemento químico, del cual tienen el mismo número atómico pero diferente número de masa. Los isótopos radiactivos (entre ellos el carbono 14) son inestables, y se descomponen según los llamados “tiempos de división”. El tiempo de división del C14 equivale a 5730 años con un margen de error de 40 años más o menos. En un organismo viviente, esta disminución se compensa con un continuo recambio gracias al proceso de inspiración-expiración. Pero cuando un organismo muere esa producción se termina y el C14 que tiene se descompone incesantemente[34]. Para hacer este estudio en el titulus solo hace falta un fragmento del mismo. El problema es que hay otros elementos que entran en juego y que a veces no son tenidos en cuenta. Es lo que ocurrió con la aplicación de este método a la Sábana Santa. La continua polución a la que estuvo expuesta la santa reliquia sobre todo a partir del siglo X hacen al C14 no apropiado para la datación: en 1532, por ejemplo, a causa de un incendio la tela fue expuesta a un gran calor, y a la impregnación de vapores, incluso gotas de estaño derretido cayeron sobre el lino, se produjo carbonización en ciertas partes, que evidentemente alteran la cantidad de C14. Se ha encontrado además sobre la Sábana Santa una patina de bacterias que influyen en la datación. Todos los demás estudios hechos en la Sábana Santa dan por resultado la autenticidad de la reliquia. Por lo mismo, el C14 no parece un método seguro de datación para el titulus.

2- Datación biológica

Es un sistema mucho más preciso para leños. El nombre técnico es dendrocronología, descubierto por A.E. Douglas en 1901. Se puede establecer la edad de un árbol contando los anillos sobre la superficie cortada de un tronco. Cada anillo tiene una amplitud diversa de acuerdo a las condiciones climáticas del año al que se refieren. Árboles de la misma especie, crecidos en el mismo lugar producen con sus anillos un mismo diseño. Si un dendrocronólogo posee un leño datable por otro medios (por ejemplo por inscripciones, etc) puede, con la ayuda de precisos elementos de precisión, determinar la edad del leño, hasta la precisión del año.

3-
Datación paleográfica

La paleografía, o historia de la escritura es una ciencia auxiliar de las ciencias históricas. Más allá de cuestiones particulares, de la caligrafía personal, la escritura está siempre caracterizada por elementos típicos de los diferentes períodos históricos. Así, las formas estilísticas y sus transformaciones, dan al estudioso un colocación bastante precisa desde el punto de vista temporal y geográfico (se analiza la forma, el cuadro exterior general, el largo, las proporciones, la puntuación, las letras individuales, su conexión, el uso de mayúsculas y minúsculas, etc.). Comparando con otras inscripciones de las que se sabe la fecha y de acuerdo a ciertos códigos se puede datar la inscripción estudiada.

¿Es el titulus crucis conservado en Roma la inscripción que Pilatos hizo poner sobre la cruz de Cristo?

Las hipótesis que se presentaban eran 3:

1.-Que fuese realmente la inscripción de la Vera Cruz
Que fuese una falsificación del siglo IV para causar impresión sobre la emperatriz Elena
2.- Que fuese una falsificación medieval fabricada en base a la tradición del descubrimiento de la cruz




Descartada, al menos temporalmente, la intención de someter la reliquia al C14 nuestro A. se trasladó a Jerusalén para consultar a los expertos y peritos que pudiesen datar el titulus, según los otros dos métodos.



La solución más simple debió ser rápidamente también desechada. El método dendrocronológico no era posible. Los dos expertos israelitas consultados, el profesor Nili Lifshitz y el doctor Simcha Lev-Yadun de la Universidad de Tel Aviv explicaron que no hay suficientes datos comparativos de la época pre-islámica. Además eran necesarios al menos 50 anillos anuales para datarlo con precisión y este no es el caso del titulus.

La así llamada “Barca de Jesús” encontrada en el lago de Genesaret entre Migdal y Ginosar y datada por otros medios en el s I tampoco servía porque todavía no se le ha hecho la valoración dendrocronológica.

Sin embargo el contacto con Orna Cohen de la superintendencia israelí para los bienes arqueológicos, que estudió a fondo la barca dejó sus buenos frutos. Fue una confirmación que una tabla puede conservarse 2000 años. Mientras que sepultada bajo tierra se descompone fácilmente, las condiciones más favorables para su conservación son un lugar seco y aireado, o un lugar con mucha humedad y fango. Así los 300 años que el titulus estuvo en una cisterna no son una objeción contra la autenticidad de nuestra reliquia sino una especie de confirmación. En palabras de la Sra. Cohen “Mejor en una cisterna que en cualquier otro lugar. Es decididamente el mejor lugar. Es en un lugar fangoso que la madera se conserva mejor”[35].

Para la datación paleográfica fueron consultados varios expertos. Todos ellos colocaron la inscripción hebrea-greca-latina en un arco de tiempo que va de los siglos I al IV (la única datación más tardía provenía de un profano en la materia).

Expertos consultados:

Doctor Gabriel Barkay, de la superintendencia israelí para los bienes arqueológicos: relativizó el valor del examen paleográfico, y sus aportes fueron que la escritura evidenciaba una mano inexperta, que parecía no provenir de Palestina. Sin lugar a dudas una escritura antigua, anterior al medioevo. Una línea le parecía que podría ser paleohebreo, es decir, utilización de caracteres de la antigua escritura hebrea durante el período del segundo templo (y hasta fines del siglo II).

Hanan y Ester Eshel de la Universidad Hebrea de Jerusalén: contradijeron al doctor Barkay. No sería paleohebreo sino escritura hebrea cursiva, que duró hasta el siglo IV. De todos modos remarcaban que era poco lo que se podía concluir porque no se disponía de bastantes elementos en el titulus y porque no hay muchas inscripciones datadas de ese período. El arco de posibilidades abarca de el siglo I al IV.

Doctora Leah Di Segni, de la Universidad Hebrea, especialista en paleografía griega (cuyos caracteres son más claros en el titulus): su análisis en base al monograma ómicron-ypsilon nos da una amplitud de fecha que va del siglo I al V, es decir que podría tanto ser una reliquia auténtica como una imitación bizantina. Pero a pesar de afirmar que no creía en “la leyenda de la Vera Cruz” le parecía una inscripción del primer período romano, es decir del siglo I d.C.

Profesor Werner Eck, del Instituto de Antigüedades de la Universidad de Colonia: ya por teléfono afirmó que no podría ser una reliquia auténtica porque los discípulos habrían huido después de la crucifixión y como las tablas eran valiosas eran reutilizadas. Afirmó además que en las inscripciones de condena el texto venía escrito en tinta sobre un fondo blanco y en cambio en este caso las letras perforan el leño. Sin embargo, el mismo doctor en un estudio suyo “Inscripciones en madera” contradecía esta afirmación. Es decir que sus argumentos en contra no provenían de los conocimientos de su especialidad sino de su interpretación de los hechos. Sus objeciones, por otra parte, eran fácilmente rebatibles.

Profesor Carsten Peter Thiede, de Paderborn: después de leer el informe de los expertos consultados alentaba a seguir las investigaciones porque “la datación de la inscripción al siglo I… al menos no viene excluida de los expertos israelitas, en parte también con interesantes argumentos”[36].

Y escribiendo en un periódico inglés[37] hacía notar que una falsificación se hubiese atenido a los detalles que da Juan 19,19 (en el titulus se lee Nazarenous en vez del término correcto Nazoraios). Y por estilo caligráfico se podría datar en un arco de tiempo que va de los siglos I al IV. “Puede ser un arco de tiempo más bien largo, pero excluye una fabricación en época posterior a Elena. En efecto la hipótesis que este artefacto haya sido fabricado en Jerusalén para Elena es la única alternativa seria a la sorprendente posibilidad de la autenticidad. Pero la existencia en aquella época de numerosos manuscritos evangélicos que traían el texto de la inscripción con todas sus posibles variantes, ninguna de las cuales usada como modelo para quien escribió esta tabla, depone contra la hipótesis de la datación tardía… El que haya escrito el texto, no era un copista o un falsario”.

Profesores Israel Roll y Ben Isaac de la Universidad de Tel Aviv: impresionado por la seriedad del estudio de Hesemann el profesor Ben Isaac afirmaba que según él el juicio de la doctora Di Segni era el más relevante y compartía su opinión. Roll por su parte veía como un indicio de la autenticidad de la reliquia el hecho que la línea en griego no era una traducción del latín, a diferencia de la citación de San Juan 19,19. El hecho que se tratase solamente de una trascripción era más concorde con un documento oficial de un magistrado romano.

Congreso Internacional sobre las reliquias de Cristo: de la Pasión a la Resurrección. Dos mil años de silencioso testimonio

En febrero de 1999 Michael Hesemann recibió la invitación de exponer los resultados de su investigación en un congreso, a tenerse del 6 al 8 de mayo en la Pontificia Universidad Laterana, en Roma. Fue en palabras del autor “un impresionante encuentro entre Iglesia y ciencia”[38].

Los resultados de la investigación paleográfica encontraron un notable interés. Los profesores Bella y Corona, la profesora Folliere y el doctor Azzi discutieron pasos ulteriores a dar y la utilización de los métodos de la ciencia natural para continuar la investigación de la reliquia. La doctora María Luisa Rigato anunció la inminente publicación de otro estudio sobre la autenticidad del titulus.

La investigación continúa. Podemos aplicar (con sus diferencias) al titulus lo que el Santo Padre, Juan Pablo II decía en Turín el 24 de mayo de 1998 referido a la Sábana Santa:

“La Síndone es provocación a la inteligencia. Ella pide sobre todo el empeño de cada hombre, en particular del investigador, para recibir con humildad el mensaje profundo enviado a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa ejercida por la Sábana Santa empuja a formular preguntas sobre la relación entre el sagrado Lino y el acontecimiento histórico de Jesús. No tratándose de materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse en tales cuestiones. Ella confía a los científicos la tarea de continuar la investigación para llegar a encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes conexos con este Lienzo que, según la tradición, habría envuelto el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue bajado de la cruz. La Iglesia exhorta a afrontar el estudio de la Sábana Santa sin posiciones preconstruidas, que dan por descontado resultados que no son tales; invita a obrar con libertad interior y atento respeto sea de la metodología científica, sea de la sensibilidad de los creyentes”.

Concluimos con palabras del mismo autor:


“De las tres posibilidades que he propuesto al principio, la primera se ha revelado la más probable: el titulus es auténtico, se remonta efectivamente al año 30. Sería en este caso un documento histórico, el único conservado, del más espectacular proceso de la historia del mundo”[39].

“Estamos obligados a repensar, a rever nuestra actitud en confrontación de las fuentes del cristianismo: un nuevo documento ha aparecido, y con total probabilidad se trata de un testimonio escrito contemporáneo a la vida y la pasión de Jesús”[40].

Nota final

Hemos presentado solamente un resumen del hilo central del libro e incluso simplificando algunos temas. El autor nos ofrece mucho más cosas que hemos debido dejar aparte. Hay argumentos que le dan a las pruebas principales mayor fuerza, hay estudios históricos que casi no hemos mencionado, hay objeciones refutadas que no se han podido tratar en este pequeño artículo, hay un interesante apéndice sobre “El titulus crucis y la Sábana Santa de Turín”, hay un esbozo de estudio sobre la autenticidad de las otras reliquias que se encuentran en “Santa Croce”. Aún cuando se puede no compartir completamente todas las afirmaciones del A recomendamos vivamente la lectura de este libro.

Bibliografía

[1] Del libro “Die Jesus-Tafel. Die Entdeckung der Kreuz-Inschrift”, de Michael Hesemann. Nos hemos servido de la edición italiana “Titulus Crucis. La scoperta dell’iscrizione posta sulla croce di Gesù”, Ed. San Paolo, 2000, Milano, 423 páginas.
[2] Página 19
[3] Teodoreto, Hist. Ecc., I, 15.
[4] Eusebio, Vit. Const., III,26.
[5] Sozomeno, Hist. Ecc., II,1.
[6] Melitón de Sardes, Homilía de Pascua, 39-95 (en la edición de Perler, pp. 80-116).
[7] Eusebio, Hist. Ecc., VI, 11,2.
[8] Citado por J. Finegan, The Archaeology of the New Testament, Princeton 1992
[9] Melitón de Sardes, Homilía de Pascua 39-95.
[10] Página 195.
[11] Eusebio, Vit. Const., III,26-28.
[12] Rufino, Hist. Ecc.,X,7.
[13] Alejandro de Chipre, Inventio crucis.
[14] Sozomeno, Hist. Ecc.,II,1.
[15] Ambrosio, De obitu Theodosii, 43,45.
[16] Idem, 46.
[17] Teodoreto, Hist. Ecc., I,17.
[18] Rufino, Hist. Ecc., X,8.
[19] Cirilo, Cat., IV,10.
[20] Y. Duval, Loca sanctorum Africae, Roma 1982, pp. 331-337 y 351-353.
[21] H. Heinen, Helena, Konstantin und die..., en E. Aretz-M. Embach-M. Persch-F. Ronig.
[22] Citado por W. Ziehr, Das Kreuz, Stuttgart 1997, p. 62
[23] Citado por G. Baudler, Der Kreuz, Dusseldorf 1997.
[24] Egeria, Itinerarium, 37,1.
[25] Ambrosio, De obitu Theodossi, 46.
[26] Página 263.
[27] Citado por F. Gabrieli, Die Kreuzzuge aus arabischer Sicht, Zurich 1973, pp. 184ss.
[28] Citado por E. Gruber-H. Kersten, Das Jesus-Komplott…, p. 219
[29] M.G. Siliato, La verità della Sindone, Casale Monferrato 1997, pp. 230ss.
[30] Citado por S. Montanari, Die Papstkirchen in Rom, Paderborn 1994, pp. 41.
[31] M.G. Siliato, La verità della Sindone, Casale Monferrato 1997, p. 339.
[32] Sozomeno, Hist. Ecc., II,1.
[33] Jn. 19,19
[34] F.G. Maier, Neue Wege in die alte Welt, Hamburg 1977, pp. 283ss.
[35] Coloquio del 17 de agosto de 1998.
[36] Carta del 6 de setiembre de 1998.
[37] Church of England Newspaper
[38] Página 351.
[39] Página 353
[40] Página 352

P. Luis Montes, VE


http://www.padulcofrade.com/monograficos/terra_santa/titulus_crucis.htm

REFLEXIONES SOBRE LA INVENCION DE LA CRUZ EN EL AÑO 327


En todas las mitologías antiguas se hablaba de dioses que habían venido a compartir la existencia de los hombres en este mundo. Aquellas múltiples teofanías habían preparado los espíritus a recibir sin extrañeza la doctrina de un Dios hecho hombre. Pero la estupefacción empezaba cuando se proponía la imagen de un Dios pobre, humillado, cubierto de oprobio y muerto en un patíbulo infame. Por, eso nos habla San Pablo del escándalo de la Cruz.
Eso no es posible, decían muchos herejes de los primeros siglos; y para armonizar sus prejuicios con el Evangelio, imaginaron que en el momento de la Pasión, Jesús había sido sustituido por el Cirineo. Muchas personas de la buena sociedad hubieran aceptado un cristianismo despojado de esta trágica incompatibilidad. Hastiadas de fábulas absurdas, deseosas de algo que ellas mismas no acertaban a precisar, torturadas por el confuso anhelo de una vida perenne, se hubieran manifestado dispuestas a creer en Cristo, revelador y dador de esa vida. Lo que se contaba de Él, sus milagros, su moral, sus parábolas, su Ascensión gloriosa, todo ello tenia un maravilloso poder de atracción; pero quedaba aquella muerte, aquella cruz, aquellos clavos, que llenaban de sombras lo demás. ¿Cómo un genio bienhechor se había dejado vencer por los genios del mal, si era más fuerte que ellos?.

El carácter vengativo de los espíritus maléficos tomaba un aspecto alarmante y repugnante en la elección del suplicio de la cruz, uno de los más dolorosos, y al mismo tiempo el más humillante de todos, "el suplicio de la esclavitud, y sumo y extremo de los suplicios", según la fiase de Cicerón; el suplicio de los piratas, de los ladrones, de los truhanes y de los esclavos fugitivos. En él se juntaban todos los dolores y todas las infamias.
El reo era azotado, cargado con el madero ignominioso, injuriado y maltratado. Después se le desnudaba, se le ataba o se le clavaba, y quedaba en la cruz abrasado por una sed rabiosa, a menos que acelerasen su fin por medio del crucifragio, el rompimiento de los huesos de sus piernas con una maza de hierro. Todo despertaba el horror, la repugnancia y el desprecio. Había que luchar contra todos los instintos humanos y contra todas las prevenciones sociales para reaccionar contra aquel sentimiento, consiguiendo no solamente la compasión, sino la adoración de la Cruz y del Crucificado.

No obstante, el sentido profundo del misterio encerrado en esa aparente contradicción se impone desde el primer día. Todos los libros apostólicos respiran amor y veneración a la Cruz, y contra las burlas de los judíos y los ascos de los paganos lanzaba el Apóstol aquella réplica altiva: "Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo." Aceptar el cristianismo, era aceptar la Cruz.
Religiosos de la Cruz llama Tertuliano a sus correligionarios. Si el gentil veneraba la lanza de Minerva, el rayo de Júpiter, la cítara de Apolo o el tridente de Neptuno, la veneración del cristianismo se concentraba en la Cruz de Cristo. Ella resumía su fe, condensaba su moral y le señalaba un hito en su peregrinación sobre la tierra. Y de este modo el instrumento de ignominia se convirtió en signo de victoria, en motivo de consuelo, en mensajero de gracia y en confesión de fe. Al nacer los ritos de la liturgia cristiana, el signo de la Cruz se junta a ellos, para indicar que de él toman todo su valor. No se podrá bautizar a un catecúmeno, ni consagrar el pan, ni ungir a un moribundo, sin trazar ese signo misterioso.
Del culto público, la Cruz pasa a la liturgia del hogar. Los contemporáneos de Orígenes se santiguaban ya en la frente, en los labios y en el pecho; se santiguaban al salir de casa, antes de comer, antes del sueño y siempre que empezaban alguna obra buena.
Como la paloma, como el áncora y el pez, la Cruz empezaba a figurar en los dijes, en los anillos, en las gemas y en los monumentos. La primera representación que hoy conocemos figura en un altar de Palmira, elevado en "honor de aquel cuyo nombre es bendito en la eternidad", en el año 134.
Después aparece en las Catacumbas, en los sarcófagos, en las estelas funerarias, al frente de los epitafios, hasta que, cerrada la era de las persecuciones, empieza a adornar las coronas de los reyes. El triunfo del cristianismo es el triunfo de la Cruz. Constantino la fija en el lábaro, los soldados la graban en sus escudos, las damas la bordan en sus sedas, y los magnates la colocan en la fachada de sus palacios. Ya no se la podrá grabar como signo infamante en la frente de los esclavos, ya no se la podrá usar como instrumento de suplicio para los malhechores. El símbolo de la esclavitud se ha convertido en trofeo de la realeza.

Es el momento en que el mundo se acuerda del madero mismo que fue empurpurado con la sangre del Redentor. Todas las demás cruces son puros símbolos; aquélla es la única verdadera, la única que tuvo la gloria de ser consagrada al contacto de una carne divina.
Pero nadie sabe dónde está; ha desaparecido para siempre. "Oh Santa Cruz -decía un poeta a principios gel siglo IV-, la tierra no te poseerá jamás; pero llegará un día en que abrazarás con tu mirada la inmensidad del cielo". La tristeza y la desesperanza se habían apoderado de los espíritus. La vieja ciudad de David había sido destruida; sobre sus ruinas se alzaba una nueva ciudad, Elia Capitolina, rica en hermosos monumentos, infectada de idolatría, poblada de templos y de estatuas paganas. Sobre el Moría se levantaba el ara de Júpiter, y a la cima del Calvario llegaban los adoradores de Venus llevando a su diosa guirnaldas de mirto. ¿Qué esperanza podía haber de encontrar los recuerdos de la Pasión del Señor?

Pero hay una mujer que dice: "Vamos a adorar el lugar donde se posaron sus sagrados pies." Fe ciega, devoción ardiente, poder y riqueza. Santa Elena, la madre del primer emperador cristiano, llega a Jerusalén. Su presencia llena de entusiasmo las almas. Rueda la estatua de Venus, cae el altar de Zeus; se destruye, se desmonta, se trabaja noche y día bajo la mirada alentadora de la emperatriz; aparece la gruta del Santo Sepulcro, surgen basílicas de admirable belleza, y Jerusalén queda transformada.
San Ambrosio pone estas exclamaciones en los labios de la intrépida exploradora: "He aquí el lugar del combate; pero ¿dónde está el signo de la víctima? Busco el estandarte de mi salvación y no llego a encontrarle. ¡Cómo! ¿Yo llevo una corona, y la Cruz de mi Salvador yace en e polvo? ¿Cómo queréis que me crea redimida si no veo el instrumento de la redención?" Mas he aquí tre cruces en el fondo de la gruta, tres cruces de una madera resinosa, oscura, resistente, de madera de pino. Una de ellas es seguramente, ¿Cuál?.
El milagro da la respuesta: una mujer paralítica, sana repentinamente: la multitud cae de rodillas, prorrumpe en gritos de admiración, reza, llora y adora. "La emperatriz se arroja sobre el sagrado tesoro, y no se cansa de tocar y de besar aquella reliquia, que fue el lecho de la misma Verdad; el leño parecía brillar a sus ojos, y la gracia iluminaba su corazón." Así dice San Ambrosio, y su relato está confirmado por los de Rufino, Sócrates Sozomeno, San Paulino de Nola y San Juan Crisóstomo.

Un grito de alborozo alzóse del seno de todas las familias cristianas a la nueva de que Jerusalén salía de sus ruinas coronada con la Cruz verdadera de Jesucristo. Dios acababa de consagrar con un postrer milagro el triunfo, ya maravilloso, de la Iglesia. ¡Qué espectáculo el del resurgimiento repentino de las mismas entrañas de la tierra del instrumento del suplicio divino, convertido en señal de dominación y victoria! Las gentes creían presenciar el día de la resurrección universal, y ver al Hijo del Hombre entronizado sobre las nubes y dispuesto a coronar a sus servidores.
En todos los corazones no había más que un deseo: poder ir a Jerusalén para ver, para tocar, para venerar el santo madero, que era prenda de bendición. Y empezó el torrente de las peregrinaciones, que no debía interrumpirse jamás. Llegaban los emperadores humillando sus coronas, los anacoretas vestidos de sus mantos de pieles, las matronas consulares de la Ciudad Eterna, los grandes y los pequeños de todos los países de la tierra.
Llegaban clérigos y obispos, embajadores de iglesias lejanas, implorando alguna partícula, por menuda que fuese, del adorable patíbulo.
Los fragmentos de la verdadera Cruz se extendían con tal rapidez, que unos años después del descubrimiento decía San Cirilo de Jerusalén, "Testimonio espléndido es el que da a Jesucristo el sagrado madero, que vemos entre nosotros, y cuyos fragmentos, arrancados por la fe de los cristianos, llenan ya casi toda la tierra."
donde no llegaba la presencia misma de la verdadera Cruz, estaba su figura. Se la veía en todos los rincones del mundo, en la última aldea de la Iberia lejana, en los castillos del Danubio, en los campamentos de la Mesopotamia y en las chozas de los solitarios.
En los más humildes, hogares la Cruz empezaba a ocupar el de honor, desde donde enseñaba a cuantos la veían la ciencia de bien vivir y de bien morir. El paisano la plantaba en un ángulo de su campo; la saludaba al despuntar el día, cuando empezaba la faena, y el trabajo se le hacía más ligero. Y San Gregorio de Nacianzo decía: "Huye, maligno, si no quieres que levante el bastón de la cruz, ante quien todo tiembla. Yo la llevo en mis miembros, la llevo cuando camino, la llevo cuando descanso, la llevo en mi corazón. ¡La cruz es mi gloria!"

martes, 8 de abril de 2008

INVENCION DE LA CRUZ



"¿Pero dónde está el trofeo de la victoria?

.- ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo?-
.- ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...)

. Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada".
Elena




Entre los judíos estaba prohibido sepultar a los condenados en el cementerio común, y ése fue uno de los motivos por los que llevaron el cuerpo de Jesús a un sepulcro particular, donado por José de Arimatea. También los instrumentos de tortura usados para las ejecuciones se consideraban impuros, y por eso se enterraban o eran arrojados en alguna hendidura del terreno, fuera del alcance de la gente.


Elena

No menos ignominiosa que esos instrumentos debía de resultar la colina del Gólgota para los habitantes de Jerusalén, como revelan las connotaciones siniestras de su nombre latino: locus calvariae, lugar de la calavera. Después de la Resurrección del Señor, sin duda produjo gran sorpresa en la ciudad el hecho de que los cristianos se acercasen con frecuencia a aquel desolador paraje, para arrodillarse en la tierra que había sido bañada por la sangre de Cristo y rezar junto al agujero donde había sido plantada la Cruz; también acudían a besar la roca en que había reposado su cuerpo muerto.

Muy posiblemente esa costumbre tuvo que ser interrumpida en algunas épocas, a causa de las persecuciones y de otros avatares, como la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. No obstante, aún debía de conservarse en el siglo II, pues el emperador Adriano (117-138) mandó rellenar con tierra la depresión que separaba el Gólgota del Santo Sepulcro y en esa nueva plataforma hizo edificar dos templos: uno dedicado ajuno, sobre el Sepulcro; y otro dedicado a Venus, en la cima del Gólgota. Se sabe que Adriano sintió gran animadversión hacia el cristianismo al final de su vida, y es casi seguro que la construcción de estos templos tenía como fin borrar para siempre las huellas terrenas de la Redención.

Los primeros historiadores eclesiásticos comentaban no sin cierta ironía el paradójico resultado que, con el correr del tiempo, tuvieron estos esfuerzos de los paganos. ¡Pobres hombres! -les apostrofaba Eusebio de Cesarea- ¡Creían que era posible esconder al género humano el esplendor del sol que se había levantado sobre el mundo! Aún no comprendían que es imposible mantener oculto bajo tierra a Quien ha obtenido ya la victoria sobre la muerte. En efecto, en el siglo IV, cuando la Iglesia gozó al fin de libertad, los dos templos paganos permitieron localizar sin margen de error la situación de los Santos Lugares: bastó derruirlos y excavar debajo para encontrar el Santo Sepulcro y la cima del Calvario.



La invención de la Santa Cruz


Relicario de la Basílica

La gran impulsora del redescubrimiento de los Lugares de la Pasión fue la Emperatriz Santa Elena, que en el año 326 viajó a Tierra Santa. La madre de Constantino era ya de avanzada edad -debía de frisar los ochenta años-, pero no quería morir sin antes haber rezado en la tierra donde el Señor había vivido, muerto y resucitado.

Tenemos pocos datos sobre la juventud de Elena. Probablemente nació en Bitinia y tuvo origen humilde. Según San Ambrosio era stabularia -esto es, camarera o sirvienta en una posada- antes de casarse con Constancio Cloro en el 273, unión de la que nació Constantino al año siguiente. Constancio era un ambicioso oficial del ejército romano, que en el 293 alcanzó la dignidad de César.

Ese mismo año repudió a su esposa, que no tenía sangre noble, y Elena quedó en la sombra hasta que en el 306 su hijo Constantino le dio el título de Emperatriz. En ese momento Elena ya era cristiana, y se sirvió de la privilegiada posición que ocupaba para hacer el bien, ejercitando la caridad entre los necesitados e impulsando la extensión y dignidad del culto. Tanto brillaba por su fe y su piedad, que San Ambrosio no dudaba en tejer su alabanza diciendo: Mujer grande, que ofreció al emperador mucho más que lo que recibió de él.


Lignum Crucis

A su paso por Tierra Santa se debe la construcción de las primitivas basílicas de la Natividad, en Belén, y de la Ascensión, en el Monte de los Olivos. En cuanto al Gólgota, cuando Elena llegó a Jerusalén acababan de ser demolidos los templos paganos, de modo que la Emperatriz pudo cumplir su sueño de arrodillarse en la tierra sobre la que Nuestro Salvador había sido levantado en la Cruz y de rezar en la roca del Santo Sepulcro. Sin embargo, allí mismo reparó en que no se había hallado todavía la más importante de las reliquias.

San Ambrosio nos la describe con gran viveza, caminando entre las ruinas de los templos romanos acompañada de soldados y obreros. Y preguntándose: He aquí el lugar de la batalla: ¿pero dónde está el trofeo de la victoria? ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo? ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...). Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada.

Las nuevas excavaciones que la Emperatriz mandó hacer tuvieron fruto cuando, al remover un terreno cercano al Gólgota, se encontraron tres cruces, y la tabla sobre la que se había escrito en hebreo, griego y latín: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Así se produjo la invención -el descubrimiento: inventio en latín significa venir hasta algo, encontrar- de la Santa Cruz del Señor, que había permanecido oculta durante tres siglos. La Santa Emperatriz dejó la mayor parte de las reliquias en Jerusalén, pero llevó consigo a Roma tres fragmentos de la Vera Crux, el título de la condena, uno de los clavos y algunas espinas de la corona que sus verdugos impusieron a Jesús. También hizo trasladar una gran cantidad de tierra del Gólgota y las gradas de piedra de la escalera que el Señor recorrió cuatro veces el día de su pasión, para comparecer ante Pilatos en el Pretorio.



La Basílica Sessoriana, o Sancta Hierusalem


INRI

Existen numerosos documentos de los siglos IV y V que describen cómo a partir de la visita de Santa Elena los cristianos veneraban las reliquias de la Pasión que habían quedado en Jesuralén. Así lo atestiguan Eusebio, Rufino, Teodoreto y San Cirilo de Jerusalén. Egeria, una mujer que peregrinó a los Santos Lugares en el siglo IV, habla de multitudes de fieles que ya por entonces acudían de todo el Oriente cristiano para tomar parte en las solemnidades en honor de la Cruz.

Otro historiador, Sócrates el Escolástico, recogió a mediados del siglo V una piadosa tradición según la cual, durante la travesía marítima que realizó la emperatriz para volver a Roma desde Jerusalén, habría sobrevenido una fuerte tempestad. La nave se debatía entre las olas apunto de naufragar, hasta que Santa Elena -después de atarlo con una cuerda para echarlo por la borda- hizo que tocara las aguas el Santo Clavo que llevaba consigo, y el mar se calmó al instante.

Ese Clavo, los tres fragmentos de la Cruz y el INRI fueron piadosamente custodiados por Santa Elena en su residencia imperial: el palacio Sessoriano. Al cabo de algunos años, posiblemente después de la muerte de su madre, Constantino quiso que se construyera allí una basílica que tomó el nombre del palacio, Basílica Sessoriana, aunque también era llamada Sancta Hierusalem. Como cimiento simbólico de esta construcción se puso la tierra del Gólgota que la Emperatriz había traído desde Palestina, y los preciosos fragmentos de la Santa Cruz se ofrecían a la vista de los fíeles en un relicario de oro adornado con gemas.

De la primitiva basílica constantiniana sólo se conservan algunos restos pertenecientes a los muros exteriores. A esa edificación siguió otra del siglo XII, a su vez sustituida por el templo de estilo barroco tardío, terminado en 1744, que puede contemplarse actualmente. A pesar de estos cambios arquitectónicos y de otras vicisitudes históricas, como las invasiones padecidas por Roma, toda una colección de documentos atestigua que las reliquias que se veneran en esta basílica son las mismas que trajo Santa Elena desde Tierra Santa.

Es del todo natural que este lugar se convirtiese enseguida en meta de la piedad del pueblo cristiano. Muy pronto se empezó a celebrar allí la liturgia del Viernes Santo. Hasta el siglo XIV, el Papa en persona, con los pies descalzos, encabezaba la procesión que iba desde la Basílica del Laterano hasta la Basflica de la Santa Cruz, para adorar la vexilla crucis, la bandera de la Cruz, el estandarte de la salvación.
http://www.primeroscristianos.com/tesoros_roma/santa_croce.html#CRUZ
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Fiesta de la Invención de la Cruz

Fray Artemio Vítores , Vicario de la Custodia de Tierra Santa, Jerusalem,
presidió el Oficio y la Misa de la Invención de la Santa Cruz
el domingo 7 y el lunes 8 de mayo en el Santo Sepulcro.
Esta fiesta del mes de mayo no se incluye en el calendario romano, excepto en el de Jerusalén donde, para la Diócesis es una fiesta mientras que para la Basílica de la Resurrección es una solemnidad.
Antes de la reforma del calendario romano esta fiesta se celebraba el 3 de mayo.
En realidad, el Papa Pío XII instituyó la fiesta de San José Obrero el 1º de mayo y la fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago se trasladó al día 3. Para no duplicarse, la fiesta de la Invención de la Cruz desapareció en 1969; sólo se conservó la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre.
Pero en Jerusalén, en el 326, Santa Elena, madre del emperador Constantino, encontró la reliquia de la Santa Cruz cerca del Calvario, y se ha conservado el recuerdo de esta “invención” (encuentro).
La fecha de esta conmemoración era el 7 de mayo.
Efectivamente, el 7 de mayo del año 351 “una enorme cruz luminosa apareció en el cielo, sobre el santo monte del Gólgota, y se extendía hasta el Monte de los Olivos” (Carta de San Cirilo de Jerusalén al emperador Constancio, 351).
Esta fecha coincidía dentro del tiempo pascual, uniendo el misterio de la Cruz al de la Resurrección.
Además, por otro lado, conjugaba la antigua tradición de la Iglesia Oriental que desde entonces no ha dejado de venerar la memoria de esta aparición en el cielo de Jerusalén.
Como ese mismo año, el 7 mayo coincidía con una fiesta armenia, la memoria se trasladó al día 8.
La celebración se inicia la tarde del domingo con la procesión cotidiana de los franciscanos en la Basílica, pero se detiene en la gruta de Santa Elena, que en esta ocasión se encuentra cerrada para que la comunidad reunida pueda cantar las primeras vísperas delante de la reliquia de la Santa Cruz, expuesta en la gruta.
La gruta se reviste para la ocasión con los más bellos ornamentos, en contraste con el resto de la Basílica de la Resurrección.
Al día siguiente, la Misa se celebró también en la cripta de Santa Elena, y concluyó con una procesión solemne en torno a la Edícula del Santo Sepulcro, durante la cual el vicario custodial, Fr. Artemio Vítores, portaba la reliquia de la Santa Cruz.
La celebración estaba inmersa en una atmósfera pascual, lejana de la efervescencia que reinaba en la Basílica duranta la Pascua y la octava.
Resumiendo, una fiesta íntima, de oración y mucha alegría para todos los fieles.
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LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ DÍA 3 DE MAYO

Esta fiesta es en memoria de aquel descubrimiento que hizo en Jerusalén la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, del sagrado trofeo de nuestra Redención el año 326, poco tiempo después que el mismo emperador había derrotado al tirano Majencio en virtud de la señal de la Cruz.
Iba Constantino á presentar la batalla á este tirano, que le esperaba con un ejército de casi doscientos mil combatientes; y conociendo que necesitaba de auxilio superior para vencerle, dirigió su corazón y sus votos al Dios de los cristianos, cuyo poder no ignoraba, no cesando de invocarle todo el tiempo que duró la marcha...
Era la mitad del día, que había amanecido muy despejado y sereno, cuando vio en medio del aire una resplandeciente cruz más brillante que el mismo Sol, orlada de una inscripción con caracteres de luz que decía así:

In hoc signo vinces

“vencerás en virtud de esta señal.”

Aquella misma noche se apareció Cristo á Constantino con el mismo sagrado símbolo que se le había descubierto en el cielo, y le mandó que, haciendo copiarle, se sirviese de él en los combates.
Obedeció el Emperador; y dando orden para que viniesen á su tienda los más hábiles lapidarios y plateros, les explicó la figura de la insignia que quería fabricasen, ordenándoles que la hiciesen de oro y la esmaltasen con las más preciosas piedras.

Diéronse prisa á la obra, y la concluyeron pronto. Era una cruz de oro de la altura de una pica, enriquecida de preciosísimas piedras, cuya parte superior terminaba en una cifra ó monograma que explicaba el nombre de Jesucristo, acompañado de la primera y última letra del alfabeto griego, para significar que Cristo es principio y fin de todas las cosas.

Pendía de lo más ancho de la Cruz un pequeño cuadrado de riquísima tela color rojo de la púrpura más fina, bordado de oro y cargado de piedras inestimables, en cuya parte superior é inferior estaban bordados con hilo de oro los bustos del Emperador y de sus hijos.

A este nuevo estandarte se le dio el nombre de Lábaro, y le llevaban delante del mismo Emperador los oficiales más valientes y más piadosos de sus guardias.
Mandó Constantino que se hiciesen otros muchos semejantes, repartiendo uno á cada legión de sus tropas; y, haciendo esculpir en su morrión el monograma del nombre del Salvador del mundo, ordenó que se esculpiese también en los broqueles de todos sus soldados.
Después hizo venir á su presencia á algunos Obispos, y, habiéndose instruido en los principios de nuestra religión, resolvió no consentir otra en toda la extensión de su imperio.

.Mientras tanto, salió Majencio de Roma con su formidable ejército, compuesto de más de ciento ochenta mil combatientes. Derrótale Constantino, lleno desconfianza en la Cruz de Jesucristo; anegóse el tirano en las olas del Tíber, sin que hasta entonces hubiese visto el mundo victoria más completa. Abrió Roma sus puertas al vencedor; y, para eternizar este testimonio de que había debido la victoria á la virtud de la Santa Cruz, mandó hacer una estatua suya en la misma Roma con el trofeo de nuestra Redención en su imperial mano y con una inscripción, que acreditaba su fe y su reconocimiento.

Después que derrotó también á Licinio, emperador del Oriente, viéndose Constantino único y absoluto señor de los dos imperios, aplicó todos sus desvelos á que floreciese en ellos la religión verdadera y á desterrar, si pudiese, hasta las miserables reliquias del paganismo.

Habían hecho todo lo posible los gentiles para profanar los santos lugares de Jerusalén, y especialmente para que no quedase memoria de la triunfante resurrección de nuestro Salvador. Con este fin habían terraplenado la gruta del Santo Sepulcro y enlosado con grandes piedras el pavimento; habían levantado en el mismo sitio un templo en honor de la diosa Venus, donde ofrecían á esta sucia deidad los más abominables sacrificios; medio eficacísimo para que jamás se dejasen ver en aquel lugar los cristianos.

Dio orden Constantino para que se demoliese aquel infame monumento de la impiedad y para que allí mismo se edificase un templo tan magnífico, que hizo grande exceso á los más soberbios edificios que se admiraban en otras ciudades; y escribiendo de este asunto á Macario, obispo de Jerusalén, le decía estas palabras:

“He dado orden á Daciliano, vicario de los prefectos y gobernador de la provincia, para que, arreglándose á tus órdenes, emplee los obreros necesarios para levantar las paredes. Avísame qué mármoles preciosos, cuántas y qué especie de columnas te parece que se coloquen, para dar providencia de que se te envíen. También me alegraré saber si tienes por conveniente que la bóveda se adorne con algún artesonado, ó qué adorno te parece que se ponga; y, en caso de elegir él artesonado, se pudiera cubrir de oro”

Santa Elena, madre del Emperador, quiso tomar de su cargo el cuidado de esta grande obra.
Era á la sazón de ochenta años, y había muchos que sólo se empleaba en obras de caridad, en ejercicios de devoción y en todo lo que podía contribuir á la mayor gloria de la religión y de la Iglesia.
El Emperador la había hecho declarar Augusta, queriendo que fuese reconocida por Emperatriz, y dándola facultad para que dispusiese á su arbitrio de sus rentas y tesoro imperial.
Era esta princesa enemiga de todo fausto; modestísima en su vestido, que era llano y humilde; pero, al mismo tiempo, tan magnífica y tan bizarra en todo lo que tocaba al culto divino, que no perdonaba á los mayores gastos para enriquecer y para adornar hasta los más pequeños oratorios de los lugares más humildes.
En medio de su grande ancianidad, pasó á Jerusalén la piadosa Emperatriz. Subió al monte Gólgota, y, abrasada en ardentísimos deseos de encontrar el sagrado madero donde se obró nuestra redención, venció todas las dificultades que podían acobardarla, y aun hacerla desesperar de la empresa.
Eran verdaderamente grandes; porque, como ya llevamos dicho, siguiendo á Soso meno, los gentiles, en odio del nombre cristiano, habían hecho todo lo posible para borrar hasta el nombre del Santo Sepulcro. Sobre haberle colmado de tierra y de piedras, tanto, que se había elevado considerablemente el terreno antiguo, habían edificado en él un templo á la diosa Venus, y en el mismo sitio donde estaba el sepulcro habían colocado la estatua de Júpiter.

Dio principio á la obra mandando demoler el templo y el ídolo; hizo sacar toda la tierra, y, guiándose por la tradición antigua, mandó cavar tan adelante, que al fin se descubrió el Santo Sepulcro, y junto á él tres cruces del mismo tamaño y de la misma figura, sin que se pudiese distinguir cuál era la del Salvador, porque el título que Pilatos había mandado poner sobre ella,
“Jesús Nazareno, rey de los Judíos”,

Estaba separado y en medio de las tres cruces; y aunque ésta parecía bastante prueba de que una de las tres era la que se buscaba,
Parecía imposible saber á punto fijo cuál de las tres era.
Viéndose la santa Emperatriz con este embarazo, consultó con San Macario lo que se debía hacer; y el santo Obispo fue de parecer que se aplicasen todas tres cruces á algún enfermo, no dudando que Dios declararía con algún milagro cuál de ellas era la verdadera cruz del Salvador.
Aprobóse este plan, y, habiéndose aplicado las dos á una señora de distinción que estaba agonizando, no se vio efecto alguno; pero, apenas se le aplicó la tercera, cuando quedó repentinamente sana, á vista de innumerable gentío que fue testigo de esta maravilla.

Aun se hizo después otra prueba. Tendiéronse sobre las tres cruces tres cadáveres, y solamente resucitó el que se tendió sobre aquella cuyo contacto había sanado á la enferma agonizante; y con esta experiencia se comenzó desde luego á rendir al trofeo de nuestra redención el culto que se le debía.

Mandó la piadosa Emperatriz que se edificase una suntuosa iglesia en el mismo sitio donde se había hallado la Santa Cruz; y dejando en ella la mitad del sagrado madero engastado en preciosísimas piedras, llevó la otra mitad á su hijo Constantino, que la recibió con singular veneración.

Persuadido este grande Emperador á que no podía enriquecer su nueva ciudad de Constantinopla con joya más estimable, ordenó se embutiese una considerable porción de ella en la misma estatua suya que se dejaba ver en medio de la plaza colocada sobre una magnífica columna de pórfido, con una manzana de oro en la mano derecha y con esta inscripción en el pedestal: Cristo, mi Dios, yo te encomiendo esta ciudad. Lo restante de la sagrada Cruz fue enviado á Roma por el mismo Emperador y colocado en la suntuosa iglesia que hizo edificar expresamente á este fin con el título de Santa Cruz en Jerusalén.

San Cirilo, Obispo de esta ciudad veinte años después de San Macario, testifica que en poco tiempo se llenó el mundo de fragmentos ó reliquias de la parte de la Cruz que quedó en Jerusalén, porque, así él como sus predecesores desde San Macario, regalaban con ellas á los peregrinos de distinción que concurrían á dicha santa ciudad con el piadoso fin de ver y de adorar el instrumento de nuestra redención. Y añade el mismo Padre, como testigo ocular, que no por eso se disminuía el pedazo del sagrado leño que estaba en Jerusalén; antes se repetía en él aquel milagro de los cinco panes, que, repartidos entre la muchedumbre, no sólo decrecían, sino que se multiplicaban. San Paulino, que florecía por los años de 400, dice Que la milagrosa virtud con que aquel leño muerto se reproducía como si estuviera vivo, era efecto del contacto de aquella carne divina que, habiendo padecido muerte en el mismo madero, venció á la muerte con su gloriosa Resurrección.
Así habla San Paulino de este milagro de la Santa Cruz en su IX Epístola á Severo. Siendo costumbre de los judíos enterrar á los ajusticiados con todos los instrumentos con que lo habían sido fuera del título, se hallaron también los clavos, y, probablemente, la corona de espinas; la cual, en tiempo de Gregorio Turonense, que vivió en el sexto siglo, se conservaba todavía tan verde que parecía reverdecer todos los días. Ignórase qué hizo Santa Elena del título de la Cruz (ahora esta en la iglesia estacional Santa Croce in Gerusaleme en Roma junto con la corona de espinas, los santos clavos y las cruces de los ladrones); pero, de los clavos, hizo toda la estimación que merecía tan preciosa reliquia.

Aseguran San Ambrosio, San Gregorio Nacianceno, Nicéforo y Zonáras, que sólo encontró tres clavos la piadosa Emperatriz; los que fácilmente se distinguieron de los otros porque éstos estaban todos roídos y cubiertos de orín, pero los del Salvador se conservaban milagrosamente enteros, lustrosos y limpios, como si acabaran de salir del yunque.

Uno de ellos mandó la Emperatriz se engastase en el bocado ó tasca freno del caballo que servía á Constantino; otro, dice San Ambrosio, que le hizo engastar en la misma diadema imperial, y el tercero le arrojó en el mar Adriático para sosegar una furiosa tempestad.

Dícese que no por eso se perdió este clavo, antes bien vino nadando sobre el agua, como en otro tiempo la hacha del profeta Elíseo; y que, apreciándole más que á los otros Santa Elena por este milagro, se le regaló á la iglesia de Tréveris, siendo su arzobispo San Agricio, á quien la Emperatriz profesaba singular veneración.

Poco después presentó á la iglesia de San Juan de Letrán el que había colocado en la diadema del Emperador; y, finalmente, regaló á la de Milán con el que había servido de bocado al caballo de este príncipe. Siendo tan gloriosa á toda la Iglesia la invención de este sagrado trofeo, se celebró en ella su fiesta con mucha solemnidad.

Ya se celebraba en Francia en la primera línea de sus reyes, encontrándose su oficio en los antiguos misales de la liturgia galicana. El rey Ervigio, que reinaba en España en el S.VII, expidió un decreto que se halla en el Código de las leyes de los visigodos, por el cual manda á los judíos establecidos en sus dominios que celebren la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, del mismo modo que los obligaban á celebrar la de la Anunciación, Natividad, Epifanía, Circuncisión, Pascua y Ascensión.

El fin de haber señalado el día tercero de Mayo para celebrar esta fiesta, fue por acercarla todo lo posible á la memoria de la Pasión del Salvador, y á la Adoración de la Cruz, que se hace en el Viernes Santo. Por eso se señaló el primer día libre después de la solemnidad de la Pascua, que nunca puede pasar del segundo día de Mayo.

Consérvanse, y se adoran en muchas iglesias, partes muy considerables de la Verdadera Cruz. Fuera de la que se adora en Roma, hay otras en Francia, Italia, Alemania, España y Portugal.
Justino II, emperador de Constantinopla, envió una porción de ellas á Santa Radegundis, mujer de Clotario I, que enriqueció con ella su real monasterio de Santa Cruz de Poitiers; y con esta ocasión Fortunato, que seguía la corte de la santa reina, y fue después Obispo de dicha ciudad, compuso los dos célebres himnos, de que aun usa el día de hoy la Santa Iglesia en el Oficio de la Pasión y de la Cruz. San Gregorio envió una parte de la verdadera cruz á Recaredo, rey de los godos en España, como un riquísimo presente.

San Luis consiguió de los venecianos la porción de cruz que había quedado en Constantinopla, y la hizo trasladar á Francia el año de 1241, colocándola en la santa capilla que edificó el de 1242, juntamente con la corona de espinas, que dos años antes le habían regalado los mismos venecianos. En el colegio y noviciado de Villagonda de Campos se veneraba un Lignum Crucis, como de una pulgada de largo y media de grueso, con que San Pío V regaló á D. Juan de Austria después de la famosa batalla de Lepanto, y éste se lo ofreció á Doña Magdalena de Ulloa, insigne fundadora de dicho colegio.

En la Catedral de Vich se venera otro Lignum Crucis, de un palmo de largo y un dedo de espesor, con su correspondiente travesaño probado con el fuego antes de 1343. Y la parroquia de Santa Cruz de esta corte posee también un pequeño Lignum Crucis, que se da á adorar en los miércoles de Cuaresma y en la fiesta de su titular.

Juan Croisset, S.J.

viernes, 7 de marzo de 2008

El Santo Sepulcro en Jerusalem

El Santo Sepulcro es un sitio religioso relacionado especialmente con el cristianismo, particularmente católicos y ortodoxos. El lugar, llamado también Gólgota (en arameo, Golgotha, «calavera») y donde según los Evangelios se produjo la crucifixión, enterramiento y resurrección de Cristo está ubicado dentro de la Ciudad Vieja de Jerusalén, la cual a su vez se ubica en la línea de confluencia entre la Jerusalén oriental (Árabe) y occidental (Judía).
A la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, también se la conoce como la Basílica de la Resurrección (Griego: Ναός της Αναστάσεως, Naos tis Anastaseos; Georgiano: Agdgomis Tadzari; Armenio: Surp Harutyun) o de la Anástasis (en griego, «Resurrección»).
Esta basílica, uno de los centros más sagrados del Cristianismo, ha sido un importante centro de peregrinación desde el siglo IV.
Hoy día alberga la sede del Patriarca Ortodoxo de Jerusalén.

Precisiones
En general el Santo Sepulcro designa dos partes:

Todo el complejo religioso que consiste en:
Diversas capillas e iglesias, entre las cuales destaca la Basílica de Santa Helena, el Coro de los Griegos y la Iglesia de los Franciscanos.
La piedra de la deposición.
El Santo Sepulcro.
Otros sitios.
El Santo Sepulcro en sí, es decir, en donde estuvo concretamente sepultado el cuerpo de Jesús.

Origen
El lugar hace referencia histórica a la sepultura de Jesús en una época comprendida entre el año 30 y 33. Entre los sitios religiosos de la Tierra Santa, el Santo Sepulcro es uno de los mejores datados históricamente.

Significado religioso
El significado religioso dado al Santo Sepulcro dentro del cristianismo es bastante intenso, pues se trata de la primera iglesia y centro de culto de toda la cristiandad. Más que conmemorar un sepulcro, el sitio adquiere su enorme significado cristiano por el hecho de la resurrección tal como es argumentada por las diferentes iglesias cristianas y sus libros sagrados, en especial los Evangelios. Por esta razón, el sitio concreto de la sepultura, una capilla en medio de la llamada «Rotonda» al frente del Coro de los Griegos, es conocida también como la anástasis (del griego) que significa «resurrección».

Historia
Según los evangelios, antes de la muerte de Jesús el sitio era una tumba ya habilitada como tal, pero no utilizada todavía, propiedad de un rico judío seguidor de Cristo llamado José de Arimatea. Se trataría de un hueco horadado en la roca, que podía taparse con una gran piedra reservada al efecto para que rodara o se deslizara hasta la puerta del nicho.
Una de las versiones sobre el primer anuncio de la resurrección de Cristo, según los Evangelios es el momento en que las mujeres que iban a ungir su cadáver con especias aromáticas —María Magdalena, María, madre de Santiago el menor y Salomé, madre de Santiago y Juan— se encontraron con la piedra desplazada, y el nicho expuesto y vacío.

Siempre teniendo como única fuente los evangelios, pero confirmados por los trabajos arqueológicos, la tumba estaría situada en un jardín próximo a la roca —o montaña, o montículo; los evangelios dicen lugar— donde se produjo la crucifixión, llamada originalmente Gólgota y luego Calvario (lat. calvaria, calavera), o en griego kranion (cráneo). Ese lugar estaba muy próximo a la muralla herodiana de la ciudad de Jerusalén, e incluso comunicado con ella por una calle, pero extramuros, ya que las normas judías prohibían los enterramientos intramuros, salvo para el caso de los reyes.

La destrucción de Jerusalén efectuada por los romanos para reprimir la primera gran rebelión del pueblo judío, trajo la ruina para el Templo de Jerusalén y para otros lugares tradicionales de la antigua ciudad puesta entonces bajo el comando de los paganos. Si bien los primeros cristianos huyeron hacia Petra antes de la destrucción siguiendo una interpretación profética de Jesús (Lucas 21, 20-22), los mismos dejaron por escrito en los evangelios la descripción del lugar de la Crucifixión y de la sepultura: Mateo 27, 33; 57 - 61; Marcos 15, 22; 42 - 47; Lucas 23, 33; 50 - 55; Juan 19, 17; 38 - 42. Ambos sitios, el Gólgota y la Tumba, están a pocos metros de distancia y entre ellos se encuentra la Piedra de la Deposición, lugar en donde dice la tradición el cuerpo de Jesús fue preparado después de ser bajado de la cruz para ser enterrado - Mateo 27, 59 y paralelos -.
El lugar fue evidentemente una cantera por la enorme riqueza lítica y la red de cavernas que se pueden observar, un sitio ideal para la construcción de tumbas, una actividad muy normal en la época, especialmente entre personas de posición social. El nombre, «Gólgota», la «Calavera», viene probablemente de la semejanza que las formas que las rocas tenían, como se puede comprobar hoy por hoy en los paisajes desérticos del Mar Muerto. Los romanos cambiaron el nombre de Jerusalén por el de Helia Capitolina con el fin de hacer de la ciudad un enclave exclusivamente greco-romano - prohibieron el ingreso de los pueblos semitas - y construyeron lugares de culto pagano en donde estaba el Templo de Jerusalén y el Santo Sepulcro. Dicho acontecimiento es una de las pruebas históricas y arqueológicas que evidencia la historicidad de ambos sitios. En cuanto al Santo Sepulcro, en el año 326, el Emperador Constantino mandó erigir la Basílica del Santo Sepulcro en el lugar prescrito por la tradición y en el cual estaba erigido el culto pagano a la diosa romana Venus, y mandado construir por Adriano, hacia el 135 DC.

La emperatriz Elena había acudido a la ciudad tras escuchar el informe presentado por Macario, obispo de Jerusalén, sobre el lamentable estado en el que se encontraban los lugares descritos en los evangelios (santos lugares, para los cristianos), decidida a mejorar personalmente la situación. Tenía también el propósito de localizar la cruz de la ejecución de Jesús; Constantino había empezado a utilizar el signo de la cruz, y a considerarlo presagio de victoria.

Elena, tras fracasar en la búsqueda de la cruz, o como parte de ella, inició la del sepulcro. La tradición cuenta que al derruir el templo pagano para aislar el Calvario e iniciar las nuevas edificaciones aparecieron también tres cruces, una de las cuales necesariamente habría de ser la Vera Cruz o auténtica cruz del martirio de Cristo. Varias leyendas describen el prodigio que permitió identificar la Vera Cruz, casi siempre basadas en que una de las cruces producía curaciones milagrosas, y las otras dos no.

Los sucesos descritos a partir de 325-326 DC, sobre el descubrimiento del sepulcro y la Vera Cruz por la emperatriz Elena, se deben al obispo de Cesarea (Palestina) e historiador Eusebio, llamado también el Padre de la historia de la Iglesia.